Capítulo 7. El precio del placer.
Se había puesto exactamente lo que él le había ordenado: un vestido corto de verano color vino, sin sujetador y sin bragas. Cada vez que movía las piernas sentía el aire rozando su sexo desnudo, ya húmedo de anticipación y culpa.
Raúl salió del taller limpiándose las manos con un trapo sucio. Llevaba el mono de trabajo abierto hasta la cintura, dejando ver su torso fuerte, tatuado y brillante de sudor. Al verla, sonrió con esa burla cruel que ya le resultaba tan familiar.
—Vaya, pero si es mi puta favorita —dijo con tono jocoso y alto—. Llegaste puntual. Qué obediente se ha vuelto la señora casada.
Estela se sonrojó violentamente y miró alrededor, nerviosa.
—Raúl… baja la voz —suplicó.
Raúl soltó una carcajada ronca y se acercó con paso lento, como un depredador. La agarró por la cintura con una mano sucia de grasa y la pegó contra su cuerpo.
—¿Por qué? ¿Te da vergüenza que la gente sepa que vienes al taller a que te follen como una perra mientras tu maridito trabaja?
—Le metió la mano por debajo del vestido sin ningún miramiento y le tocó el coño desnudo—.
Joder… ya estás chorreando. ¿Tu cornudito te tocó esta mañana o sigues mojada por mí?
Estela gimió bajito y cerró los ojos. La crudeza de sus palabras la humillaba y excitaba al mismo tiempo.
—No… anoche follé con Carlos —admitió en voz baja.
Raúl soltó una risa burlona y metió dos dedos gruesos dentro de ella de golpe.
—¿Y cómo fue? ¿Te corriste como una puta o tuviste que fingir otra vez mientras pensabas en mi polla?
Estela jadeó y se agarró a sus hombros.
—Fingí… —confesó, avergonzada—. Apenas lo sentí.
—Pobre cornudito —se burló Raúl mientras movía los dedos lentamente dentro de ella—. Pagando el taller para que yo le arregle la mujer. Qué patético.
La llevó hacia el fondo del taller, a una zona más apartada. La empujó contra el capó de un coche viejo y le subió el vestido hasta la cintura. Estela quedó completamente expuesta, con el culo y el coño al aire.
Raúl se arrodilló detrás de ella y empezó a lamerla con lentitud deliberada. Su lengua ancha recorría su coño y su ano, saboreándola sin prisa. Cada vez que Estela estaba cerca del orgasmo, Raúl se detenía, soplaba suavemente sobre su carne hinchada y volvía a empezar.
—Raúl… por favor… —suplicó Estela, empujando las caderas hacia atrás.
—¿Por favor qué? —preguntó él con tono burlón—. ¿Quieres correrte, zorra? Pues pídelo bien.
—Por favor… déjame correrme…
Raúl soltó una risa baja y cruel.
—Aún no. Quiero que estés desesperada. Quiero que cuando te folle el culo estés rogando como una puta barata.
Durante los siguientes veinte minutos, Raúl la torturó con edging brutal. La lamía, le metía los dedos, le chupaba el clítoris, le introducía la lengua en el ano… pero nunca la dejaba llegar. Cada vez que Estela estaba al borde, él se detenía y se burlaba de ella.
—Mírate… temblando como una perra en celo. Tu marido nunca te ha visto así, ¿verdad?
Estela lloraba de frustración y placer.
—No… nunca…
Raúl se levantó finalmente. Se bajó el mono y sacó su polla gruesa y dura. La frotó contra el ano de Estela, extendiendo su propia saliva y los fluidos de ella.
—¿Quieres que te folle el culo encima del capó de tu coche? —preguntó con sorna.
—Sí… por favor…
Raúl escupió sobre su polla y empezó a presionar. Estela soltó un gemido largo cuando la cabeza gruesa entró en su ano. Era grande. Muy grande. La sensación de estiramiento era intensa, casi dolorosa, pero profundamente placentera.
—Joder… qué culo tan apretado —gruñó Raúl—. Tu maridito nunca te ha follado por aquí, ¿verdad?
—No… —gimió Estela.
Raúl empujó lentamente, centímetro a centímetro, hasta enterrarse completamente. Se quedó quieto, disfrutando de la presión.
—Ahora sí eres mía del todo —dijo burlón—. Hasta el último agujero.
Empezó a moverse con embestidas largas y profundas.
No era rápido al principio. Era cruelmente lento, haciendo que Estela sintiera cada centímetro.
Poco a poco fue acelerando, follándola con más fuerza sobre el capó del coche.
El sonido de su pelvis chocando contra el culo de Estela resonaba en el taller.
Estela se corrió con violencia, gritando contra su propio brazo. Raúl no se detuvo. Siguió follándola por el ano sin piedad, burlándose todo el tiempo:
—Así… córrete con mi polla en el culo mientras tu marido cree que estás haciendo la compra. Qué puta más asquerosa eres.
Estela se corrió por segunda vez, sollozando de placer. Raúl finalmente se corrió con un gruñido animal, inundando su ano con chorros calientes y abundantes.
Se quedó dentro de ella varios minutos, jadeando. Luego salió lentamente, dejando que su semen espeso saliera del culo de Estela y cayera al suelo del taller.
—Buena puta —dijo, dándole una fuerte palmada en el culo—. Ahora vete a casa con los dos agujeros llenos de mi leche.
Estela se arregló el vestido con manos temblorosas. Cuando salió del taller, vio el coche de Carlos aparcado a dos calles.
Él la estaba esperando otra vez.