Mi mujer y el vecino de Enfrente III. La gota que derramó el vaso #2
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III. La gota que derramó el vaso #2

Me quedé congelado un segundo. ¿"Como a una cualquiera"? Mercedes, mi esposa, la madre abnegada, la profesionista estricta que criticaba a gritos a las putas que subían las escaleras... ¿me estaba pidiendo que la tratara como a una de ellas?

—¿Q-qué dices, Meche? —pregunté, sintiendo que la situación me sobrepasaba un poco, pero mi verga seguía latiendo, a punto de explotar.

—¡Que me cojas, maldita sea! —estalló ella, perdiendo la paciencia. Me agarró del miembro con una mano áspera y tiró de mí hacia su entrada—. ¡Dime que soy tu puta! ¡Dímelo!

El morbo me ganó. El pudor se esfumó por la ventana al ver a la mujer más hermosa que conocía rogándome que la degradara. Me acomodé entre sus piernas abiertas. Ella misma enganchó sus talones detrás de mis rodillas.

—Eres mi puta, Meche... eres una perra calentona... —susurré, las palabras sonando torpes y extrañas en mi propia boca, pero el efecto en ella fue devastador.

—¡Sí! ¡Más sucio, háblame sucio, Gonzalo! —chilló, y guiando mi erección, se la metió entera de un solo sentón brutal.

—¡Aaaah! —Un gemido gutural, hondo y animal salió de su garganta.

Arqueó la espalda tan violentamente que casi me tira de la cama. Su interior estaba hirviendo. Una estrechez espasmódica, húmeda y ardiente me abrazó por completo. Estaba tan mojada que el choque de nuestros cuerpos sonó como un aplauso mojado y obsceno en el silencio del cuarto.

Empecé a moverme. Rápido, profundamente, como a ella parecía gustarle en ese momento. Quería demostrarle que yo era su hombre, que yo merecía esta sumisión enferma. La cama empezó a rechinar rítmicamente.

Clac, clac, clac.

—¡Más fuerte, Gonzalo, dame más duro! —gemía ella, moviendo la cabeza de un lado a otro sobre la almohada, perdiendo la cordura. Su cabello rubio estaba revuelto, pegado por el sudor a su rostro—. ¡Dame duro! ¡Hazme gritar!

—P-ero… el niño…

—¡Vamos, Gonza, vamos!

—¡Estás apretadísima, mi amor! —jadeé, intentando seguir su ritmo enloquecido, golpeando mi pelvis contra la suya con toda mi fuerza—. ¿Te gusta? ¿Te gusta cómo te coge tu marido?

—¡Sí, ahhh, sí! ¡Dame más duro, métemela toda! —gritaba, con los ojos cerrados fuertemente. Sus pechos rebotaban libres fuera del corsé, salvajes.

Pero había algo extraño. A medida que embestía, noté un cambio. Su cuerpo respondía de una manera explosiva, recibiendo cada embestidas con unas nalgadas sonoras y rítmicas contra mis muslos, pero sentía que su mente... su mente ya no estaba ahí en el cuarto conmigo.

—¡Si tan solo la tuvieras más gorda y larga! —dijo de pronto.

Y sentí que algo en mi pecho se apretaba.

¿Qué mierdas acababa de decir? ¿Mi mujer se refería… a mi pene?

Entonces, pasaron los segundos y Meche me agarraba del cabello, me jalaba hacia ella, y de pronto abrió los ojos. Pero no me miraba a mí. Miraba a través de mí. Su mirada estaba fija en la pared. La pared que daba al pasillo. La pared que nos separaba del departamento de Dionisio.

Y entonces, empezó a susurrar cosas que me helaron la sangre, a pesar del fuego que consumía mis entrañas.

—Dame duro... que me duela... hazme gozar… como si la tuvieras grande —decía, con una voz arrastrada, llena de veneno y deseo.

—L-lo estoy haciendo, mi amor... —intenté acelerar las embestidas.

—¡Más duro, más duro, Gonza, más duro! —siseó entre dientes, mirándome de pronto con una furia incomprensible—. ¡Pégame! ¡Jálame el pelo! ¡Trátame como a tu perra!

Me asusté de verdad. Mi ritmo se ralentizó un segundo.

Mercedes jamás en la vida me había pedido algo así.

Nuestro sexo siempre había sido convencional, un poco monótono.

Misionero, besos, caricias, un poco de perrito si había suerte los fines de semana.

¿De dónde sacaba esta necesidad de dolor? ¿Por qué me pedía que la humillara?

—Meche, yo no quiero hacerte daño... —balbuceé.

—¡No pasa nada, solo hazlo! —me dijo, algo frustrada.

Y para mi asombro, ella misma levantó la mano derecha y se dio una bofetada a sí misma, y luego bajó la mano y se dio una nalgada fuerte y sonora en su propio muslo blanco—.

¡Si fueras un hombre de verdad me tendrías dominada!

¡Cógeme como si me odiaras! ¡Hazme llorar!

La humillación me picó en el orgullo. La confusión me abrumaba, pero la calentura me dominaba. "Quería que fuera malo", pensé. "Si eso quiere la jefa, eso le daré".

Llevé mi mano a su cabello, enredé mis dedos temblorosos en sus rizos rubios y le di un jalón torpe. Ella bufó, claramente insatisfecha con mi falta de fuerza, pero cerró los ojos de nuevo y empezó a jadear ruidosamente.

—Puedes… puedes hacerlo mejor... —murmuraba ella para sí misma, en un trance—... dame más fuerte... jálame el pelo… una bofetada… un azote en las nalgas.

