Mi mujer y el vecino de Enfrente I. El vecino de enfrente #2
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I. El vecino de enfrente #2

—Mira, mejor acuéstate, trata de dormir, y ya mañana temprano, antes de irnos al trabajo, veo si me lo topo y hablo con él.

—¡¿Y cómo me duermo con tanto puto ruido, Gonza?

! —Estalló de nuevo, girando la cabeza—.

¿Oyes los gritos? ¿Las risotadas de esas golfas?

¿Esa pinche música agropecuaria? ¡Es imposible cerrar los ojos así!

El niño en cualquier rato vendrá llorando al cuarto para decirnos que otra vez se despertó asustado.

—¿Entonces qué quieres, Meche?

—¡Entonces ve, toca a su maldita puerta y ponlo en su lugar, ahora mismo!

—Meche, por amor de Dios. ¿Cómo voy a ir a tocarle la puerta en la madrugada para reclamarle, si el fulano ni siquiera me saluda cuando nos cruzamos de día? Apenas y me gruñe.

Mercedes soltó una risita sarcástica, negando con la cabeza, acomodándose el cabello hacia un lado.

—A ti no te saluda, Gonza. Contigo se hace el digno. Pero conmigo, vieras qué saludador y caballeroso es el señor oficial.

Sentí como si me hubieran echado un vaso de agua fría en la cara.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, frunciendo el ceño.

—¡Pues eso! —se acomodó en la almohada, mirándome de reojo—.

Que el cabrón es muy volado, muy confianzudo cuando tú no estás.

Desde que se fue Esperanza, cada que me lo topo a solas es : “Buenos días, vecinita”, “Qué guapa y arregladita anda usted hoy”, “Váyase con cuidado al mercado, no se la vayan a robar, preciosura”.

Te lo juro, me come con los ojos de arriba a abajo.

—¿Qué mierdas...? —me quedé helado. Un calor extraño subió por mi cuello—. ¿Eso te dice el hijo de puta? ¿A mi mujer?

—Sí. Y peor. Pero por lo visto a ti no te importa mucho que un naco me esté sabroseando en la puerta de mi propia casa.

—¡Claro que me importa, carajo!

—Pues no se nota. Una cosa te digo, Gonzalo, y escúchame bien: si tú no vas y le reclamas y le pones un alto como debe de ser, el día que me colme la paciencia y me agarre en mis cinco minutos, iré yo misma a tocar su puerta, y le diré hasta de lo que se va a morir a ese simio. Y a ver de cómo nos toca.

—¡No, Meche, ni se te ocurra! Estás loca. Ese cabrón podría faltarte al respeto, podría hacerte algo, y…

—¡Ya nos falta al respeto con sus acciones todos los días, Gonzalo, pero a ti te vale un carajo hacerte respetar!

—Meche, por favor, no hables así…

—Advertido estás, querido —me dijo, tajante, dándome la espalda por completo y jalando las sábanas para cubrirse hasta el hombro, dejando fuera cualquier posibilidad de intimidad—.

El día que el muy cabrón me colme, te juro por Pablito que me voy a poner los huevos que a ti te faltan.

Iré a su casa, y ya verás. Buenas noches.

No pude dormir en toda la noche. El bajo de la bocina de Dionisio retumbaba en mi pecho, pero lo que realmente no me dejaba dormir era la amenaza de mi mujer.

Mercedes, o Meche como le decíamos de cariño, no hablaba por hablar. Era de armas tomar. A sus treinta y cinco años se había vuelto una mujer de carácter fuerte, muy estricta con la educación de Pablito y bastante mandona hasta conmigo. Llevaba los pantalones de la casa en muchas decisiones.

Se había recibido de Marketing Digital con honores, pero desde que nació el niño decidió trabajar desde casa para poder cuidarlo y no dejarlo con extraños, manejando las redes sociales de empresas locales y emprendedores.

Lo cierto es que le iba muy bien. Ganaba lo suficiente para complementar nuestros gastos, y muchas veces aportaba más que yo.

Mi sueldo en la fábrica de textiles, donde llevaba años estancado en un escritorio en el área de compras, apenas alcanzaba para pagar las mensualidades del depa, los recibos de la luz, el gas, la despensa y lo demás.

Creo que estar tanto tiempo encerrada en casa, lidiando con el niño y las labores domésticas, la había frustrado un poco.

Aun así, yo había intentado compensarlo.

Le acondicioné un espacio en la sala, junto a la ventana, para que tuviera su pequeña oficina de trabajo, y otro espacio con tapetes para sus ejercicios diarios, que era lo único que la relajaba.

Y vaya que el ejercicio le funcionaba. Mercedes era una mujer preciosa, madura, pero en su mejor momento. Era alta, imponente, medía 1.70 de estatura. Rubia, de cabello largo, sedoso y con un ondulado natural que le caía sobre los hombros.

Tenía unos ojos grandes, penetrantes, de un color amielado que te hipnotizaban.

Y su cuerpo… Dios, su cuerpo. Sus pechos eran grandes y naturales, y tenía unas nalgas carnosas, pesadas y firmes por el ejercicio, que se le marcaban hermosamente de forma provocativa cuando se ponía sus faldas para salir, o esos pantalones de yoga bien untados con los que andaba todo el día por la casa.

