III. La gota que derramó el vaso
Me estaba lavando los dientes frente al espejo del baño y no podía borrarme una estúpida sonrisa de satisfacción de la cara. El reflejo que me devolvía el cristal no era el del tipo cansado de siempre, el tipo flacucho de los inventarios. No. Esta noche, yo era finalmente el amo de mi casa.
Había funcionado. Mi mentira había funcionado a la perfección.
Cuando le dije a Mercedes que había encarado al gorila de Dionisio, que me le había plantado de frente en el pasillo y le había exigido respeto mirándolo a los ojos, vi cómo algo cambió de inmediato en su expresión.
Al principio pareció dudar, me escrutó con esa mirada de halcón que tiene, cruzándose de brazos bajo sus pechos pesados para buscar alguna fisura en mi historia. Pero yo me mantuve firme. Tragué saliva, inflé el pecho y le conté una versión inventada donde el vecino reculaba y me pedía disculpas.
Al final... al final me creyó. O al menos, decidió creerme. Incluso soltó un suspiro largo, casi tembloroso, destensó los hombros y me dijo, con una voz que hacía años no le escuchaba, que se sentía "protegida" por mí.
"Protegida".
La palabra me daba vueltas en la cabeza mientras escupía la espuma en el lavabo. Hacía años que no sentía que me mirara como a un hombre de verdad, como al macho proveedor y defensor de la familia.
Y aunque en el fondo de mi estómago, debajo del orgullo falso, se revolvía el ácido de la culpa y el pánico a ser descubierto, la recompensa de esta noche valía cada maldito segundo de ansiedad.
Solo tenía que rezar para que el idiota de Dionisio realmente esta noche no hiciera de las suyas, y nos dejara dormir en paz, aunque fuera por casualidad.
Me enjuagué la boca con agua fría, me peiné el cabello con un poco de gel y, en un arranque de confianza, me eché un poco de loción en el cuello y en el pecho. Estaba listo. Iba a cobrar mi premio.
Salí del baño en bóxers y caminé de puntitas por el pasillo oscuro para no hacer ruido.
Me asomé primero al cuarto de Pablito; mi niño estaba profundamente dormido, abrazado a su osito de peluche, con la respiración acompasada.
Cerré su puerta con un cuidado reverencial y me dirigí a nuestra recámara.
La luz principal estaba apagada, pero la lámpara de buró del lado de Mercedes proyectaba un resplandor cálido, ambarino y denso sobre nuestra cama matrimonial.
Empujé la puerta despacio, y ahí estaba ella.
—Oh…
Casi se me cae la mandíbula al suelo. Tuve que agarrarme del marco de la puerta para no tambalearme.
Mercedes estaba recostada boca arriba, sobre las sábanas blancas inmaculadas, esperándome. Pero no traía la pijama aburrida de franela gris que usaba casi todos los días cuando estaba cansada por el trabajo y el niño. Ni siquiera traía la bata transparente color vino de la noche anterior.
Traía puesto un corsé negro de encaje finísimo, una prenda que yo juraba que no se ponía desde nuestro primer aniversario de bodas. El corsé era ajustado, cruel, y empujaba sus enormes y pesados pechos hacia arriba con tal violencia que parecían a punto de desbordarse por el escote.
Las copas apenas cubrían la mitad inferior de sus senos blancos, dejando desnudos la parte superior y sus pezones. Dios mío, sus pezones. Estaban oscuros, duros como botones de cuero, marcándose explícitamente y apuntando al techo.
La prenda de encaje se ceñía a su cintura, resaltando el contraste brutal con sus grandes caderas.
Y abajo... abajo el espectáculo era todavía más irreal.
Solo llevaba una tanga minúscula de hilo negro.
Un hilo que se perdía por completo entre la profunda ranura de sus nalgas y que, por delante, apenas formaba un triángulo minúsculo de tela translúcida que no lograba ocultar la exuberante mata de vello oscuro de su monte de Venus.
Sus piernas, largas, pálidas y torneadas por las horas de sentadillas en la sala, estaban ligeramente separadas, dobladas por las rodillas.
Llevaba puestos unos zapatos de tacón negros. En la cama.
Tragué saliva en seco. Un calor bestial me subió desde los pies hasta la cabeza. Mi erección, que ya venía asomándose por la calentura previa, se notó en la tela de mis bóxers, convirtiéndose en una roca instantánea, doliendo de lo dura que estaba.
—Meche... mi amor... —susurré, sintiendo que la voz me temblaba, incapaz de dar un paso más adentro de la habitación.
¿Todo esto era para mí? ¿De verdad mi estúpida mentira de la tarde la había excitado a este grado?
Ella giró la cabeza hacia mí lentamente contra la almohada.
Sus ojos amielados, que normalmente me miraban con reproche o aburrimiento, ahora brillaban en la penumbra con una intensidad salvaje, febril.
Estaba transpirando ligeramente; el sudor hacía que el escote de sus pechos brillara bajo la luz de la lámpara.
Tenía los labios pintados de un rojo carmín intenso, entreabiertos, y su respiración era ruidosa, casi como un jadeo continuo.
—Cierra la puerta, Gonza. Ponle seguro —me ordenó.
Su voz no sonaba mandona como de costumbre, sino ronca, cargada de una lujuria profunda y gutural que me puso los pelos de punta.
—Sí, sí, okey —dije casi agitado.
