Mi mujer y el vecino de Enfrente I. El vecino de enfrente #3
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I. El vecino de enfrente #3

—Pues... es sobre el ruido, vecino —comencé, intentando no tartamudear, pero fallando miserablemente—.

L-la verdad, nosotros... mi esposa y yo, pues...

no hemos podido dormir bien. Llevan ya varias noches que...

que tienen la música muy alta, y... y pues hay mucho alboroto.

Entran y salen personas, y nosotros tenemos a Pablito, mi hijo...

tiene cinco años, y pues él va al kínder, y...

—Uy, compadre... —Dionisio soltó un soplido, interrumpiéndome.

Levantó una de sus manazas y se rascó la nuca rapada, fingiendo pena, pero la neta, vi una chispa de burla en su mirada—.

Qué pena con ustedes, de verdad. Fíjate que andaba acá festejando a un comandante, un compa de la zona que lo acaban de ascender.

Ya sabes cómo es la raza, se nos pasaron un poquito las copas y a las muchachas les dio por subirle a la bocina.

Uno intenta bajarle, pero las viejas cuando se enfiestan, puta, no hay quien las pare, ¿sí o no?

—S-sí, entiendo, pero... —intenté recuperar terreno, recordando los reclamos de Meche—... pero es que ya es casi diario, vecino. Y las paredes aquí parecen de papel. Se escucha todo. Y mi esposa... bueno, estamos muy preocupados por el ambiente, ¿me entiende?

Dionisio dio otro paso hacia mí. De pronto, levantó su brazo derecho y dejó caer su pesada mano sobre mi hombro. El impacto me hizo tambalear un milímetro.

Apretó ligeramente, en un gesto que quería parecer amistoso, pero que en el fondo era una clara demostración de dominación física. Su mano era áspera, caliente y enorme. Me sentí como una presa.

—Mira, Gonza... te digo Gonza porque te considero mi vecino amable, mi vecino de confianza —dijo, bajando la voz a un tono más confidencial, casi conspiratorio, aunque su agarre en mi hombro no se aflojaba—.

Yo entiendo. La neta, tienen razón. Yo soy un hombre de ley, y entiendo lo de la civilidad.

Pero ponte en mis zapatos, mi estimado. La pinche soledad está cabrona.

Desde que la Esperanza me dejó... —hizo una pausa dramática, suspirando, aunque su rostro no mostraba ni una pizca de tristeza real—...

pues el depa se siente muy grande. Muy vacío.

Y uno tiene sus necesidades, ¿no? Uno ocupa desestresarse del jale.

Allá afuera me toca ver mierda, balazos, muertos, rateros...

si llego a mi casa y no me relajo con unas hembras y un tequilita, me vuelvo loco, mi estimado.

—P-pues sí, Dionisio, yo entiendo su situación, pero...

—Y aparte —me interrumpió de nuevo, soltándome el hombro para darle un golpecito "amistoso" a mi pecho, justo donde empezaba mi corbata —, tú tienes una bendición, cabrón. Tú tienes un pinche hogar bien hechecito. Tienes a tu morrillo... y, ¡puta madre!, tienes a esa mujerona esperándote.

El cambio de tema me descolocó por completo. Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿M-mi esposa? —alcancé a balbucear.

—No te hagas el humilde, cabrón —Dionisio se rió, mostrando sus dientes algo amarillentos—.

Tu señora, la Meche. Uf. Con todo respeto, mi Gonza...

con todo el respeto del mundo y de hombre a hombre...

qué guapa se está poniendo su señora. Tremendo culo.

Tremendas tetonas tiene la muy cabrona. Con todo respeto, ¿eh?

Me quedé mudo. Mi cerebro intentó formular una respuesta, algo que le pusiera un alto, algo que le dijera "oye, no hables así de ella", pero las palabras se me atoraron en la garganta.

La forma en que la llamó "la Meche", la forma en que dijo "mujerona" y habló de su “culo” y sus tetonas” arrastrando las letras, estaba cargada de una morbosidad que me asqueó y me aterrorizó al mismo tiempo.

—Ayer nada menos la vi salir a dejar al chamaco al kínder —continuó Dionisio, sin importarle mi silencio.

Sus ojos oscuros se entrecerraron, como si la estuviera viendo en ese momento, repasando su figura—.

Llevaba unos de esos pantalones que usan las mujeres para hacer ejercicio...

mallones, ¿no? Puta, vecino. De atrás debiste ver cómo se le metía la licra entre las mega nalgas que tiene.

Te llevaste a la mejor hembra. De verdad te lo digo, bendecido el tipo que tiene esa suerte.

Yo con una vieja así en casa, te lo juro por Dios...

—chasqueó la lengua y me guiñó un ojo—...

ni a trabajar iría, cabrón. Me la pasaría encerrado dándole verga todo el puto día.

Sentí que la sangre me hervía, pero no de valor, sino de una humillación profunda y paralizante.

Estaba hablando de mi mujer, la madre de mi hijo, en mi puta cara, visualizándola con deseo.

Y yo... yo solo estaba ahí, parado como un pendejo, apretando el asa de mi maletín, sintiéndome insignificante frente a este gorila armado.

—E-este... muchas gracias, supongo —fue lo único que logré articular, odiándome a mí mismo en el segundo en que las palabras salieron de mi boca.

¿Le acababa de dar las gracias por sabrosearse a mi esposa?

Tragué saliva, sintiendo la boca seca—. Pero...

bueno, regresando al punto... le encargamos mucho lo de la música en las noches, por favor. Nomás eso.