Llamaba la atención a donde fuera. Los hombres babeaban por ella.

Yo, en cambio, era un tipo normal. Apenas le sacaba tres centímetros de altura.

Era delgado, sin músculo que presumir. Me consideraba de rostro apuesto, limpio, pero sin nada más varonil que destacar.

Mi carácter, a diferencia del de ella, era dócil, conciliador.

Siempre evitaba las confrontaciones. Simplemente no me gustaban los problemas.

Y por eso, cuando, nervioso, cansado y ojeoroso por el desvelo, el viernes por la mañana salí al pasillo y por casualidad me encontré con el vecino policía, me quedé petrificado.

Iba uniformado, saliendo de su depa al mismo tiempo que yo.

Ambos íbamos a nuestros trabajos, pero mientras yo llevaba un maletín de lona gastado y una camisa de trabajo, él parecía un tanque de guerra a punto de invadir un país.

Me costó un huevo y la mitad del otro siquiera pensar en cómo hablarle de sus “fiestecitas nocturnas”.

Y es que, viéndolo ahí, a plena luz del foco amarillento del pasillo, la diferencia entre nosotros era abismal.

Él era un hombre moreno, imponente. Medía más de 1.

90 de estatura seguramente. Tenía alguna barriga asomando por encima del cinturón táctico, producto de la cerveza, pero en general era ancho, pesado, musculoso como un toro.

Llevaba el pelo rapado al ras, una barba espesa negra y canienta, tosco de cara, con facciones duras y una boca grande que siempre parecía estar masticando algo.

El tipo solía ser frío y arrogante con los varones, tratándolos como escoria, pero muy considerado, baboso y coqueto con las mujeres guapas.

Justo como me había contado mi propia esposa la noche anterior. Y eso me quemaba por dentro.

Esa mañana en particular, yo había salido de mi puerta justo cuando escuché el chasquido metálico de su cerradura de seguridad.

Me quedé helado en el pasillo, con la llave a medio meter en mi propia chapa.

Mi primer instinto, lo admito con una profunda vergüenza que me revuelve el estómago, fue dar un paso atrás lentamente, girar la perilla en silencio y volver a meterme a mi casa como una rata asustada, esperando detrás de la puerta hasta que él bajara las escaleras para no cruzarme con él.

Pero entonces, el recuerdo de la mirada fiera de Meche asomó a mi mente. Sus ojos llenos de desprecio. Su culo bamboleándose bajo la bata transparente. Su amenaza de que ella misma iría a reclamarle y enfrentarlo en sus bragas si yo no era lo suficientemente hombre para hacerlo.

Eso me clavó los pies al piso de cemento del pasillo.

Si ella cruzaba esa puerta, con su temperamento explosivo y su cuerpo voluptuoso frente a este gorila sediento...

las cosas podían salirse de control de maneras que ni siquiera quería imaginar.

Tenía que ser el hombre de la casa. Tenía que defender a mi familia. Tenía que hacerlo yo, ahora mismo.

La puerta de madera frente a mí se abrió de golpe con violencia. Dionisio salió.

La presencia del cabrón llenaba el reducido pasillo.

Llevaba puesto su uniforme táctico de policía municipal: pantalones azul marino llenos de bolsas, botas negras lustradas que resonaban pesadas contra el suelo, y una camisa ajustada que delataba sus brazos gruesos, llenos de vello y venas saltadas.

Pero lo que más me intimidaba, como siempre, era el cinturón. Llevaba el radio, unas esposas, y esa enorme pistola negra en su funda que parecía darle licencia para hacer lo que le diera la puta gana en este mundo.

El pasillo se impregnó de inmediato de un olor mezclado: perfume fuerte, de esos aromas que pican en la nariz, combinada con un rastro de tabaco y alcohol de la noche anterior.

Venía crudo, eso era seguro. Tenía los ojos un poco inyectados de sangre, pero caminaba con una soltura y una energía que a mí me faltaba incluso durmiendo mis ocho horas.

—¿Qué onda, vecino? —soltó de pronto, con su voz gruesa, ronca, cerrando su puerta de un portazo que hizo vibrar mi pared. Me miró desde arriba, esbozando una media sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Ya a chingarle, ¿eh? Tempranito.

Tragué saliva. Sentí que las manos me sudaban y mi maletín de lona, donde llevaba mis tuppers con la comida para la fábrica, se sentía ridículo colgando de mi hombro.

—E-este... sí, vecino. Ya... ya vamos de salida —respondí. Mi voz sonó delgada, casi aguda. Carraspeé para intentar darle más gravedad—. Oiga, Dionisio... e-este... aprovechando que me lo encuentro... yo, este, quería... quería comentarle algo.

Dionisio se detuvo a medio camino hacia las escaleras.

Se giró lentamente, acomodándose el fornitura de la cintura con ambas manos.

Sus pulgares se engancharon cerca de la hebilla, justo al lado de su arma.

Me escrutó con la mirada. De pronto, me sentí como un chamaco de secundaria a punto de ser regañado por el director.

—Tú dirás, mi Gonza. Soy todo oídos. ¿Qué pasó? —dijo, dando un paso hacia mí. Su proximidad me obligó a alzar el rostro para mantener el contacto visual. Su aliento a cerveza vieja me golpeó la cara.