Mi mujer es compartida con Capítulo 10. Lo que queda después del fuego.
100%

Capítulo 10. Lo que queda después del fuego.

Estela y Carlos permanecieron sentados en el sofá durante casi veinte minutos sin decir una palabra más. El silencio era tan denso que parecía tener peso propio. Solo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared y la respiración entrecortada de ambos.

Estela tenía la cabeza apoyada en el hombro de su marido, las lágrimas aún húmedas en las mejillas. Carlos le acariciaba el pelo con una ternura dolorosa, como si temiera que, si dejaba de hacerlo, ella desapareciera.

Finalmente, Carlos rompió el silencio con voz ronca:

—Cuéntamelo todo —pidió—. Desde el principio. Sin mentiras. Sin omitir nada. Necesito oírlo de tu boca.

Estela cerró los ojos. El corazón le latía con tanta fuerza que le dolía. Sabía que este era el punto de no retorno.

Empezó a hablar. Con voz baja, entrecortada, llena de vergüenza y culpa.

Le contó cómo todo comenzó con Alex, el repartidor.

Cómo una simple mirada en la puerta se convirtió en besos robados, luego en sexo salvaje en la cocina mientras Carlos dormía arriba.

Le contó cómo se sintió la primera vez que Alex se corrió dentro de ella, y cómo, esa misma noche, había follado con Carlos fingiendo placer mientras aún tenía el semen de otro hombre en su interior.

Le habló de Miguel, el fontanero. De cómo la había follado en el sofá mientras Carlos trabajaba abajo. De cómo la había hecho correrse mientras hablaba por teléfono con él. De las veces que la había usado en su propia cama matrimonial.

Y finalmente le habló de Raúl. Del taller. De cómo la había follado por el culo esa misma tarde encima del capó del coche. De sus burlas crueles, de cómo la llamaba “puta casada”, “cornuda”, “perra en celo”. De cómo le gustaba que la humillara.

Carlos escuchaba en silencio. A veces cerraba los ojos. A veces apretaba la mandíbula. Su mano seguía acariciando el pelo de Estela, pero su respiración se había vuelto más pesada.

Cuando Estela terminó, había lágrimas en los ojos de ambos.

—¿Por qué? —preguntó Carlos con voz rota—. ¿Por qué necesitas esto?

Estela se incorporó y lo miró directamente a los ojos.

—Porque contigo me siento segura… pero vacía —admitió con honestidad brutal—.

Contigo siento amor. Pero con ellos… siento que me usan.

Que soy deseada de verdad. Que soy una mujer, no solo una esposa.

Y eso me excita de una forma que no puedo explicar.

Me odio por ello, Carlos. Me odio cada día. Pero no puedo parar.

Carlos se quedó callado un largo rato. Luego, con voz temblorosa, confesó:

—Yo también me odio. Porque una parte de mí… quiere que sigas. Quiero verte. Quiero sufrir. Quiero sentirme humillado. He visto los videos. He leído historias de otros cornudos. Y aunque me duele… me pongo duro. Muy duro.

Estela lo miró sorprendida. Luego, lentamente, bajó la mano hasta su entrepierna. Carlos estaba completamente erecto.

—Dios… —susurró ella.

Carlos le tomó la mano y la apretó contra su polla.

—Quiero verlo —dijo con voz ronca—. Quiero verte con él. Quiero que me cuentes todo después. Quiero… ser tu cornudo.

Estela rompió a llorar otra vez, pero esta vez era una mezcla extraña de alivio, vergüenza y excitación.

—¿Estás seguro? —preguntó.

—No —respondió Carlos con honestidad—. Pero ya no puedo vivir fingiendo que no pasa nada.

Se besaron. Fue un beso triste, desesperado, lleno de amor y dolor. Esa noche hicieron el amor con una intensidad que no habían tenido en años. Carlos la folló sabiendo que estaba llena del semen de otro. Estela se corrió pensando en Raúl. Ambos lloraron al terminar.

A la mañana siguiente, Estela recibió un mensaje de Raúl:

Raúl: 11:30 en el taller. Trae a tu cornudito si quieres. O ven sola. Pero ven preparada para que te destroce.

Estela le mostró el mensaje a Carlos.

Él leyó en silencio. Tragó saliva. Luego miró a su mujer y asintió.

—Ve —dijo con voz temblorosa—. Y luego… cuéntamelo todo.

Estela llegó al taller con el corazón en la garganta. Raúl la esperaba en la parte de atrás, con una sonrisa burlona.

—Vaya… la putita volvió —dijo—. ¿Le contaste a tu maridito lo que te hice ayer en el culo?

Estela asintió, avergonzada.

Raúl soltó una carcajada.

—Qué cornudo más patético. Ven aquí.

La folló durante casi dos horas. Primero en la boca, luego en el coño, y finalmente la penetró otra vez por el ano encima del mismo capó. Fue brutal, sucio y humillante. Raúl la insultó, la llamó de todo, la hizo correrse mientras le decía que su marido era un inútil.

Cuando terminó, Estela estaba destrozada, llena de semen por todos lados y llorando.

Raúl le dio una palmada en el culo y le dijo:

—Dile a tu cornudito que la próxima vez quiero que venga a mirar.

Estela llegó a casa pasadas las tres de la tarde. Carlos la esperaba sentado en el sofá.

Ella se acercó, se arrodilló frente a él y, con voz rota, empezó a contarle todo. Con detalle. Con crudeza. Sin omitir nada.

Carlos la escuchó con lágrimas en los ojos y la polla dura.

Cuando Estela terminó, Carlos la levantó, la besó con fuerza y le susurró al oído:

—Te quiero. Aunque esto nos destruya… te quiero.

Y por primera vez, los dos aceptaron la verdad.

Estela era una hotwife.

Carlos era un cornudo.

Y su matrimonio, tal como lo conocían, había muerto.

Pero algo nuevo, oscuro y adictivo acababa de nacer.

Fin del Libro 3: El Mecánico