Capítulo 5. El origen del fuego.
Estela conducía de regreso a casa con la mente hecha un torbellino.
El semen de Raúl aún estaba fresco dentro de ella, cálido, espeso, escapando lentamente y manchando el asiento del coche.
Tenía el vestido arrugado, el pelo revuelto y un olor mezcla de aceite de motor, sudor masculino y sexo que no conseguía quitarse de encima.
Aparcó frente a la casa y se quedó varios minutos con las manos en el volante, respirando agitada. Cerró los ojos y, sin poder evitarlo, su mente viajó cuatro meses atrás.
Hace cuatro meses
Era un martes por la tarde cualquiera. Carlos había avisado que llegaría tarde otra vez por una reunión importante. Estela estaba sola en casa, aburrida, frustrada y con ese vacío sexual que ya llevaba meses creciendo como una sombra.
Abrió la aplicación de Glovo casi sin pensar. Pidió comida tailandesa. Cuando el timbre sonó cuarenta minutos después, Estela abrió la puerta vestida con un sencillo short de algodón y una camiseta holgada.
Y allí estaba Alex.
Alto, moreno, con una sonrisa chulesca y unos brazos marcados por el trabajo. La miró directamente a los ojos, luego bajó lentamente la vista por su cuerpo. No fue discreto. Fue descarado.
Estela sintió algo que no había sentido en años: un latigazo de deseo puro en el vientre.
Esa noche, después de que Carlos se durmiera, se tocó pensando en él por primera vez. No fue una masturbación rápida. Fue lenta, detallada. Se imaginó sus manos fuertes sujetándola, su polla dura entrando en ella. Se corrió dos veces, mordiendo la almohada para no hacer ruido.
Al día siguiente pidió comida otra vez. Y al siguiente. Cada vez se arreglaba más. Cada vez la conversación en la puerta era más larga, más cargada. Alex empezó a dejarle su número “por si tenía algún problema con el pedido”.
La primera vez que Alex entró en la casa fue un jueves por la tarde.
La empujó contra la pared del recibidor y la besó con hambre.
Estela se sintió como si despertara de un sueño largo y gris.
Le bajó los pantalones allí mismo y se arrodilló.
Chupó su polla con una desesperación que ni ella misma entendía.
La primera vez que la folló fue sobre la encimera de la cocina.
Alex no fue delicado. La penetró con fuerza, sin condón, agarrándola del pelo.
Estela se corrió tan fuerte que le temblaron las piernas.
Cuando Alex se corrió dentro de ella, sintió por primera vez en mucho tiempo lo que era sentirse realmente llena.
Esa noche, cuando Carlos llegó, Estela aún tenía el semen de Alex dentro. Cenaron juntos como siempre. Carlos le dio un beso en la mejilla y le preguntó cómo había sido su día. Estela sonrió y mintió con naturalidad.
Fue la primera grieta.
A partir de ahí todo se aceleró. Empezó a pedir comida casi a diario.
Alex venía cuando Carlos estaba en el trabajo, cuando estaba en el gimnasio, incluso cuando estaba dormido arriba.
La follaba en la cocina, en el sofá, en el cuarto de invitados.
Cada vez era más arriesgado. Cada vez era más intenso.
La primera vez que casi los descubren fue un viernes por la tarde.
Alex la tenía inclinada sobre el sofá del salón, follándola con fuerza desde atrás, cuando escucharon la llave en la puerta.
Carlos había llegado antes. Alex apenas tuvo tiempo de esconderse en el baño.
Estela, con el vestido arrugado y el coño lleno de semen, tuvo que fingir que estaba limpiando.
Esa noche, cuando Carlos la tocó en la cama, Estela fingió placer como nunca. Mientras su marido se corría dentro de ella en menos de tres minutos, solo podía pensar en cómo Alex la había abierto, en cómo la había llenado, en cómo la había hecho correrse gritando.
Fue entonces cuando lo entendió.
No era solo sexo.
Era poder.
Era riesgo.
Era sentirse deseada de una forma salvaje, sucia y real.
Así nació su lado hotwife.
Al principio se decía que solo sería con Alex.
Pero cuanto más lo hacía, más quería. La culpa era terrible, la devoraba por dentro…
pero el placer era mucho más grande. Empezó a disfrutar de la humillación.
De mentirle a Carlos mirándolo a los ojos.
De follar con otro hombre en su propia casa.
De sentir el semen de otro dentro de ella mientras cenaba con su marido.
Era adicta.
Y no quería curarse.
Estela abrió los ojos de golpe dentro del coche. Tenía la respiración agitada y el sexo empapado otra vez solo con recordar cómo había empezado todo.
Ahora, cuatro meses después, ya no era solo Alex.
Era Miguel.
Era Raúl.
Era esta nueva versión de sí misma que ya no podía ni quería controlar.
Entró en casa sabiendo que Carlos llegaría pronto. Se duchó, pero no se limpió del todo. Quería guardar algo de Raúl dentro de ella.
La culpa seguía ahí, quemándola.
Pero el fuego era mucho más fuerte.