Mi mujer y el vecino de Enfrente II. Las confesiones #4
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II. Las confesiones #4

Lo estudié con detenimiento. Conocía a mi marido desde hace diez años.

Sabía cuándo mentía. Y en ese momento, estaba mintiendo tan burdamente que me dio vergüenza ajena.

Sus ojos parpadeaban demasiado rápido. No me sostenía la mirada, prefería ver hacia el florero del centro de mesa, hacia la pared, hacia cualquier lugar menos a mis ojos.

Una gota de sudor frío le perlaba la frente, a pesar de que el departamento estaba fresco.

Quise presionar. Quise ver hasta dónde llegaba su humillación.

—¿Eso le dijiste? —pregunté, dando un paso fuera de la cocina hacia él. Mis caderas se contonearon, marcando el ritmo de mis pasos en la licra gris, obligándolo a mirarme—. ¿Y no traía su uniforme? ¿No traía su pistolota esa que siempre carga? ¿No te dio miedo que se te echara encima?

—No... bueno, sí traía el uniforme —balbuceó, retrocediendo un poco en la silla, intimidado por mi sola presencia—. Pero no me dio miedo. Le dije que respetara a mi familia. Que mi hijo ocupa dormir, carajo. Y que no iba a tolerar que su departamento fuera un... un putero clandestino.

—¡Vaya! —solté una risita sarcástica, apoyando las manos en la mesa, inclinándome sobre él.

Mi escote quedó a centímetros de su rostro, pero él ni siquiera intentó mirar.

Estaba aterrado por su propia mentira—. Y cuéntame, Gonzalo el valiente, ¿qué te contestó el policía de casi dos metros y cien kilos de músculo cuando le amenazaste con un "problema serio"? ¿Te pidió perdón de rodillas?

Gonzalo desvió la mirada hacia la puerta de entrada.

—Pues... no tan así, obvio que no, pero pues se achicó, la verdad —mintió de nuevo, y esta vez la voz le tembló, rompiéndose un poco en la última sílaba—.

Me dijo que... que sí, que lo disculpara.

Que se le habían pasado las copas por un festejo de un comandante.

Y que ya no iba a volver a hacer ruido. Me prometió que le bajaría a su relajo.

Ya ves, Meche, perro que ladra no muerde.

Al final, el tipo sabe que si nos organizamos los vecinos, podemos correrlo del edificio, aunque sea policía y ande armado.

Me quedé en silencio, observándolo desde arriba.

Era un cobarde. Un , patético y triste cobarde.

Podía imaginarme la escena real con una claridad fotográfica, dolorosa y excitante.

Gonzalo saliendo asustado, tartamudeando, pidiendo "por favorcito" que bajaran la música.

Y podía imaginarme a Dionisio, con su sonrisa arrogante, pasándole por encima, burlándose de él en su puta cara, pisoteando su hombría, y tal vez... tal vez hasta mencionándome a mí.

Lo que Gonzalo no sabía, lo que no podía ni siquiera imaginar detrás de su máscara de falso valor, es que con esa mentira cobarde no solo estaba cavando la tumba de mi respeto hacia él, sino que estaba encendiendo la mecha de la bomba que destrozaría todo.

—Qué bueno, Gonza. De verdad. Me siento tan...

protegida por ti —dije, destilando veneno, decepción y lujuria en cada sílaba.

Aunque él, en su ceguera monumental, pareció tomarlo como un halago genuino y soltó un largo suspiro de alivio—.

Confío en que así será. Confío en que hoy dormiremos como bebés, sin escándalos.

—Seguro que sí, mi amor. Ya verás. Ya lo puse en su lugar, ya marqué mi territorio —dijo, intentando agarrarme de la mano, pero me alejé rápidamente hacia la cocina, esquivando su contacto con repulsión.

—A lavarse las manos, la cena está casi lista. Y llévate a Pablito al baño a lavarle las suyas —ordené, dándole la espalda.

Mientras escuchaba el agua correr en el lavabo, mi mente era un hervidero febril. Gonzalo había fingido hombría. Dionisio, siendo el animal depredador que Esperanza me había descrito con lujo de detalles, seguramente había olido el miedo de mi marido a kilómetros. Seguramente se había reído de él.

Si Gonzalo no había marcado un límite real, si solo había agachado la cabeza, Dionisio interpretaría eso como una victoria. Como una señal de debilidad en el macho dominante de nuestra casa. Si no había respeto para Gonzalo, no habría respeto para su territorio.

Ni para su mujer.

El pulso me retumbaba en los oídos, sordo, furioso. Una mezcla de pánico genuino y una excitación tan intensa, tan sucia, que me hizo apretar los muslos bajo los mallones grises.

Si Dionisio ponía música esta noche... si se atrevía a desafiarnos, a organizar otra de sus orgías con amigos policías o mujeres de la calle después de "la charla" con mi marido... significaba que no le importaba Gonzalo en lo más mínimo.

Significaba que me estaba llamando a mí.

Y yo le había jurado a mi esposo, por la vida de nuestro hijo, que si volvía a haber escándalo, si Gonzalo no resolvía el problema, iría yo misma a tocarle la puerta y a enfrentarlo.

Miré hacia la delgada pared de la sala. Imaginé a la bestia detrás de ella, en su sofá, limpiando su arma negra, desabrochándose el uniforme, tomando un trago de tequila directamente de la botella, esperando a que cayera la noche para ver hasta dónde podía estirar la cuerda y romper a la familia feliz de enfrente.

Y en lo más profundo, podrido y húmedo de mi ser, recé, supliqué al cielo, para que encendiera su maldita bocina.