Mi mujer es compartida con Capítulo 9.La verdad que destruye.
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Capítulo 9.La verdad que destruye.

Estela bajó las escaleras con las piernas temblando. Cada paso le pesaba como si llevara plomo en los pies. El semen de Raúl aún se sentía dentro de ella, cálido, espeso, recordándole constantemente lo que había hecho esa misma tarde. Pero ahora eso ya no era lo más importante.

Lo más importante era lo que había descubierto en el ordenador de Carlos.

Se quedó de pie en la entrada del salón. Carlos estaba sentado en el sofá, con la luz de la lámpara iluminando solo parte de su rostro. Tenía una copa de whisky en la mano y miraba al vacío. Parecía exhausto. Roto.

—Carlos… —la voz de Estela salió apenas como un susurro.

Él levantó la mirada. Sus ojos estaban rojos. No dijo nada. Solo la miró, esperando.

Estela se acercó lentamente y se sentó en el sillón frente a él. El silencio era tan denso que casi podía oír los latidos de su propio corazón.

—Vi tu ordenador —dijo finalmente, con la voz quebrada—. Las cámaras… las carpetas… todo.

Carlos cerró los ojos durante unos segundos. Cuando los abrió, había lágrimas contenidas en ellos.

—Así que ya lo sabes —murmuró.

Estela asintió, mordiéndose el labio con fuerza para no llorar.

—¿Desde cuándo? —preguntó ella.

Carlos soltó una risa amarga, llena de dolor.

—Desde hace casi dos meses. Empecé a sospechar cuando llegabas con olor diferente, cuando te duchabas nada más llegar, cuando fingías en la cama. Instalé las cámaras porque… porque necesitaba saber. Y porque una parte enferma de mí… quería ver.

Estela sintió que se le rompía algo por dentro. Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas sin control.

—¿Y qué viste? —preguntó con voz temblorosa.

—Todo —respondió Carlos, mirándola directamente a los ojos—. Vi al repartidor follándote en la cocina. Vi a Miguel destrozándote en nuestro sofá. Vi a Raúl follándote hoy en el taller… por el culo, encima del capó de nuestro coche.

Estela se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar con fuerza. El llanto era profundo, desgarrador.

—Lo siento… lo siento tanto, Carlos… —sollozó—. No sé qué me pasa. Empezó como algo pequeño y ya no puedo parar. Te quiero. Te juro que te quiero, pero…

—Pero necesitas que otros hombres te follen —completó él con voz rota—. Que te usen. Que te humillen. Que te den lo que yo no puedo darte.

Estela levantó la mirada, sorprendida por la crudeza de sus palabras.

Carlos dejó la copa sobre la mesa con manos temblorosas.

—¿Sabes lo peor? —continuó, con la voz cada vez más quebrada—.

Que al principio me destrozó. Me pasé noches sin dormir, vomitando de celos.

Pero luego… empecé a excitarme. Empecé a ver los videos una y otra vez.

Empecé a buscar en internet. Foros de cuckold.

Historias de hotwives. Guías para cornudos.

Me odiaba a mí mismo por ello, pero no podía parar.

Estela lo miraba con los ojos muy abiertos, llorando en silencio.

—Instalé las cámaras porque quería ver más —confesó Carlos—. Quería verte correrte de verdad. Quería verte suplicar. Quería verte convertida en lo que eres ahora… una hotwife.

Estela sintió que el mundo se le caía encima. Todo lo que creía saber sobre su marido se derrumbaba.

—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó entre sollozos.

—¿Y qué iba a decirte? —respondió Carlos con dolor—. ¿“Cariño, me excita que me traiciones”? ¿“Me pongo duro viendo cómo otros te follan en nuestra cama”? ¿Crees que es fácil admitir que soy un cornudo? ¿Que me gusta ser humillado?

Se hizo un silencio largo y doloroso.

Estela se levantó y se acercó a él. Se arrodilló frente al sofá, entre sus piernas, y le tomó las manos.

—Carlos… yo también estoy rota —susurró—. Me odio por lo que te estoy haciendo. Cada vez que me corro con ellos, luego lloro pensando en ti. Pero no puedo parar. Es como una adicción. Me hace sentir viva de una forma que contigo… ya no siento.

Carlos la miró con lágrimas en los ojos.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Vamos a seguir fingiendo? ¿O vas a seguir follándote a quien quieras mientras yo me masturbo viendo los videos?

Estela bajó la cabeza, avergonzada.

—No lo sé… —admitió—. Tengo miedo. Miedo de perderte. Miedo de no poder parar. Miedo de que esto nos destruya.

Carlos le acarició el pelo con ternura, a pesar de todo.

—Quizá ya nos destruyó —dijo en voz baja—. Pero una parte de mí… no quiere que pares.

Estela levantó la mirada, sorprendida.

—¿Qué estás diciendo?

Carlos tragó saliva con dificultad.

—Quiero que seas sincera. Quiero que me cuentes todo. Quiero… ver. Aunque me duela. Aunque me destroce. Quiero saber hasta dónde eres capaz de llegar.

Estela se quedó mirándolo durante mucho tiempo. Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas.

—¿Estás seguro? —preguntó con voz temblorosa.

Carlos asintió lentamente, con una mezcla de dolor y excitación en los ojos.

—Estoy seguro.

Estela se levantó y se sentó a su lado en el sofá. Apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.

—Entonces… mañana tengo que volver al taller —susurró—. Raúl quiere follarme otra vez.

Carlos se tensó. Su respiración se aceleró.

—Cuéntame —dijo con voz ronca—. Cuéntame todo lo que te hace.

Y por primera vez, Estela empezó a confesar. Con detalle. Con crudeza. Con vergüenza y excitación.

Mientras hablaba, la mano de Carlos bajó lentamente hasta su entrepierna.

La confrontación acababa de comenzar.

Y ninguno de los dos sabía hasta dónde llegaría.