Obedecí de inmediato, como un soldado ante su general. Giré la perilla, cerré despacio y pasé el seguro con un clic sordo que pareció resonar en todo el cuarto.
Cuando me di la vuelta, ella ya se había incorporado sobre sus codos, arqueando la espalda para que sus senos apuntaran directo hacia mí. Me miraba de arriba a abajo, deteniéndose descaradamente en el bulto de mis calzoncillos, como si estuviera a punto de devorarme vivo.
—Te ves riquísima y sexy, Meche.
Me acerqué a la cama sintiéndome el puto rey del mundo.
Me quité los bóxers de un tirón nervioso, tropezando un poco con la tela, y los aventé al suelo.
Subí al colchón gateando hacia ella. El aroma que exudaba mi mujer me llegó de golpe al instante en cuanto mis rodillas se hundieron en las sábanas.
Era un aroma a sexo, espeso, fuerte; el inconfundible y embriagador olor del deseo femenino, de una mujer que lleva horas húmeda y caliente.
—Ven aquí, vaquero... —murmuró ella, relamiéndose los labios rojos mientras yo me acomodaba a su lado. Levantó una mano y trazó con sus uñas pintadas mi pecho—. ¿Quién iba a decir que mi aburrido esposo se iba a portar como un macho alfa hoy en la mañana?
—Te lo dije, Meche... nadie se mete con mi familia —respondí, intentando engrosar la voz, inflándome como un pavo real.
—Me encantó, Gonza —susurró, y para mi sorpresa, dejó caer su mano sobre mi erección y la apretó con fuerza.
Jadeé—. Me prendió muchísimo. Todo el día estuve pensando en ti.
Pensando en cómo agarraste a ese cabrón, en cómo lo pusiste en su lugar.
En cómo defendiste lo que es tuyo. Tu casa. A tu esposa.
—Tú eres mía, Meche. Solo mía —me aventuré a decir, dejándome llevar por el personaje—, y ningún cabrón como el gorila de enfrente te va a faltar al respeto.
—Demuéstramelo, entonces —me retó—, cógeme rico, mi amor, estoy muy caliente y mojada.
Sus ojos relampaguearon. Se dejó caer de nuevo de espaldas y, con un movimiento lento y deliberado, abrió las piernas de par en par, exponiendo su intimidad ante mí.
Me quedé sin respiración. La pequeña tanga de hilo negro estaba literalmente empapada.
Una mancha oscura y brillante de flujo espeso saturaba la poca tela que le cubría la entrepierna, escurriendo hasta sus muslos internos.
Nunca, en los diez años que llevábamos juntos, la había visto en ese estado. Nunca.
—Estás hermosa, mi amor... estás preciosa —le susurré al oído, inclinándome para besarle el cuello, intentando llevar mi ritmo de siempre, buscando sus zonas sensibles con delicadeza, preparándola.
Pero ella me agarró de los hombros con una fuerza que no me esperaba y me tiró hacia arriba.
Sus labios chocaron contra los míos con una brutalidad animal. No fue un beso tierno de esposos, ni siquiera romántico. Fue un choque de dientes, de lenguas desesperadas y hambrientas. Meche me besaba como si se estuviera ahogando y yo fuera el único tanque de oxígeno en la maldita habitación.
Me mordió el labio inferior tan fuerte que sentí el sabor a hierro de mi propia sangre, pero no me importó. El dolor solo me excitó más. Me estaba comiendo vivo.
—No seas romántico hoy, Gonzalo —me pidió contra la boca, metiendo sus manos en mi cabello y jalándolo hacia atrás para obligarme a mirarla—. Hoy no. Hoy quiero al hombre que le gritó al vecino. Te quiero salvaje y caliente.
No supe qué decir. Tragué saliva, asintiendo obedientemente. Bajé mi rostro por su cuello, besando la piel sudada de su escote, hasta llegar a la orilla del corsé. Con manos temblorosas, agarré uno de sus pezones desbordados y me lo metí a la boca.
—¡Aaaaah, sí! —chilló Meche, arqueando la espalda y clavando los tacones en el colchón—. Muérdelo, Gonza, muérdelo fuerte, ¡no tengas miedo!
Cerré un poco los dientes sobre su pezón oscuro y chupé con fuerza. Ella empezó a retorcerse bajo de mí. Sus manos bajaron por mi espalda, sus uñas largas se clavaron en mi piel, arañándome con desesperación.
—¿Te gustó poner en su lugar a ese simio? —empezó a preguntarme, su respiración entrecortada, agitada—. ¿Te gustó demostrarle quién manda en esta casa?
—Sí, me encantó... —balbuceé, cambiando al otro pecho, perdiéndome en la abundancia de su carne.
—Dime qué sentiste. Dime cómo lo pusiste en su lugar. —Su voz se volvió un susurro perverso—. ¿Se asustó? ¿Se asustó el gran policía cuando le hablaste fuerte?
—S-sí, mi amor... se achicó... —mentí de nuevo, el engaño alimentando la calentura del momento.
—Eso... así me gusta. Soy tuya, mi amor.
Házmelo duro… —gimió ella, deslizando una mano hacia abajo para apartar la tanga de hilo hacia un lado, revelando su sexo hinchado, rojo y brillante de jugos—.
Así, Gonza, así. Métemela ya. Cógeme como a una cualquiera.
No me hables bonito, no quiero que me hagas el amor. Quiero que me cojas.