Mi mujer y el vecino de Enfrente II. Las confesiones #2
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II. Las confesiones #2

Pero eso fue solo el principio. A medida que pasaban las semanas, las confesiones de Esperanza hacia mí se volvieron más oscuras, más sucias.

Esperanza venía a mi casa casi todos los días, y parecía que necesitaba vaciar su conciencia.

O quizás, simplemente le excitaba contármelo, ver mi cara de "niña buena" horrorizada.

Dos semanas después de esa charla, llegó temblando, pálida pero con una sonrisa nerviosa que le cruzaba el rostro.

—¿Y esa cara, Esperanza? ¿Todo bien?

—Ay, Meche, si supieras, Meche, ay Meche, por Dios… si tú supieras.

—¿Qué pasa, mujer? Me tienes en ascuas.

—Pues es que mi Dioni trajo a un amigo anoche, Meche —me soltó sin preámbulos, apenas le serví el café.

—¿A cenar? —pregunté, sin entender.

—A la cama.

Solté la taza. El café se derramó un poco en el platito.

—¿Qué dices? Esperanza, ¡por Dios! ¿Cómo que a la cama?

—Sí, sí, es que, mira, te explico.

Tragué saliva, mirando su rostro rojizo.

—Trajo a "El Beto", su compañero de patrulla. Estaban tomando en la sala. Y entonces, de pronto, Dioni me dijo que saliera en lencería, solo con unos tacones y una tanga de hilo.

—¿Pero tu marido te pidió que salieras en lencería delante de su amigo? ¿O cómo?

—Sí, sí, justo eso.

—¡No me digas que lo hiciste, Esperanza! ¡Por Dios!

—Pues sí te digo. Y me dio tanta vergüenza, Meche... El Beto es un asco, un tipo chaparro, gordo, apestoso a cigarro. Pero Dioni me obligó. Me agarró del cuello frente a él y le dijo: "Mira, Beto, esta es mi puta personal. ¿La quieres probar?"

—¡No, no, no! ¡Dime que te encerraste en el cuarto y llamaste a la policía! —exclamé, llevándome las manos a la boca. Pero bajo la mesa, mis muslos friccionaban rítmicamente mi clítoris hinchado.

—¿A la policía? —se echó a reír la mujer de Dionisio—. Por supuesto que no, claro que no, no, no.

—¿Y... entonces?, ¿qué-qué pasó? —No pude evitar preguntar, la voz me falló, traicionando mi supuesto horror.

—Dioni me obligó a chupársela a Beto ahí mismo, en la alfombra de la sala —dijo Esperanza, las lágrimas asomando en sus ojos, pero su respiración era rápida, agitada—.

Dioni me veía. Se estaba masturbando mientras su amigo me usaba la boca.

Y luego... luego Beto me volteó. Dioni le dijo que me la metiera por detrás, que me tratara peor que a una zorra.

—¡No me puedes estar hablando en serio, mujer!

—Sí, Meche, te lo juro.

—¿Y tú... qué sentiste, Esperanza? —pregunté en un susurro, inclinándome hacia ella. —¿No te dolió? ¡Tuviste que haber sentido asco!

—Sentí asco de mí misma. Sentí humillación. Lloré, Meche, lo reconozco. Pero... ay, cuánta pena me da decírtelo, pero te juro que me vine. Me vine tan fuerte mientras ese gordo apestoso me penetraba y mi marido me insultaba, que me oriné un poco en la alfombra. Y a Dioni le encantó.

—¡Ay, Esperanza!

Yo sentía que lo que me contaba era una barbaridad. Me parecía una locura estar escuchando eso de una dama que se veía tan presentable y respetuosa.

—Después Dioni mismo me la metió, me usaron los dos al mismo tiempo.

—¿Te-te… te refieres… a que tuvieron sexo entre los dos… contigo?

—Sí, Meche, eso.

—¿Pero cómo…?

—Pues así… Meche, ya te imaginarás. Me la metieron… por los dos lados.

—¿Quieres decir... por atrás y por delante?

—Sí, anal y vaginal, para que me entiendas.

—¡Dios santo, ¿analmente?!

—Ajá.

Yo tragaba saliva, incapaz de apartar la vista de mi amiga. De acuerdo a lo que veía, descubrí que ella no era una víctima. Era una partícipe activa arrastrada por su propia lujuria.

Y eso pasó ese día. Pero la última semana, justo días antes de irse, la degradación había llegado a un punto que rompió cualquier esquema moral que yo pudiera tener.

—Ya no lo hacemos en la casa, Meche —me contó una tarde, mientras destapábamos una botella de tequila. Ya ni siquiera intentábamos fingir decoro—. Dioni es un proxeneta ahora. Y yo soy como su puta.

—¿De qué hablas? ¡Esperanza, te estás volviendo loca! —le grité, de verdad asustada.

—Pues eso, Meche… que ya tenemos días que vamos a un bar clandestino por la zona industrial. Dioni me hace vestirme con faldas que apenas me cubren el culo, sin ropa interior. Se sienta en la barra y me hace ir a coquetear con camioneros, con cholos, con cualquiera que se vea rudo y sucio.

—¡Pero…! ¿Por qué haces eso?

—Porque si consigo que me inviten al baño... Dioni entra detrás. Los amenaza con la placa, les saca dinero. Cien, doscientos, quinientos pesos. Y a cambio... a cambio los deja cogerme.

—¿Cogerte… o sea, te prostituye, ahí, en ese lugar?

—Sí. Ahí, en el lavabo mugroso, apoyada contra la pared orinada. Por dinero, Meche. Mi marido me vende. He tenido a tres, cuatro desconocidos en una noche, pasándome de uno a otro. Dioni cobra y disfruta… de mí.

