Mi mujer es compartida con Capítulo 4. El taller de la humillación.
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Capítulo 4. El taller de la humillación.

No había llevado bragas. Ni sujetador. Solo un vestido negro corto, ajustado en la parte superior y suelto abajo. Cada vez que cambiaba de marcha, el aire rozaba su sexo desnudo y húmedo, recordándole lo puta que se sentía.

El taller estaba en las afueras, un lugar grande y algo descuidado lleno de coches a medio arreglar. Aparcó donde Raúl le había indicado. Al bajarse, sintió el semen seco de la tarde anterior tirando ligeramente de su piel. Todavía no se había duchado del todo. Quería que Raúl lo notara.

Raúl salió del taller limpiándose las manos con un trapo negro de grasa. Llevaba el mono de trabajo abierto hasta la cintura, dejando ver su torso fuerte y tatuado, brillante de sudor. Al verla, sonrió con esa burla cruel que ya empezaba a conocer demasiado bien.

—Vaya, vaya… mira quién vino —dijo con tono jocoso y bajo—. La señora casada se presentó sin bragas, como le ordené. Qué obediente.

Estela se sonrojó violentamente y miró alrededor, nerviosa. No había nadie cerca, pero el simple hecho de que lo dijera en voz alta la humillaba.

—Raúl… por favor, no hables así aquí —suplicó en voz baja.

Raúl soltó una risa ronca y se acercó. La agarró por la cintura con una mano sucia de grasa y la pegó contra su cuerpo.

—¿Qué pasa, princesita? ¿Te da vergüenza que la gente sepa que eres una puta casada que viene al taller a que la follen?

—Le metió la mano por debajo del vestido sin ningún disimulo y le tocó el coño desnudo—.

Joder… ya estás chorreando. ¿Tu marido te folló anoche o sigues llena de mi leche de ayer?

Estela gimió bajito y cerró los ojos. La crudeza de sus palabras la encendía de una forma enfermiza.

—Anoche… follé con Carlos —admitió con vergüenza.

Raúl soltó una carcajada burlona.

—¿Y cómo fue? ¿Te corriste como una perra o tuviste que fingir otra vez? —Metió dos dedos gruesos dentro de ella sin aviso—. Dime la verdad.

Estela jadeó contra su pecho.

—Fingí… —confesó—. Apenas lo sentí.

—Pobre cornudito —se burló Raúl mientras movía los dedos dentro de ella—. Pagando el taller para que yo arregle lo que él no puede. Qué patético.

La llevó hacia el fondo del taller, a una zona más apartada llena de piezas y herramientas. La empujó contra el capó de un coche viejo y le subió el vestido hasta la cintura.

—Separa las piernas —ordenó.

Estela obedeció. Raúl se arrodilló y empezó a lamerla con crudeza. No era suave ni delicado. Era hambriento, sucio, ruidoso. Chupaba, mordía suavemente los labios hinchados, metía la lengua profundamente. Estela tuvo que taparse la boca para no gemir alto.

—Qué rico coño de puta casada —gruñó contra su sexo—. Sabe a desesperación.

La devoró durante varios minutos, alternando burlas con lametones profundos. Cuando Estela estaba a punto de correrse, Raúl se levantó, se bajó la parte inferior del mono y sacó su polla gruesa y dura.

—Chúpamela primero —dijo, agarrándola del pelo—. Quiero que pruebes cómo sabe una polla de verdad antes de que tu maridito llegue a casa oliendo a aceite.

Estela se arrodilló sobre el suelo sucio del taller y se la metió en la boca con avidez. Raúl la folló la boca con rudeza, sujetándola del pelo, empujando hasta el fondo de su garganta.

—Así… trágatela entera, cornuda. Imagina que tu marido te ve ahora mismo, de rodillas chupándole la polla al mecánico.

Estela gemía alrededor de su polla, excitada y humillada al mismo tiempo.

Raúl la levantó, la puso contra el capó del coche y la penetró de un solo empujón brutal. Estela soltó un grito ahogado. La folló con fuerza, sin piedad, agarrándola de las caderas mientras le susurraba al oído:

—Esto es lo que necesitas, ¿verdad? Una polla grande que te destroce. Tu marido nunca va a poder darte esto. Solo sirve para pagar las facturas mientras yo te lleno el coño.

Estela se corrió con violencia, temblando y llorando de placer. Raúl no se detuvo. La folló más duro, más profundo, burlándose todo el tiempo.

—Dime que eres mi puta —exigió.

—Soy tu puta… —gimió Estela.

—Más fuerte.

—¡Soy tu puta, Raúl! ¡Fóllame más fuerte que mi marido!

Raúl se corrió con un gruñido animal, inundándola profundamente. Se quedó dentro de ella unos segundos, jadeando, y luego salió lentamente, dejando que su semen espeso cayera al suelo del taller.

—Buena chica —dijo, dándole una palmada fuerte en el culo—. Ahora vete a casa con el coño lleno y dile a tu cornudito que el mecánico arregló todo.

Estela se arregló el vestido con manos temblorosas. Cuando salió del taller, vio el coche de Carlos aparcado a dos calles de distancia.

Carlos la estaba esperando.