Mi mujer y el vecino de Enfrente I. El vecino de enfrente
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Mi mujer y el vecino de Enfrente

Mi mujer y el vecino de Enfrente

Por Reina de Picas

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I. El vecino de enfrente

El vecino de enfrente

Últimamente había tenido problemas con el tal Dionisio, un tipo enorme, de cuarenta y tantos, que vivía enfrente de nuestro departamento. El muy cabrón, desde que se divorció (por golfo) de Esperanza, su mujer, convirtió su depa en un auténtico putero.

Lo que empezó como una fiesta ocasional de fin de semana, había agarrado una rachita insoportable donde casi todas las noches metía amigos, putas, borrachera, música de banda con el bajo retumbando hasta el cielo y un desmadre completo.

Parecía una cantina de mala muerte, clandestina y sin ley, en lugar de un hogar familiar, y mi esposa estaba hastiada. Y cuando Mercedes estaba hastiada, mi vida se convertía en un miserable infierno.

Lo malo de vivir en la ciudad es que ya no hay casas individuales, al menos no para la clase trabajadora. Las que hay, con su patiecito y sus bardas separadas, cuestan un riñón y medio; ni trabajando tres vidas en la fábrica podría pagarlas.

Por eso, desde hacía diez años, Mercedes y yo nos tuvimos que contentar con un departamento en un viejo edificio de condominios por el sur de Guadalajara. Ahí, en unos reducidos setenta metros cuadrados, apenas cabíamos ella, Pablito de cinco años y yo.

Lo peor era que las paredes parecían de vil cartón. Eran tan delgadas que a veces escuchaba cuando el vecino tiraba de la cadena del baño. Aunque el departamento de Dionisio estaba justo enfrente, cruzando el estrecho pasillo, se oía todo, absolutamente todo, sobre todo a altas horas de la noche.

Nuestro departamento y el suyo estaban al fondo del edificio, acorralados junto a las ventanas que daban a la calle, uno frente al otro, separados del resto de los vecinos por un pesado bloque de escaleras de cemento.

Así que la molestia de sus putos ruidos, los gritos de las mujeres y el choque de los cartones de cerveza, solo nos afectaba a nosotros dos. A los demás vecinos les valía madre.

La noche anterior, la tensión en mi casa había llegado a un punto de quiebre.

Eran pasadas de las doce. La pared de nuestra recámara vibraba levemente al ritmo de unos corridos tumbados que Dionisio tenía a todo volumen.

Yo estaba acostado en la cama, en calzoncillos, esperando a mi mujer.

Había tenido un buen día en el trabajo y, francamente, estaba caliente.

Quería abrazarla, sentir su calor, hacerle el amor para olvidarnos del ruido.

Pero Mercedes salió del baño y supe, con solo verle la cara, que no habría nada de sexo esa noche.

Estaba furiosa. Su respiración era pesada. Caminó hacia el clóset dándome la espalda, ignorando por completo mi mirada suplicante desde las sábanas. Llevaba puesto un conjunto de ropa interior de encaje negro que me volvió loco, pero rápidamente se desabrochó el sostén y lo arrojó a una silla.

Sus tetazas, pesadas, blancas y hermosas, rebotaron libres al caer la tela.

Tenía unos pechos naturales impresionantes, con areolas grandes y oscuras que siempre me habían fascinado.

Yo tragué saliva, acomodándome en la cama, sintiendo cómo mi erección se abría paso entre la tela de mis bóxers, pero no me atreví a decirle nada.

—Este tipo otra vez —la oí decir entre dientes.

Se quitó las braguitas de un tirón ágil.

Su culo se bamboleó, carnoso, redondo y perfecto, mientras se agachaba para buscar algo en el cajón de hasta abajo.

La vista de sus nalgas carnosas abriéndose ligeramente, dejando a la vista la oscura mata de su vulva peluda —a ella le gustaba dejarse el vello natural, espeso y suave, algo que a mí me excitaba sobremanera—, me dejó sin aliento.

Se levantó, y ese culo majestuoso tembló con cada paso firme que daba por la habitación. Estaba desnuda, exquisita, pero su lenguaje corporal gritaba que me mantuviera alejado.

Sacó una bata de dormir transparente, de un tono vino tinto, y se la puso. La tela delgada no escondía absolutamente nada; al contrario, hacía que sus enormes pechos y el oscuro triángulo de su entrepierna resaltaran aún más bajo la luz amarilla de la lámpara de noche.

—Parece que le tienes miedo al tipo ese —me soltó de golpe, rompiendo el silencio, cruzándose de brazos de modo que sus pezones empujaron contra la tela transparente de la bata.

—¿Miedo a quién, Meche? —respondí, haciéndome el desentendido, intentando no sonar tan débil como me sentía.

—Pues al cabrón de enfrente, ¿a quién más, Gonzalo? —Sus ojos amielados me fulminaron.

—Yo no le tengo miedo a ese borracho de mierda... —mentí.

—¡Pues entonces no sé por qué carajos no le has puesto un estate quieto de una maldita vez!

—levantó la voz, caminando hacia el tocador.

Su trasero se movía hipnóticamente bajo la bata, pero su tono cortaba como cuchillo—.

¿Escuchas el escándalo? Parece un puto prostíbulo.

Llevan tres horas así, Gonzalo. Tres horas.

—Sí, a ver, Meche, pero… es su casa. No podemos dictar qué hace adentro de sus cuatro paredes.

