II. Las confesiones
Me desperté con el cuerpo tenso, la mandíbula apretada y un dolor sordo en la base del cuello.
A mi lado, Gonzalo roncaba suavemente, acurrucado en su mitad de la cama como un niño asustado.
Lo miré por un instante, sintiendo esa mezcla de lástima y frustración que últimamente se había vuelto mi pan de cada día.
La noche anterior había sido un desastre. Me había puesto mi conjunto de encaje negro favorito y esa bata transparente color vino que tanto le gustaba, dispuesta a olvidar el escándalo del vecino y tener un rato de intimidad.
Quería sentirme deseada, poseída, quería que mi marido me tomara con fuerza y me hiciera olvidar el martilleo constante del bajo de la música de banda que cruzaba las paredes. Pero en lugar de eso, me encontré con un hombre lleno de excusas, acobardado, incapaz de defender nuestro propio descanso.
Cuando le exigí que fuera a poner en su lugar a Dionisio, su mirada de pánico me apagó cualquier chispa de deseo. Se veía tan patético, tan frágil.
En la mañana me levanté en silencio. El piso estaba frío.
Fui al baño y me miré en el espejo. A mis treinta y cinco años, sabía perfectamente lo que tenía.
Mis pechos estaban pesados, firmes, asomando por el escote de la bata; mi cintura aún se conservaba, y el ejercicio diario en casa había mantenido mis nalgas redondas y duras.
Todavía me consideraba una mujer atractiva, deseable.
Y sin embargo, ahí estaba, atrapada en un departamento de interés social cuyas paredes de cartón no podían aislar el infierno que vivíamos todos los días.
O mejor dicho, mi paraíso personal convertido en infierno.
Preparé a Pablito para el kínder de mal humor. Le preparé su lonchera, le abroché el pantaloncito del uniforme y le peiné el cabello.
—Mami, ¿por qué el señor grandote siempre pone música cuando estoy dormido? —me preguntó mi niño, frotándose los ojitos con el dorso de la mano.
Sentí una punzada de culpa y coraje. Me arrodillé frente a él y le acomodé el cuello de la camisa.
—Porque hay gente que no tiene educación, mi amor. Pero no te preocupes, tu papá va a hablar con él hoy mismo.
Todo el tiempo, mi mente volaba hacia la puerta de enfrente. El departamento de Dionisio.
Al salir al pasillo, sujetando a mi hijo de la mano, el olor de aquella casa me llegó directo a mis nariz. Era esa mezcla inconfundible que dejaban sus madrugadas: a cigarro, a sudor, a cerveza derramada y a ese perfume y dulce que usaban las mujeres que él metía.
Instintivamente fruncí el ceño y apreté el paso, jalando un poco a Pablito para no detenernos frente a su puerta.
—Hijo de puta —susurré para que ni mi hijo no escuchara sus palabrotas.
Caminar por ese pasillo siempre era una ruleta rusa.
Por fuera, yo era la encarnación de la decencia ofendida.
A Gonzalo le repetía una y otra vez cuánto asco me daba ese "cavernícola", cuánto aborrecía sus fiestas, su falta de respeto, su vulgaridad.
Y una parte de mí, la madre protectora, la mujer educada, de verdad lo odiaba.
Odiaba que mi hijo creciera respirando ese ambiente.
Odiaba lo burdo que era Dionisio, con esa cara tosca, su barba mal cortada, su panza cervecera asomando sobre el cinturón y sus modales de naco prepotente.
Pero había otra parte de mí. Una parte oscura, retorcida y hambrienta… que sentía algo diferente.
Recordé la semana pasada. Venía yo subiendo las escaleras cargando dos bolsas pesadas del supermercado.
Llevaba unos leggings color vino y una blusa blanca ajustada.
De pronto, la puerta de Dionisio se abrió.
Él salió en camiseta de tirantes, de esas blancas que se pegan al cuerpo cuando uno suda.
Venía descalzo, en pants deportivos grises que marcaban un bulto obsceno y amenazador entre sus piernas.
Sus brazos, gruesos como troncos, estaban cubiertos de vello oscuro y tatuajes deslavados.
—Vecinita, ¿le ayudo con eso? Se me va a lastimar esa cinturita, —me dijo con su voz grave, arrebatándome las bolsas de las manos.
Al hacerlo, sus dedos gruesos y callosos rozaron los míos a propósito. Sentí una descarga eléctrica recorrer mi espina dorsal.
—No es necesario, vecino, yo puedo, —le respondí, intentando sonar fría, altiva, pero mi voz salió extrañamente aguda.
Él no me hizo caso. Caminó hasta mi puerta y dejó las bolsas en el suelo. Pero no se apartó. Se quedó ahí, bloqueándome el paso, a escasos centímetros de mí. Su olor a sudor masculino y a testosterona me envolvió.
Bajó la mirada sin ningún pudor, clavándola primero en el escote de mi blusa, donde mis pechos subían y bajaban por el esfuerzo de subir las escaleras, y luego la bajó hasta mi entrepierna, repasando la costura de mis leggings.
—Con ese chamorro que se carga, vecina, para qué le pide favores al flaco de su marido. Cuando ocupe un hombre que le cargue lo pesado, nomás tóqueme la puerta, —dijo, relamiéndose los labios, y me guiñó un ojo antes de darse la vuelta y volver a su encierro.
