Mi mujer es compartida con Capítulo 6. Palabras que duelen.
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Capítulo 6. Palabras que duelen.

Estela llegó a casa pasadas las seis de la tarde.

El sol ya empezaba a bajar y el interior de la vivienda se sentía extrañamente frío a pesar de la temperatura exterior.

Se duchó rápidamente, pero esta vez no intentó borrar del todo las huellas de Raúl.

Dejó que un leve rastro de su olor permaneciera en su piel.

Se puso un pantalón de yoga gris y una camiseta holgada de Carlos, como si con eso pudiera recuperar algo de normalidad.

Estela estaba en la cocina preparando una ensalada cuando escuchó la llave en la puerta.

El sonido le provocó un nudo en el estómago.

Sabía que algo había cambiado. La mirada de Carlos esa mañana, sus silencios, la forma en que la observaba…

todo apuntaba a que la grieta se estaba haciendo más grande.

—Hola —dijo él al entrar, dejando el maletín en el suelo.

Su voz sonaba cansada. No solo físicamente.

—Hola —respondió Estela, forzando una sonrisa—. Llegaste temprano.

Carlos se acercó y le dio un beso en la mejilla. Fue un beso corto, casi mecánico. Se quedó un segundo más cerca de lo normal, como si estuviera oliendo algo. Estela contuvo la respiración.

—¿Cómo te fue el día? —preguntó él, quitándose la corbata.

—Normal… fui al taller a dejar el coche. Raúl dijo que necesita revisarlo mejor.

Carlos asintió lentamente. Se sirvió un vaso de agua y se apoyó en la encimera, mirándola. El silencio se alargó.

—Estela… —empezó, con voz baja y grave—. Necesito que hablemos.

El corazón de Estela se aceleró. Se secó las manos con un trapo y se giró hacia él.

—Claro. Dime.

Carlos respiró hondo, como si estuviera reuniendo fuerzas. Se pasó una mano por la cara y la miró directamente a los ojos.

—Llevo semanas sintiendo que ya no te conozco. Que hay algo… diferente. No sé si es trabajo, si es estrés, si es otra cosa… pero ya no eres la misma conmigo.

Estela sintió que se le cerraba la garganta. Bajó la mirada.

—Carlos, yo…

—No, déjame terminar —la interrumpió él con suavidad, pero firme—.

Hace unos meses éramos felices. O al menos yo creía que lo éramos.

Follábamos, aunque no fuera perfecto. Nos reíamos.

Hablábamos. Ahora… apenas me miras. Cuando te toco, siento que estás en otro sitio. Y cuando follamos… sé que finges.

Estela sintió que las lágrimas empezaban a acumularse. No podía negarlo. No del todo.

Carlos continuó, con la voz cada vez más rota:

—Anoche… cuando te corrías, no estabas conmigo. Lo sentí. Tu cuerpo estaba aquí, pero tu mente estaba lejos. Y no es la primera vez.

Se acercó un paso más. Su mirada era una mezcla dolorosa de amor, confusión y miedo.

—¿Hay alguien más, Estela?

El silencio fue brutal.

Estela abrió la boca, pero no salió ningún sonido.

Las lágrimas finalmente cayeron por sus mejillas.

Quería confesar. Quería gritarle toda la verdad.

Quería pedirle perdón y suplicarle que la ayudara a parar.

Pero las imágenes de Raúl follándola esa misma tarde en el taller seguían frescas en su mente.

Su polla gruesa, sus burlas, la forma en que la había llenado.

—No sé qué me pasa… —susurró finalmente, con la voz quebrada—. Te quiero, Carlos. Te juro que te quiero. Pero hay algo dentro de mí que… que ya no puedo controlar.

Carlos la miró con dolor profundo.

—¿Estás viendo a alguien?

Estela no respondió. Solo bajó la cabeza y lloró en silencio.

Carlos se acercó y la abrazó. No fue un abrazo apasionado. Fue un abrazo triste, desesperado, como si intentara retener algo que ya se le estaba escapando de las manos.

—No quiero perderte —susurró contra su pelo—. Pero tampoco quiero vivir así. Si hay alguien más… dímelo. Prefiero la verdad, aunque duela, a seguir fingiendo que todo está bien.

Estela se aferró a él, llorando contra su pecho. Podía oler su colonia familiar, esa que llevaba años usando. Y al mismo tiempo, todavía sentía el olor de Raúl en su propia piel.

Esa noche, después de una cena casi en silencio, se acostaron temprano. Carlos intentó acercarse. La besó con ternura, le acarició el cuerpo con cuidado. Estela respondió, pero su mente estaba dividida en dos.

Cuando Carlos entró en ella, fue suave, lento, amoroso.

Estela cerró los ojos y fingió placer. Movió las caderas, gimió en los momentos correctos, le acarició la espalda.

Pero solo podía pensar en Raúl. En cómo la había follado con fuerza sobre el capó del coche.

En sus burlas crueles. En cómo la había llamado “puta casada” mientras la llenaba.

Carlos se corrió en pocos minutos, como siempre. Se derrumbó a su lado y la abrazó.

—Te quiero —susurró antes de dormirse.

Estela se quedó despierta mucho tiempo, mirando el techo, con lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas.

“Te estoy destruyendo”, pensó. “Y no puedo parar.”

A las 23:47 recibió un mensaje de Raúl:

Raúl: Mañana a las 11:00 en el taller. Quiero follarte en el asiento trasero de tu coche mientras piensas en tu marido trabajando. Y quiero que le mandes un mensaje a Carlos mientras te corro dentro.

Estela miró el mensaje durante varios minutos. Luego, con dedos temblorosos, respondió:

Estela: Allí estaré.

Cerró los ojos y se tocó lentamente en la oscuridad, corriéndose en silencio mientras Carlos dormía a su lado, ajeno a todo.