—Aaahhh… Meche…

Aceleré mis caderas. La fricción era maravillosa, empapada, y perfecta. Hacía lo posible por que la cama rechinara escandalosamente, un clac-clac-clac, pero me faltaba fuerza.

Aun así, Meche empezó a respirar por la boca, lanzando pequeños chillidos agudos.

Sus uñas se clavaban en mis hombros, arañándome de verdad.

Yo también estaba a punto de explotar. Estaba más apretada que nunca, su cuerpo era una máquina de placer descontrolada que amenazaba con ordeñarme en segundos.

—¡Me voy a venir, Gonza, me voy a venir! —gritó, tirando la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello largo.

—¡Yo también, mi amor, yo también! —jadeé, a punto de soltar toda mi carga. Estábamos en la gloria. A punto de llegar juntos después de años de no hacerlo.

Y entonces... el mismísimo infierno se desató.

BUM. BUM. BUM. BUM.

El martilleo profundo, denso, brutal y ensordecedor del bajo de una bocina industrial rompió el silencio de la noche como un puto terremoto.

La pared de nuestra recámara vibró tan fuerte que sentí el polvo caer del techo sobre mi espalda sudada.

Un segundo después, los acordes chillones de una trompeta, una tuba enorme y un acordeón a todo maldito volumen estallaron en la madrugada, inundando nuestro cuarto.

Era como si la banda MS entera hubiera decidido instalarse a dar un concierto al pie de nuestra cama matrimonial. El escándalo era ensordecedor.

Y detrás de la música, rebasando los decibeles, resonó una carcajada atronadora. La carcajada ronca, grave, burlona y soberbia de Dionisio.

Seguida del grito agudo de una mujer: "¡Ayyyy, mi Dioni, échale, papi, sírveme otro pinche trago!"

Me quedé petrificado. Literalmente congelado a mitad de una embestida.

Mi cuerpo entero se tensó de un golpe, como si alguien hubiera entrado al cuarto y me hubiera arrojado una cubeta de agua con hielos directamente en la espina dorsal.

En menos de cinco segundos, la erección más poderosa que había tenido en años, la que segundos antes amenazaba con estallar de placer dentro de mi esposa, se encogió. Se desinfló patéticamente como un globo pinchado. Mi sangre huyó del vientre hacia mis pies.

Me salí de Mercedes por gravedad, flácido, pequeño y asustado, cayendo de rodillas sobre la cama y encorvando los hombros instintivamente ante el volumen brutal de la música.

Meche abrió los ojos de golpe. Su respiración agitada se detuvo en seco.

El cambio en su rostro fue terrorífico. Pasó de la lujuria ciega, del trance animal, a una confusión abrumadora en una fracción de segundo.

Sus ojos amielados buscaron los míos, luego miraron hacia la pared que temblaba al ritmo de la tuba, y luego...

luego vi cómo una comprensión fría, afilada y aterradora se instalaba en sus pupilas.

El silencio dentro de nuestra habitación era aplastante, enfermizo, mientras que del otro lado de los diez centímetros de ladrillo y yeso que nos separaban, el departamento de Dionisio acababa de inaugurar su orgía privada.

Botellas de vidrio chocaban. Risas escandalosas de mujeres borrachas flotaban en el aire. Eran casi las doce y media de la noche.

—Gonza... —La voz de Mercedes sonó baja. Tan baja que apenas pude escucharla sobre los metales de la banda. Pero estaba cargada de un peligro que me hizo retroceder en la cama.

Se incorporó lentamente, sentándose sobre el colchón revuelto.

El corsé negro seguía empujando sus pechos hacia arriba, los tacones negros seguían en sus pies, la tanga seguía humedecida, pero ahora la imagen de mi esposa semidesnuda ya no me excitaba; me daba un pánico cerval.

Parecía un ángel de la muerte a punto de dictar mi sentencia.

—Meche, mi amor, yo... espérame, yo puedo... déjame volver a agarrar ritmo... —intenté tocarle la pierna, arrastrándome patéticamente hacia ella, intentando revivir mi hombría muerta con las manos—. Ahorita seguimos, no le hagas caso, mi amor...

Ella me miró. Solamente bajó la mirada hacia mi mano en su muslo, y sin decir agua va, me soltó un manotazo tan violento que me dejó los dedos doliendo.

—No me toques.

Me encogí en mi lugar, desnudo, flácido y miserable.

Ella giró la cabeza hacia la pared vibrante. Escuchamos otra risa rasposa de Dionisio y el sonido de algo pesado chocando contra la pared compartida. Un mueble. O alguien empujando a alguien más.

Mercedes volvió a mirarme. Sus ojos ya no brillaban de deseo ni de sumisión. Brillaban con una furia tan negra, tan profunda, tan llena de asco , que sentí que el alma se me salía por la boca.

—Dijiste que hablaste con él —articuló cada palabra con una lentitud escalofriante, susurrando, pero clavándome cada sílaba en el pecho.

—Y-y lo hice, Meche, te lo juro por Dios que lo hice.

Le hablé en la mañana... —balbuceé, retrocediendo hasta pegar mi espalda contra la cabecera, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta y me impedía respirar—.

L-le dije que le bajara a su desmadre. Q-que no lo íbamos a tolerar.

Le exigí respeto para ti y para Pablito.

—¿Ah, sí? —Meche soltó una risa nasal, corta, seca. Una risa que cortaba como vidrio roto—. ¿Tú, Gonzalo? ¿El oficinista le exigió respeto de frente al policía municipal que mide dos metros?