Mi mujer y el vecino de Enfrente I. El vecino de enfrente #4
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I. El vecino de enfrente #4

Dionisio sonrió, una sonrisa amplia, satisfecha. Sabía que había ganado. Sabía que me había acorralado y que yo no iba a hacer nada.

—Claro que sí, mi Gonza. No te me agüites.

Yo le bajo a mi desmadre. Promesa de oficial de la ley —se llevó dos dedos a la frente en un saludo militar burlón—.

Tú vete a tu chamba tranquilo. Y salúdeme a la señora Meche.

Dígale que de parte de su vecino el Dioni...

que a ver qué día nos echamos una cervecita los tres para convivir como buenos vecinos, ¿no?

No esperó mi respuesta. Dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras, tomándolas de dos en dos. Sus pesadas botas resonaban por todo el edificio.

—¡Ah, y cuidadito por ahí, vecino! —gritó desde el descanso de la escalera, sin voltear a verme—. ¡Ya sabes que la calle anda muy cabrona! ¡Y no deje mucho tiempo sola a su mujer, porque con esos encantos, cualquiera se la anda robando!

Su carcajada grave rebotó en las paredes del cubo de la escalera hasta que escuché la puerta principal del edificio abrirse y cerrarse pesadamente.

Me quedé solo en el pasillo, mirando el espacio vacío por donde él acababa de desaparecer.

Mis rodillas temblaban un poco. Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Me sentía sucio, derrotado. Fui a quejarme para defender el descanso de mi familia, y terminé escuchando cómo este tipo repasaba el culo de mi esposa en pantalones de yoga, y yo no había tenido los huevos de levantarle la voz.

Bajé las escaleras lentamente, arrastrando los pies hacia mi propio día de trabajo. Mientras caminaba hacia la parada del camión, mi mente no dejaba de dar vueltas.

La imagen de Meche en esos pantalones de yoga apretados se me cruzó por la mente, mezclada con la visión de ella anoche, enfundada en esa bata transparente, negándome su cuerpo por cobarde.

Era cierto. Meche pasaba gran parte de la mañana en ropa deportiva entallada, trabajando frente a la computadora y haciendo sus rutinas de ejercicios en la sala.

Desde que dejó de ir a oficinas, se cuidaba mucho más el cuerpo. Había recuperado la figura que tenía antes de tener a Pablito, e incluso estaba mejor, más voluptuosa, más firme. Sus nalgas redondas y carnosas eran imposibles de ignorar. Yo mismo me quedaba embobado mirándola cuando estaba en casa.

Pero pensar que ese gorila salvaje, con sus borracheras y sus putas, también la veía...

pensar que él notaba cómo se le marcaba la ropa interior a mi mujer cuando salía al kínder, me enfermaba.

Y, sin embargo, muy en el fondo de mi cobardía, una pequeña, retorcida y vergonzosa parte de mí no podía dejar de comparar.

Yo llegaba de la fábrica exhausto, a las seis de la tarde, oliendo a bodega, con las manos sucias y la cabeza doliendo por hacer inventarios y discutir con proveedores.

Nuestras noches consistían en cenar, ver un poco la tele y dormir.

Nuestra vida sexual se había vuelto... monótona.

Rutinaria. A veces pasaban dos o tres semanas sin que la tocara, porque ella estaba estresada con el niño, enojada conmigo o yo estaba muerto de cansancio.

Dionisio, en cambio, era todo lo contrario. Energía . Testosterona al máximo. Un tipo que imponía respeto a la mala, que traía una pistola y que organizaba orgías en su sala un martes a las tres de la mañana sin importarle un carajo lo que pensaran los demás.

Llegué a la fábrica con un nudo en el estómago que no se me quitó en todo el día.

Mientras revisaba facturas frente a mi monitor, la amenaza de Meche resonaba en mi cabeza: "El día que el muy cabrón me colme la paciencia, me pondré los huevos que a ti te faltan, iré a su puerta y le diré hasta de lo que se va a morir".

¿Qué pasaría si ella iba a reclamarle?

Si Dionisio me había hablado a mí de esa manera, tan confiado, tan predador... ¿cómo le hablaría a ella? Meche era hermosa, sí, y tenía carácter, mucho carácter.

Le gustaba mandar, le gustaba tener el control.

Pero Dionisio no era yo. Dionisio no se iba a achicar ante los regaños de una mujer.

Al contrario. Sabía, por la forma en que la miraba, que un enfrentamiento entre ellos no terminaría en una disculpa.

A un animal como él le excitaría una mujer que le peleara.

Pensé en llamar a casa a mediodía, solo para asegurarme de que todo estuviera bien.

Pero no lo hice. Si Meche me preguntaba cómo me había ido con el vecino, ¿qué iba a decirle?

¿Que le pedí amablemente que bajara la música y a cambio tuve que agachar la cabeza mientras me decía lo mucho que se la antojaba mi mujer?

Imposible.

Tendría que mentirle. Tendría que decirle que hablé con él, que me puse firme, y que él prometió calmarse. Rogaba a Dios que el maldito policía cumpliera su palabra de bajarle al desmadre, no por mí, sino porque si volvía a poner la música esa noche, Meche iba a cruzar ese pasillo.

Y algo en mis tripas, un instinto natural y oscuro que intentaba ignorar, me decía que si mi esposa cruzaba esa puerta hacia el departamento de Dionisio, algo entre nosotros iba a romperse para siempre.