Mi mujer y el vecino de Enfrente II. Las confesiones #3
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II. Las confesiones #3

Mis nalgas se contrajeron con fuerza. Un gemido largo y ahogado se me escapó. Seguí frotándome el clítoris con dos dedos, rápido, sucio, sin piedad, mientras la fantasía se volvía más real:

Dionisio arrancándome la blusa, agarrándome las tetas con las dos manos, apretándolas hasta dejarme marcas de sus dedos, y metiéndome la verga de un solo golpe mientras me llamaba “Meche” una y otra vez, como si estuviera marcándome, como si cada embestida me estuviera marcando como suya.

—Sí… sí, Dioni… cógeme… —susurré, y el solo hecho de decir su nombre en voz alta me hizo venirme con un chorrito caliente que manchó la sábana debajo de mí.

Caí de lado, jadeando, con los ojos llorosos y el cuerpo temblando.

Pero yo seguí tocándome. Aceleré el ritmo de mis dedos.

Me imaginé a mí misma en otro escenario, obediente, arrastrándome por la alfombra de mi propia casa, como perra hasta sus botas, suplicándole a ese policía corrupto y sucio que me la metiera hasta el fondo, que me usara otra vez, que me vendiera a sus amigos patrulleros si quería, con tal de sentir su fuerza descomunal rajándome en dos.

—¡Aaaah!

Un gemido sordo escapó de mis labios. Me tapé la boca con la mano libre, aterrorizada de que alguien en el pasillo me escuchara.

Arqueé la espalda, clavando los talones en el colchón, y el orgasmo me hizo convulsionar.

Me estremecí de arriba abajo. Fue un orgasmo sucio, culpable, bestial, que me dejó temblando, empapada en sudor, con el corazón latiendo a mil por hora en la garganta.

—¡Mierda, mierda! ¿Pero qué estoy haciendo? ¿En qué estoy pensando?

Me quedé ahí tirada durante media hora, mirando el ventilador de techo girar lentamente, odiándome profundamente.

Yo era Mercedes. Una madre de familia. Una mujer decente que trataba de llevar a mi hijo por el buen camino y, sobre todo, de ser una esposa fiel y abnegada.

¿Cómo podía estar tan corrompida por dentro, entonces? La respuesta era aterradora, tal como Esperanza lo predijo: Dionisio exudaba poder. Gonzalo exudaba sumisión. Y mi biología primitiva, mi feminidad en su estado más básico y animal, no entendía de moralidad, ni de amor romántico, ni de respeto.

La biología responde a la fuerza, a la conquista. Y yo, por más que lo negara diciendo que amaba a mi esposo, que lo amaba, desde luego, y con locura, estaba hambrienta de ser conquistada a la mala.

El resto del día lo pasé como un autómata. Fui por Pablito, le di de comer sopa de fideos y pollo, lo puse a armar sus legos en la alfombra de la sala y me obligué a trabajar.

Me di un baño largo por la tarde, frotándome la piel con zacate, intentando limpiar la suciedad de mis pensamientos. Me volví a vestir deportiva, esta vez unos mallones grises muy ajustados que se metían profundamente en la hendidura de mis nalgas, y una blusa de tirantes negra.

Sabía perfectamente cómo me veía. Sabía que si salía al pasillo a tirar la basura y Dionisio abría su puerta, sus ojos se clavarían como garras en mis nalgas.

A las seis y media de la tarde, escuché la llave girar en la cerradura.

Gonzalo entró arrastrando los pies. Traía su maletín de lona colgado del hombro como si pesara toneladas, la camisa de cuadros sudada por debajo de las axilas y ojeras marcándole el rostro pálido.

—¡Papi! —gritó Pablito, dejando sus legos y corriendo a abrazarlo de las piernas.

—Hola, campeón, ¿cómo te portaste hoy? —Gonzalo se agachó y lo abrazó, revolviéndole el cabello. Luego se levantó, me dio un beso fugaz en la mejilla que apenas y sentí, y se dejó caer en la silla del comedor, soltando un suspiro.

Yo estaba en la cocina, picando cebolla y tomate para hacer entomatadas. Lo miré de reojo.

—¿Cómo te fue, Gonza, mi amor? —pregunté, en un tono seco, monótono. Necesitaba mantener el control, seguir siendo la esposa estricta.

—Pesado, Meche. Hicimos inventario en el almacén tres y... uf, un desmadre con los proveedores de hilo. Pero bueno, ya salió el día —respondió, frotándose los ojos con las palmas de las manos.

Dejé el cuchillo sobre la tabla de picar. Me apoyé en la barra de la cocina, cruzándome de brazos, haciendo que mis pechos se juntaran y asomaran peligrosamente por encima del escote de la blusa.

Lo miré fijamente, como un halcón a un ratón.

—No te pregunto por tu trabajo en la fábrica, Gonza —dije despacio, arrastrando las palabras, destilando hielo—. Te estoy preguntando por nuestro querido vecino. ¿Hablaste con él?

Gonzalo se tensó visiblemente. Vi cómo tragaba saliva; la nuez de su garganta subió y bajó con dificultad, atorándose.

Sus manos, apoyadas en la mesa, se cerraron en puños momentáneamente, antes de abrirse para juguetear nerviosamente con las llaves de la casa.

Pablito seguía jugando en el piso, ajeno a la tormenta que se gestaba sobre su cabeza.

—Ah... sí. Eso —dijo Gonzalo, intentando forzar una sonrisa que no le llegó a los ojos. Carraspeó, enderezándose en la silla, inflando un poco el pecho en una postura que claramente era fingida—. Pues nada, Meche. Que en la mañana, cuando salí para el trabajo, me lo topé de frente en el pasillo.

—¿Ah, sí? —Levanté una ceja, sintiendo un latido sordo en mi vientre bajo. —¿Y qué pasó?

—Pues lo que tenía que pasar —Gonzalo levantó un poco la barbilla, pero su voz sonó extrañamente aguda, sin fuerza—. Me le cuadré. Le dije sus tres cosas, de frente. Sin rodeos.

Sentí un frío repentino en el estómago, seguido de un calor morboso.

—¿Le dijiste sus tres cosas? ¿A Dionisio? —pregunté, casi con incredulidad—. ¿Y dónde fue eso? ¿Aquí afuera?

—Claro, Meche, pues ¿qué pensabas? Yo no soy ningún dejado, mujer.

Nomás me lo topé y le dije: "A ver, vecino, quiero hablar muy seriamente con usted".

Le dije que estábamos hartos de su pinche ruidazo.

Le dije: "O le bajas a tu desmadre y a tu música de banda en la madrugada, o vamos a tener un problema serio tú y yo, cabrón".

Se lo dije así, directo, mirándolo a los ojos.