—¡Pero eres su esposa, Esperanza! ¡Tienes una carrera! —intenté reprenderla, sintiendo que el cuarto me daba vueltas. El morbo me estaba asfixiando. —¿Cómo puedes permitir que te denigre así? ¿Te das cuenta de lo que eres ahora?

—Soy una puta, Meche. Una puta enferma, insaciable —respondió ella, agarrándome las manos sobre la mesa, apretándolas con fuerza—. Por eso me voy.

—¿Cómo que te vas? ¡No entiendo, mujer!

—Sí, me voy… lejos de Dionisio…

Ese fue el día que hizo sus maletas.

—Tengo que huir, Meche. Tengo que largarme de aquí —me dijo en la puerta, llorando—. Si me quedo con él... me voy a volver loca por completo.

—Amiga, sí, sí, te juro que lo entiendo, de hecho pienso que deberías de ponerle una demanda, un hombre que prostituye a su propia esposa…

no merece vivir en sociedad. ¡Es un loco, un pervertido!

¡Por Dios, Esperanza, no sé cómo aguantaste tanto!

Tiene que irte, te apoyo, amiga, vas a estar mejor.

Ese hombre es un monstruo, te trataba muy mal...

—intenté consolarla, aferrándome a mi papel de buena samaritana.

Pero ella me miró directo a los ojos, con una sinceridad que me destrozó la hipocresía.

—No me entiendes, Meche.

—¿No entiendo qué, Esperanza?

—Yo no me voy porque él me prostituya ni porque me haga coger con sus amigos, Meche.

Me voy porque me encanta. Me voy porque cada día le pido cosas más enfermas.

Si me quedo, le voy a pedir que traiga a diez hombres, que me amarre, que me deje en un callejón para que me violen.

Me estoy volviendo una ninfómana, una cualquiera, una promiscua sin remedio.

Él despertó a la puta que llevaba dentro, y ya no sé cómo apagarla. Huye de él, Meche… porque le gustas.

—¿De qué mierdas hablas, Esperanza?

—Me lo ha dicho, Meche… me ha cogido y me ha llamado por tu nombre. Fantasea que coge contigo… y yo…

—¡Por Dios, Esperanza!

—Sólo no le hagas caso, Meche, nunca. Jamás. No te dejes manipular, porque hombres como él, con ese poder de manipulación, con esa maldad... huelen a las mujeres que estamos vacías por dentro y fingimos ser santas.

Al terminar de recordar todo eso cerré la laptop de golpe.

El recuerdo era demasiado vívido. La pantalla negra me devolvió el reflejo de mi rostro tenso, sudoroso.

El silencio del departamento me asfixiaba.

Me levanté del sillón y caminé sin rumbo por la sala.

Me toqué el pecho. Mis pezones estaban duros como piedras, doliendo contra la tela del top deportivo.

Caminé hacia mi recámara. Cerré la puerta con seguro, aunque sabía que estaba sola. Me acosté en la cama matrimonial, exactamente en el lugar donde Gonzalo había dormido, e inhalé. Olí la esencia de mi marido…

Y sentí culpa.

Cerré los ojos y, sin poder evitarlo, dejé que la imagen de Dionisio inundara mi mente.

Lo vi en ese baño mugroso de bar que Esperanza me describió.

Lo imaginé cobrándole billetes arrugados a un camionero, mientras yo...

yo, Mercedes, estaba de rodillas frente a un desconocido con las manos manchadas de grasa, mamándole la verga sucia mientras Dionisio me miraba desde la puerta, fumando, riéndose de mí, llamándome "la puta de Meche".

Llevé mi mano derecha a mis pechos. Apreté uno de ellos a través de la licra, lastimándome a propósito.

¿Qué se sentiría? ¿Qué se sentiría que un hombre así entrara por mi puerta, me arrancara la ropa de un tirón y me estampara contra la pared del pasillo, a la vista de todos?

Imaginé sus manos enormes, ásperas, agarrándome por las nalgas que siempre me miraba. Imaginé que sacaba su enorme pene venoso, del que hablaba mi amiga, y me obligaba a tragarlo entero mientras me decía que era una puta reprimida.

Mi respiración se volvió pesada, ruidosa en el cuarto vacío.

Deslicé mi mano por mi vientre plano hasta la cinturilla de mis leggings negros.

Me metí la mano directamente entre las piernas, haciendo a un lado el puente de encaje de mis bragas.

Estaba empapada. Un flujo espeso y mojado bañaba mis dedos.

Encontré mi clítoris hinchado y palpitante.

Empecé a frotarme con desesperación. Intenté, como siempre lo hacía al principio, pensar en Gonzalo.

Me esforcé por visualizar la cara de mi marido, recordando la época en que éramos novios.

Pero la imagen de Gonzalo se desvanecía, pisoteada por las botas de Dionisio.

En mi fantasía enferma, la puerta se abría. Dionisio me veía masturbándome. Se quitaba el cinturón con el arma, lo tiraba al piso con un ruido seco, metálico, y me ordenaba ponerme a cuatro patas como una perra.

—Vamos, puta calentona, suplícame que te la meta toda, hasta que chilles de placer —me susurré a mí misma, imitando mentalmente la voz ronca y autoritaria del vecino.

Cerré los ojos y me vi a mí misma en el lugar de Esperanza. De rodillas en su cama, con las manos esposadas a la cabecera, el culo en alto, y él detrás de mí, metiéndomela hasta el fondo mientras me decía:

—Esto es lo que querías, ¿verdad, putita? Que te coja como a ella… pero mejor. Porque a ti te he deseado desde el primer día que te vi con esos leggings pegados al culo.