Capítulo 3. Aceite, burla y peligro.
El sonido del coche de Carlos entrando al garaje fue como un balde de agua fría cayendo sobre Estela.
Estaba todavía sentada sobre el capó del vehículo, con las piernas abiertas, el vestido completamente subido hasta la cintura y el semen de Raúl goteando abundantemente de su coño hinchado.
Tenía la respiración agitada, las mejillas encendidas y los ojos vidriosos.
Raúl, por su parte, ni siquiera se inmutó.
Seguía de pie entre sus piernas, con la polla todavía semierecta brillando por los fluidos de ambos, mirándola con esa sonrisa burlona que empezaba a volverla loca.
—Vaya, vaya… —dijo Raúl con tono jocoso y bajo, limpiándose la polla con un trapo sucio sin ninguna prisa—. Parece que el cornudito llegó antes de tiempo. Qué oportuno.
Estela sintió pánico puro.
—¡Raúl, por favor! —susurró aterrorizada—. ¡Vístete! ¡Esconde la caja de herramientas!
Raúl soltó una risa baja y ronca, casi cruel. En lugar de obedecer, se tomó su tiempo abrochándose el mono de trabajo, dejando la polla fuera unos segundos más solo para torturarla.
—Tranquila, princesita —dijo con sorna—. No creo que tu maridito vaya a revisar el motor ahora mismo. Aunque… quién sabe. Igual le gusta el olor a coño recién follado.
Estela se bajó del capó a toda prisa, bajándose el vestido con manos temblorosas. Tenía las piernas débiles y sentía cómo el semen de Raúl le corría por los muslos. Intentó limpiarse con el borde del vestido, pero solo consiguió esparcirlo más.
Raúl se acercó por detrás, pegando su cuerpo grande y caliente contra ella. Le habló al oído con voz burlona:
—Mírate… toda nerviosa y llena de mi leche. ¿Qué pensaría tu Carlos si supiera que mientras él venía de trabajar, yo estaba descargando bien adentro de su mujercita?
Estela soltó un gemido ahogado cuando Raúl le metió una mano por debajo del vestido y le pasó dos dedos por el coño, recogiendo su propio semen y extendiéndolo por sus labios hinchados.
—Raúl… por favor… —suplicó ella en voz baja.
—¿Por favor qué? —preguntó él con tono jocoso—. ¿Por favor que te limpie? ¿O por favor que te folle otra vez mientras tu marido aparca el coche?
Carlos apagó el motor fuera. Se escucharon sus pasos acercándose al garaje.
Raúl se apartó justo a tiempo, recogiendo su caja de herramientas con una sonrisa de suficiencia. Cuando Carlos abrió la puerta del garaje, encontró a su mujer de pie junto al coche y al mecánico revisando el motor como si nada hubiera pasado.
—Buenas tardes —saludó Raúl con naturalidad, limpiándose las manos con un trapo—. Usted debe ser el marido. Raúl, el mecánico.
Carlos miró a Estela. Notó sus mejillas sonrojadas, el pelo ligeramente revuelto y la forma en que apretaba los muslos. Frunció el ceño.
—¿Todo bien? —preguntó, mirando alternativamente a ambos.
Estela forzó una sonrisa.
—Sí… Raúl estaba terminando de revisar el alternador.
Raúl asintió, pero su mirada se desvió hacia Estela con una burla evidente.
—Su mujer ha sido muy… colaborativa —dijo con doble sentido—. Me ha ayudado bastante.
Carlos sintió una punzada incómoda en el estómago, pero no supo identificarla del todo.
—¿Cuánto te debo? —preguntó.
Raúl miró a Estela antes de responder, con una sonrisa torcida.
—Hoy no cobro. Considerémoslo… un servicio de prueba. Volveré en unos días para darle un repaso más profundo.
Estela sintió que se le incendiaba la cara. Raúl se despidió con un gesto casual y salió del garaje. Cuando se quedaron solos, Carlos se acercó a ella.
—¿Estás bien? Pareces… agitada.
Estela tragó saliva.
—Solo es el calor del garaje.
Carlos la miró un segundo más de lo necesario. Luego asintió, aunque no parecía convencido.
Esa noche, después de la cena, la tensión en la casa era palpable. Carlos estaba más callado. Estela, por su parte, no podía dejar de pensar en Raúl. En su polla gruesa, en sus manos sucias de grasa, en su tono burlón y dominante.
Cuando se acostaron, Carlos intentó acercarse. La besó en el cuello, le acarició los pechos. Estela respondió por inercia, pero su mente estaba en otro sitio. Cuando Carlos entró en ella, Estela casi no sintió nada. Era demasiado suave. Demasiado familiar. Demasiado… insuficiente.
Carlos se movió encima de ella con su ritmo habitual. Estela cerró los ojos y fingió placer, gimiendo en los momentos correctos. Pero solo podía pensar en Raúl. En cómo la había follado sobre el capó del coche. En cómo la había llenado. En cómo se había reído de Carlos llamándolo “cornudito”.
Carlos se corrió en pocos minutos, como siempre. Se derrumbó a su lado, satisfecho.
Estela se quedó despierta mucho tiempo después, con la mano entre las piernas, tocándose lentamente mientras recordaba las palabras burlonas de Raúl:
—“¿Qué pensaría tu maridito si supiera que mientras él venía de trabajar, yo estaba descargando bien adentro de su mujercita?”
Se corrió en silencio, mordiéndose el labio, odiándose y excitándose al mismo tiempo.
Al día siguiente, a las 11:00 de la mañana, recibió un mensaje de Raúl:
Raúl: Hoy a las 15:30. Trae el coche al taller. Quiero darte un “servicio completo”. Y no te pongas bragas. Quiero que vengas preparada.
Estela miró el mensaje durante mucho tiempo. Sabía que estaba cruzando otro límite. Sabía que Carlos estaba empezando a sospechar.
Pero contestó de todas formas:
Estela: Allí estaré.