Mi mujer y el vecino de Enfrente III. La gota que derramó el vaso #4
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III. La gota que derramó el vaso #4

Se quitó el corsé con violencia, desabrochándolo a tirones, dejándolo caer al suelo como un trapo sucio, y se puso una blusa de tirantes negra y pegada, sin ponerse brasier.

Sus pechos grandes y libres rebotaron bajo la tela.

Sus pezones seguían duros, furiosos, marcándose a través del algodón delgado como dos faros.

Se puso sus tenis deportivos blancos, sin calcetines, aplastando los talones por la prisa.

—¿Q-qué haces, Meche? ¿A dónde vas? —pregunté, sintiendo que el corazón me iba a estallar en mil pedazos. El pánico me sacó de mi letargo. Me levanté de la cama de un salto, desnudo, tropezando con mis propias piernas temblorosas.

—A hacer lo que te dije anoche que iba a hacer si no servías para nada, Gonzalo —respondió ella, sin siquiera mirarme, caminando hacia la puerta de la recámara a zancadas largas y decididas—.

Alguien tiene que tener huevos en esta puta casa.

Y ya me quedó más que claro que tú no los traes colgando entre las piernas.

—¡NO! —Grité, olvidándome de la vergüenza de estar en cueros, y me abalancé hacia ella.

La alcancé justo antes de que pusiera la mano en el pomo de la puerta de nuestra recámara. Le agarré el brazo izquierdo con las dos manos, colgándome de ella como un niño desesperado.

—¡Meche, estás loca! ¡Es casi la una de la mañana! ¡Ese cabrón está borracho, está armado con su pistola de cargo y tiene a más gente maleante ahí adentro! ¡No vayas, te lo suplico, por lo que más quieras en el mundo, no vayas!

—¿Por qué no? ¿A caso vas a ir tú?

—¿Qué? ¡No! Ese gorila de por sí es un animal estando sobrio, ¿te imaginas estando borracho?

—Valiente marido tengo —me soltó decepcionada.

La tomé por el brazo, y Meche se detuvo en seco. Giró lentamente el cuello hacia mí. Sus ojos amielados bajaron hacia mis manos, que aferraban su brazo como garras inútiles, y luego subieron hasta mi cara pálida, sudorosa y llorosa. Su respiración era muy pesada, rítmica.

Al estar tan cerca de ella, sentí el calor que emanaba de su cuerpo. No era solo furia. Era algo más oscuro, más primitivo. Había una energía eléctrica vibrando en ella, una fiebre extraña, un olor denso a sudor, perfume y sexo interrumpido que me aterrorizó por completo.

—Suéltame, Gonzalo —dijo, con una voz baja, gutural e inflexible.

—Mi amor, por Pablito, piénsalo... te puede faltar al respeto... él te mira morbosamente, tú misma me lo dijiste, yo mismo acabo de decirte lo que piensa de ti. Si vas así vestida, con esa ropa ajustada, sin brasier... si vas a su cueva a provocarlo a esta hora, con esos animales borrachos...

—¡Pues a ver qué pasa! —estalló ella, dándome un jalón violento con el brazo.

El movimiento fue tan brusco y cargado de fuerza que me soltó las manos y me hizo perder el equilibrio por completo. Caí hacia atrás, aterrizando de culo contra el suelo frío y duro del cuarto con un ruido sordo.

Me quedé mirando hacia arriba, aturdido.

Meche me observó desde arriba con un desdén total.

—Si mi marido no es capaz de defenderme de la mirada morbosa de otro hombre, ni de defender el puto sueño de su propio hijo...

—escupió con frialdad—. Entonces yo tendré que arreglármelas sola con ese puto animal.

Quédate aquí a llorar como lo que eres. Por lo menos trata de cuidar al niño y que no se entere de nada.

Se dio la vuelta, quitó el seguro de la puerta, la abrió de un tirón y salió al pasillo oscuro de nuestra casa.

Escuché sus tenis rechinar rápidamente contra el piso de mosaico mientras caminaba hacia la puerta principal de nuestro departamento. Iba decidida. No dudó un solo segundo.

—¡Meche, no! ¡Por favor, vuelve! —lloriqueé desde el suelo del cuarto, arrastrándome inútilmente sobre la alfombra, incapaz de levantarme de verdad, derrotado, castrado, sintiendo una náusea insoportable subiendo por mi garganta.

Escuché el sonido inconfundible de nuestra cerradura principal al abrirse.

En cuanto la puerta se abrió, el ruido de la música banda entró de golpe a nuestro departamento, cien veces más fuerte, inundando nuestra pequeña y silenciosa sala, tragándose mis sollozos patéticos.

Y luego... el golpe seco, final y demoledor de nuestra puerta al cerrarse detrás de ella.

Me quedé ahí, tirado en el suelo de mi propia recámara, totalmente desnudo, solo en la oscuridad iluminada apenas por la lámpara amarilla, escuchando el bajo retumbar en mis oídos y en mi alma.

Mi esposa. Mercedes. La madre de mi hijo.

Vestida con los leggings más ajustados y provocativos que tenía en el clóset, marcando todo su sexo mojado, sin sujetador, con los pezones duros rozando la blusa negra, empapada en sudor y en la lujuria de nuestra intimidad bruscamente interrumpida...

acababa de salir sola a la boca del lobo.

Iba a cruzar ese metro y medio de pasillo para enfrentarse, en plena madrugada, a un depredador de dos metros que ya me había confesado que se la quería coger, a un hombre borracho que irradiaba todo el machismo, la fuerza bruta y la brutalidad de los que yo carecía y que a ella, secretamente, le fascinaba desafiar.

Y en medio de mi pánico , ahogándome en mis propias lágrimas, un pensamiento retorcido, venenoso e incontrolable cruzó por mi mente:

Si ella abría la puerta de ese departamento... si ella se paraba frente a ese monstruo en ese estado...

¿Dionisio la dejaría volver a salir?