¡Naco, ordinario, vulgar y corriente!
Ese día me encerré en el baño, fingiendo que me iba a duchar, y me masturbé con tanta furia imaginando que me arrinconaba en ese pasillo y me arrancaba los leggings, que terminé llorando de vergüenza.
Esa era la cruz que cargaba en secreto, una culpa que me carcomía por dentro y me humedecía la ropa interior sin que yo pudiera controlarlo.
Dejé a Pablito en el kínder y regresé al departamento. Eran apenas las nueve de la mañana. Gonzalo ya se había ido a la fábrica. El edificio estaba en silencio, un silencio pesado que seguía vibrando con los fantasmas de la orgía de la noche anterior.
Me puse mis leggings negros de yoga, esos que se me metían justo en la raya del culo y marcaban cada curva de mis piernas, y un top deportivo a juego.
Me senté frente a mi computadora portátil en la sala para intentar trabajar en unas campañas de Facebook, pero la concentración me duró exactamente diez minutos.
Mi mirada se desvió hacia la pared que compartíamos con el pasillo, y mi mente, como un perro regresando a su propio vómito, volvió a Esperanza.
Esperanza. La esposa de Dionisio, el policía.
Maldita sea, cómo la extrañaba, y al mismo tiempo, cómo envidiaba su perdición.
Cuando Esperanza vivía con Dionisio, antes de que este infierno de fiestas comenzara, ella y yo nos habíamos hecho muy amigas.
Era una mujer espectacular. Más alta que yo, morena clara, con un porte de señora de sociedad, siempre arreglada, con uñas perfectas, vestidos elegantes y un vocabulario exquisito.
Era el agua y el aceite comparada con el simio de su marido. Yo siempre me pregunté qué demonios hacía una mujer así de fina con un policía municipal malhablado y rudo.
La respuesta me la dio ella misma, poco a poco, durante el último mes antes de irse, en esas tardes en las que nos sentábamos a tomar café o una copa de vino tinto en mi sala, mientras nuestros maridos trabajaban.
Todo empezó como quejas sutiles que pronto escalaron a confesiones gráficas. Yo, ingenua en apariencia, acostumbrada al sexo rutinario de cinco minutos y luces apagadas con Gonzalo, me convertí en su confidente, en la esponja de su lujuria.
La primera vez que se sinceró de verdad, llevábamos dos copas de Merlot encima. Sus ojos negros brillaban con una excitación febril.
—Meche, es que no me entiendes —me susurró aquella tarde, inclinándose sobre mi mesa de centro—. Dioni no me hace el amor. Dioni me coge como un animal. Es... es insaciable.
—Pues qué afortunada, amiga —le respondí, intentando sonar bromista, aunque sentí un pinchazo de envidia en el vientre bajo. —¿Te lastima o por qué la queja, amiguita?
—Al principio sí. Meche... es un monstruo. La primera vez que lo vi desnudo, cuando éramos novios, pensé que no me iba a caber esa cosa en mi… vagina, sentí que me iba a desgarrar.
—Dios Santo, Esperanza, ¿pero de qué hablas?
—Pues de su cosa… de su cosota… —dijo suspirando—.
Es tan gruesa y tan larga, Meche, tan venosa, oscura...
y pesada. Y él cuando me lo hace, la verdad es que no tiene tacto.
Me agarra del pelo, me dobla contra la cama y me penetra con todo su poder y peso.
Pero... —Esperanza se mordió el labio inferior, apartando la mirada—.
Me gusta. Es decir, desde el principio me empezó a gustar que me lastimara un poco.
—¿Ajá…? —sentía de pronto que mi conchita se me humedecía, que mis pezones se me ponían erectos, y que los latidos de mi corazón se me aceleraban.
—Pero luego, comenzó a llamarme "perra" mientras me follaba. Comenzó a someterme fuerte. A tratarme como si fuera una ramera y no su esposa.
Yo casi escupo el vino. Me quedé helada por fuera, pero mis piernas se cruzaron bajo la mesa, apretándose.
—¿Te dice groserías? ¡Amiga, no! ¿Y tú no te ofendes? ¿Cómo dejas que te falte al respeto así? —pregunté, fingiendo escándalo, pero mi voz temblaba por la curiosidad morbosa.
—Es que en la realidad no me ofende, Meche, ay, me da vergüenza, decírtelo, pero eso…
me prende —confesó ella, bajando la voz—.
Y a mí también me obliga a decir palabrotas.
A rogarle que me la meta más profundamente.
A veces me hace arrodillarme y mamársela frente al espejo mientras él me grita que solo sirvo para eso.
La imagen mental de Dionisio, ese gorila moreno, tosco, de manos enormes y cuello de toro, clavándose entre las piernas de la elegante Esperanza y destruyéndola con una verga descomunal, se instaló en mi cerebro como un parásito ardiente.
—¡Pues… Esperanza… la verdad es que me dejas cuadrada! —admití, casi agitada.
—¿Tu marido no es así?
—¿Gonza? No, no, qué va. Con mi marido todo es normal… y pues eso está bien.
—Sí, sí, entiendo —me dijo ella un tanto apenada.