Ella se giró en redondo. El movimiento hizo que la bata se abriera un poco, mostrándome un destello de su sexo velludo y abultado.

—¡Vive en un edificio, Gonzalo, no en un rancho ni en una casa individual en medio del cerro!

¡Y sólo por convivir en sociedad tiene que tener un mínimo de respeto el muy cabrón!

Si no lo haces por ti, que diario amaneces desvelado, con unas ojeras que pareces mapache para irte a la fábrica, por lo menos hazlo por tu hijo.

Tiene cinco años y en las mañanas va al kínder. ¿Cómo va a aprender con sueño?

—¿Pero qué quieres que haga exactamente ahorita, a la una de la mañana? —Me tuve que sentar en el borde de la cama, derrotado, mi erección bajando rápidamente ante sus regaños.

—¡Pues que vayas como un hombre, toques a su puerta y le pidas que le baje a su puto desmadre! ¡A su puto escándalo!

La miré, sintiéndome el ser más pequeño de la tierra. Estaba ahí, plantada, hermosa, con el cuerpo de una diosa madura, exigiéndome protección, exigiéndome hombría. Y yo solo pensaba en excusas.

—Meche, pero el tipo debe estar hasta el culo de borracho. Y con sus amigos. Ahora no va a entender razones, solo voy a ir a provocar una pelea. ¿Qué me gano yendo ahorita? Mejor esperamos hasta mañana en la mañana que esté sobrio, o llamamos a la policía y…

—¿De qué carajos ha servido llamar a la policía, Gonzalo? —me interrumpió, soltando una risa amarga y seca—. El tipo es un oficial de la policía municipal. ¿Ya se te olvidó? Por más que lo denunciemos a la patrulla, cuando ven quién es, nadie le dice nada. Se saludan como compadres y se largan.

Era verdad. Dionisio era policía. Su complexión enorme, ruda, su cara tosca de pocos amigos, el cuello ancho como de toro y esa actitud soberbia, burlona y prepotente lo delataban como un policía de esos a los que no les importa ensuciarse las manos.

Solo cuando tenía guardias de noche en su comandancia dormíamos en paz, celebrando su ausencia como si fuera Navidad. Pero cuando le tocaban las de la tarde y descansaba en la noche… maldito martirio. Llegaba directo a empedarse.

Lo peor, lo que más me carcomía por dentro, era que ante los ojos de mi esposa yo quedaba como un vil cobarde. Y me dolía aceptarlo, pero no me atrevía a encararlo. No es que fuera un cobarde del todo para la vida, pero yo era oficinista, calculaba costos y firmaba facturas.

Un tipo animal como él, acostumbrado a pelear en la calle con malandros, con un solo puñetazo me mandaría al hospital y me rompería la mandíbula o cualquier otro hueso. Yo tenía que mantener a mi familia, no podía darme el lujo de ir a parar al hospital.

—¿Te parece correcto que Pablito crezca en estos ambientes tan degradantes, Gonza?

—continuó Mercedes, bajando un poco la voz, pero con el mismo tono de reproche—.

Con un borracho, jugador, mujeriego enfrente, que mete putas y amigotes todas las putas noches para hacer sus cochinadas.

El pasillo siempre apesta a cigarro y al perfume de sus putas.

—Meche, ni siquiera sabes si de verdad mete putas o si son solo sus amigas de la corporación.

—¡No me tildes de loca, Gonza, no me insultes!

—Dio un pisotón en el suelo—. Yo misma, cuando llevo al niño al kínder por las mañanas, me las he topado en las escaleras.

He visto salir a esas mujeres vestidas como lo que son: prostitutas.

Vestidos cortitos embarrados al culo, desveladas, con el maquillaje corrido, apestando a sudor y con aliento a alcohol, a veces hasta con la blusa desabotonada enseñando todo.

Y mi niño mirando eso, aprendiendo que eso es normal. ¿Te parece justo?

—¿Y qué podemos hacer, mujer? Vive en su casa.

No hace escándalo afuera o en el pasillo.De alguna manera él vive su vida allá adentro.

Si le reclamo de forma agresiva solo nos vamos a meter en problemas graves y nos va a agarrar mala voluntad.

Imagínate tener a un policía de enemigo, viviendo a tres metros de nuestra puerta.

Mercedes me miró con un desprecio que me heló la sangre.

—Valiente marido tengo en casa —escupió con asco.

Se dio la vuelta y se sentó en su lado de la cama, dándome la espalda. A través de la tela vino tinto, la silueta de sus nalgas redondas me parecía una burla.

—¡Es que no podemos hacer mucho! —intenté defenderme—. Él está en su casa, no en el pasillo, no en la nuestra. Ni modo que vendamos y nos vayamos de aquí, todavía debemos la mitad del crédito Infonavit.

—¡El que tendría que largarse es ese cabrón cavernícola! Maldita la hora en que se fue Esperanza. No entiendo cómo ese mujeriego vulgar pudo ponerle los cuernos a una mujer tan guapa, educada y elegante como ella. Era la única que lo mantenía a raya.

—Pues sí… pero tú misma decías que Esperanza te contaba en secreto que ya no era vida vivir con él, que la trataba feo.

—Pues fíjate para lo que nos sirvió a nosotros que se fuera. Para nada. Para que este idiota majadero sin correa convirtiera nuestras noches en un auténtico infierno.