III. La gota que derramó el vaso #3
—¡Sí! Y me dijo que sí, que lo sentía, que ya no iba a hacer ruido, te lo juro por mi madre, él me dio su palabra...
—Mis manos temblaban violentamente sobre mis muslos.
Estaba intentando sostener la mentira, aferrarme a los escombros de mi dignidad, pero bajo la mirada despiadada de mi esposa, el castillo de naipes se estaba derrumbando, reduciéndome a cenizas.
—¡NO ME MIENTAS, PEDAZO DE IMBÉCIL! —gritó con todas sus fuerzas. Su grito rasgó la música banda del otro lado y pareció silenciar el mundo entero por un segundo.
Me encogí instintivamente, tapándome los genitales flácidos con las dos manos, como un niño asustado ante el cinturón de su madre.
—Si tú le hubieras exigido respeto... —continuó ella, acercando su rostro al mío, escupiendo las palabras con rabia ciega—...
si tú te hubieras portado como un maldito hombre por una vez en tu miserable vida y le hubieras marcado un puto límite, ¡él no estaría haciendo esto ahora mismo! ¡No se estaría riendo de nosotros!
—M-Meche, a lo mejor se le olvidó... a lo mejor está borracho y... y ya ves cómo es, no controla a sus amigos... tal vez él no quería...
—¡Nadie olvida a un hombre que lo amenaza de verdad, Gonzalo! —escupió ella, levantándose de la cama como un resorte, perdiendo todo el pudor.
Estaba majestuosa, de pie frente a mí, desnuda en su ropa interior negra y tacones, temblando de rabia, con los pechos agitados por la furia. Era una diosa de la ira mirándome desde arriba.
—Pero la gente sí ignora a los cobardes, —siseó, apuntándome con un dedo tembloroso—. A los gusanos. A los pendejos que bajan la mirada y piden las cosas "por favorcito" mientras el otro se les ríe en la puta cara. ¡Dime la verdad! ¿Qué te dijo?
—¡Le dije que le bajara! —chillé, al borde de las lágrimas, aterrado por el monstruo que había despertado.
—¿QUÉ TE DIJO ÉL, GONZALO? —gritó de nuevo—. ¿Se burló de ti? ¿Te escupió?
—¡No, no! —sollocé, rindiéndome, incapaz de aguantar la presión—. Me... me dijo que estaba bien... pero... pero se burló... me habló de ti...
Los ojos de Mercedes se abrieron de par en par. El ambiente en la habitación pareció cambiar de repente. La furia se mezcló con algo más, algo oscuro y espeso.
—¿Qué dijo de mí? —preguntó, bajando la voz de nuevo, pero ahora sonaba tensa, expectante.
—D-dijo que... que te habías puesto muy guapa... que estabas muy buena... que qué suerte tenía yo... y que... que si él te tuviera, te daría todo el día... —confesé, escondiendo la cara entre las rodillas, llorando de humillación, sintiéndome la mierda más insignificante del universo.
El golpe bajo me dejó sin aire. Esperé la explosión. Esperé que Meche agarrara la lámpara y me la reventara en la cabeza por no haber defendido su honor.
Pero hubo silencio.
Levanté la vista despacio. Meche estaba paralizada en medio del cuarto.
No me miraba a mí. Miraba hacia la pared que nos separaba de Dionisio.
Sus labios estaban ligeramente separados.
Y aunque parezca una locura, aunque no quiero creerlo ni en mis peores pesadillas, me pareció ver que un escalofrío de excitación le recorría el cuerpo entero.
Sus pezones parecieron endurecerse aún más bajo el encaje.
Ella lo sabía. Era demasiado inteligente.
Había leído la situación mejor que yo en un milisegundo, había visto a través de mi farsa en el instante en que esa música sonó.
Dionisio no solo estaba ignorando mi supuesta "advertencia"; la estaba desafiando abiertamente.
Le estaba demostrando a mi mujer que yo no valía nada.
Que yo no mandaba ni en mi propia casa. Que él era el verdadero macho alfa del edificio y que podía hacer lo que quisiera, con quien quisiera.
Y a juzgar por lo que yo le acababa de confesar, le estaba enviando un mensaje directo a ella.
—Meche, por favor, tranquilízate. Mañana... mañana a primera hora voy y hablo con la administración del edificio, levantamos firmas con los del segundo piso, llamamos a una patrulla de la policía estatal... yo qué sé, pero ahorita no podemos hacer nada, son casi la una...
Ella giró el rostro hacia mí. Me miró con el mayor asco que he visto jamás en los ojos de un ser humano. Era la mirada que le dedicas a una cucaracha pisada antes de tirarla a la basura.
No dijo una palabra más. Caminó a zancadas hacia la silla del rincón donde había dejado su ropa de la tarde.
Agarró esos mallones grises de yoga, esos apretadísimos que usaba siempre en la casa, esos que se le metían profundamente entre las nalgas y marcaban descaradamente la abultada forma de su pubis.
Se los subió por las piernas a tirones rápidos y furiosos, sin molestarse siquiera en quitarse la tanga de hilo negro que seguía empapada de mis fluidos y los suyos.