Mi mujer es compartida con Capítulo 8. La verdad oculta.
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Capítulo 8. La verdad oculta.

Estela condujo de regreso a casa en completo silencio.

El culo le ardía. Sentía el semen de Raúl, todavía caliente y espeso, escapando lentamente de su ano y empapando el asiento del coche.

Cada bache de la carretera le recordaba la brutalidad con la que la había follado sobre el capó.

Tenía el vestido arrugado, el pelo revuelto y un olor mezcla de aceite, sudor masculino y sexo que parecía impregnado en su piel.

Aparcó frente a la casa y se quedó varios minutos con las manos en el volante, respirando agitada. La vergüenza la consumía. Se sentía sucia. Usada. Humillada. Y, al mismo tiempo, profundamente excitada.

“¿Cómo puedo seguir haciendo esto?”, pensó, cerrando los ojos con fuerza. “Carlos me miró esta mañana como si ya supiera algo… y yo sigo abriendo las piernas para Raúl como una puta barata.”

Finalmente bajó del coche. Caminaba con dificultad, con las piernas temblorosas. El semen de Raúl seguía saliendo de su ano y de su coño, deslizándose por sus muslos. No se había limpiado. Quería sentirlo. Quería castigarse con esa sensación.

Entró en casa. Todo estaba en silencio. Carlos aún no había llegado. Mejor. No sabía si podría mirarlo a la cara después de lo que acababa de pasar.

Subió al dormitorio, se quitó el vestido y se miró en el espejo de cuerpo entero. Tenía marcas rojas en las caderas donde Raúl la había agarrado con fuerza. El ano estaba ligeramente hinchado y enrojecido. Un hilo de semen blanco espeso le corría por la pierna derecha.

Se sintió repugnante. Y, sin embargo, su clítoris palpitaba.

Se duchó, pero esta vez no se limpió del todo. Dejó que algo de Raúl permaneciera dentro de ella. Se puso un pantalón corto de algodón y una camiseta ancha y bajó a la cocina. Necesitaba hacer algo normal. Preparar la cena. Actuar como si no acabara de dejarse follar por el culo en un taller sucio.

Mientras cortaba verduras, su mente no paraba. Recordaba las burlas de Raúl, la forma en que la había llamado “puta casada”, “cornuda”, “perra en celo”. Cada palabra había sido como un latigazo de placer y vergüenza.

Escuchó la puerta principal abrirse. Carlos había llegado.

—Hola —dijo él desde el recibidor. Su voz sonaba cansada, pero también algo extraña.

—Hola —respondió Estela, intentando que su voz sonara normal—. Estoy preparando la cena.

Carlos entró en la cocina. La miró durante unos segundos más de lo normal. Estela sintió que se le helaba la sangre. ¿Podía olerlo? ¿Notaba algo diferente en ella?

—¿Todo bien en el taller? —preguntó él.

—Sí… Raúl dijo que necesitaba hacer unas pruebas más —respondió Estela, evitando su mirada.

Carlos asintió lentamente. Se acercó por detrás y le dio un beso en el cuello. Estela se tensó. El beso fue suave, cariñoso… y ella se sintió la peor persona del mundo.

Durante la cena, la tensión fue palpable. Carlos apenas hablaba. La observaba. No de forma acusadora, sino con una mezcla de tristeza y algo más que Estela no conseguía identificar.

Después de cenar, Carlos subió al despacho a “terminar unas cosas del trabajo”. Estela se quedó recogiendo la mesa, con el corazón acelerado. Necesitaba saber. Necesitaba comprobar si Carlos sospechaba algo.

Subió sigilosamente al despacho cuando escuchó que él bajaba a ducharse. El ordenador estaba encendido, solo bloqueado con contraseña. Estela conocía la contraseña (era el aniversario de boda). La introdujo con dedos temblorosos.

La pantalla se iluminó.

Lo que vio la dejó congelada.

Había varias carpetas en el escritorio con nombres inocuos: “Documentos trabajo”, “Fotos familiares”, “Proyectos”. Pero había una carpeta oculta en un segundo plano llamada simplemente E.

La abrió.

Dentro había decenas de archivos de video. Fechas recientes. Nombres como “Cocina 14-06”, “Salón 18-06”, “Dormitorio 21-06”. También había una subcarpeta llamada “Búsquedas”.

Estela abrió primero los videos.

Eran grabaciones de las cámaras que Carlos había instalado en la casa. Cámaras ocultas en el salón, en la cocina, en el pasillo… e incluso una en el dormitorio.

Vio fragmentos de sí misma con Alex. Con Miguel. Con Raúl. Vio cómo se dejaba follar sobre la encimera, cómo gemía, cómo suplicaba. Vio su cara de placer mientras otros hombres la llenaban.

Estela se tapó la boca, horrorizada.

Luego abrió la carpeta “Búsquedas”.

Había historial de Google, foros, páginas web. Búsquedas como:

- “Cómo aceptar que mi mujer es hotwife”

- “Cuckold beginner guide”

- “Signs my wife is cheating”

- “Chastity cage for husbands”

- “Creampie cleanup”

- “Hotwife lifestyle forums”

- “Cuckold humiliation ideas”

También había chats en foros donde Carlos usaba un nick anónimo. En uno de ellos escribía:

> “Llevo meses sospechando que mi mujer me engaña. Al principio me dolía mucho… ahora me excita. No sé qué me pasa. Quiero verla con otro, pero tengo miedo de que me deje.”

Estela se sentó en la silla, temblando. Las lágrimas le caían por las mejillas.

Carlos no solo sospechaba.

Carlos lo sabía.

Carlos lo deseaba.

Era un cornudo en secreto. Había instalado cámaras. Había investigado. Había fantaseado con todo esto.

Estela se sintió mareada. La habitación daba vueltas. Todo lo que creía saber sobre su marido se derrumbaba. El hombre tranquilo, predecible y algo aburrido en la cama… había estado alimentando la misma fantasía oscura que ella.

Escuchó los pasos de Carlos subiendo las escaleras. Rápidamente cerró todo y salió del despacho, bajando a toda prisa.

Carlos la encontró en la cocina, pálida.

—¿Estás bien? —preguntó, frunciendo el ceño.

Estela lo miró. Por primera vez en mucho tiempo, lo miró de verdad. Vio el dolor en sus ojos. Vio la excitación oculta. Vio el amor y la humillación mezclados.

—Carlos… —susurró—. Creo que tenemos que hablar.