Mi mujer es compartida con Capítulo 2. Aceite y deseo.
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Capítulo 2. Aceite y deseo.

Se había cambiado tres veces antes de decidirse por un vestido veraniego corto, de color negro, ajustado en la parte superior y suelto en las caderas.

Sin sujetador. Sin bragas. Sabía que estaba mal.

Sabía que apenas unas horas antes había llorado de culpa en la ducha pensando en Carlos.

Pero su cuerpo no escuchaba a su mente. Su cuerpo solo recordaba el vacío que sentía desde hacía semanas.

Escuchó el sonido de una furgoneta deteniéndose frente a la casa. El motor se apagó. Una puerta se cerró con fuerza. Pasos pesados sobre el cemento.

Raúl apareció en la entrada del garaje. Llevaba un mono de trabajo azul oscuro abierto hasta el pecho, dejando ver una camiseta blanca manchada de grasa y sudor.

Sus brazos eran fuertes, venosos, tatuados hasta los antebrazos.

Tenía grasa en las manos y una mancha oscura en la mejilla.

Olía a taller mecánico, a aceite, a hombre que trabaja duro todo el día.

—Buenas tardes —dijo con voz grave, mirándola directamente—. ¿El coche es ese?

Estela asintió, incapaz de hablar con normalidad. Raúl pasó por su lado y se dirigió al coche. Al hacerlo, su brazo rozó ligeramente el de ella. Ese simple contacto le provocó un escalofrío.

Raúl abrió el capó y se inclinó sobre el motor. Estela se quedó a su lado, observando cómo los músculos de su espalda y brazos se tensaban mientras revisaba las piezas. El olor a aceite y sudor masculino era fuerte, casi embriagador.

—¿Cuánto tiempo lleva fallando? —preguntó él sin mirarla.

—Un par de semanas —respondió Estela, con la voz más ronca de lo normal.

Raúl giró la cabeza y la miró. Sus ojos eran oscuros, intensos. La recorrió de arriba abajo sin disimulo: el escote del vestido, la curva de sus caderas, las piernas desnudas.

—Entiendo —dijo simplemente.

Durante los siguientes minutos, Raúl trabajó en silencio.

Estela no se movió. Se quedó allí, observándolo, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a su presencia.

Cada vez que Raúl se inclinaba, su mono se ajustaba a sus muslos fuertes.

Cada vez que estiraba el brazo, los músculos se marcaban bajo la piel.

En un momento, Raúl se incorporó y se limpió las manos con un trapo. Se giró hacia ella.

—Necesito comprobar algo debajo —dijo—. ¿Puedes sujetar la linterna?

Estela tomó la linterna y se agachó a su lado. Estaban muy cerca. El cuerpo de Raúl desprendía calor. Mientras él trabajaba debajo del coche, su brazo rozaba el muslo desnudo de Estela. Ella no se apartó.

De repente, Raúl salió de debajo del coche y se quedó sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la rueda. Miró a Estela, que seguía agachada a su lado.

—Estás nerviosa —observó.

Estela tragó saliva.

—Un poco.

Raúl sonrió de medio lado. Una sonrisa lenta, segura.

—¿Por el coche… o por mí?

Estela no respondió. Raúl extendió una mano manchada de grasa y le rozó la rodilla con los dedos. El contacto fue eléctrico. Subió lentamente por su muslo, levantando el borde del vestido.

—Dime que pare si quieres —murmuró.

Estela no dijo nada. Solo separó ligeramente las piernas.

Raúl soltó un gruñido bajo de aprobación. Su mano continuó subiendo hasta llegar a su sexo desnudo. Cuando sintió que estaba completamente mojada, soltó un suspiro ronco.

—Joder… estás empapada.

Introdujo un dedo grueso con lentitud, girándolo dentro de ella. Estela soltó un gemido ahogado y se agarró a su hombro. Raúl añadió un segundo dedo, moviéndolos con calma, explorándola. Su pulgar encontró su clítoris y empezó a frotarlo en círculos lentos.

Estela cerró los ojos, respirando agitada. El garaje estaba en silencio, solo roto por el sonido húmedo de los dedos de Raúl entrando y saliendo de ella y sus propios gemidos suaves.

Raúl se acercó más y le besó el cuello, mordiendo suavemente. Su barba raspaba deliciosamente contra su piel sensible.

—Tu marido no te folla como mereces, ¿verdad? —susurró contra su oído.

Estela negó con la cabeza, incapaz de hablar.

Raúl sacó los dedos y se los llevó a la boca, probándola. Luego se los ofreció a Estela. Ella los chupó sin pensarlo, mirándolo a los ojos.

—Buena chica —murmuró él.

La levantó sin esfuerzo, la sentó sobre el capó del coche y se arrodilló frente a ella.

Le abrió las piernas con las manos y bajó la cabeza.

Su lengua ancha y caliente empezó a lamerla con una lentitud devastadora.

Recorrió cada pliegue, succionó su clítoris, metió la lengua dentro de ella.

Estela tuvo que taparse la boca con una mano para no gritar.

Raúl se tomó su tiempo. La devoraba con paciencia, saboreándola, disfrutando de cada reacción de su cuerpo. Cuando Estela estaba a punto de correrse, él se detenía, soplaba suavemente sobre su sexo hinchado y volvía a empezar.

—Por favor… —suplicó Estela en un susurro.

Raúl sonrió contra su coño y finalmente la dejó correrse. Estela se convulsionó con fuerza sobre el capó del coche, mordiéndose el brazo para no hacer ruido.

Cuando bajó de la nube, Raúl se levantó, se bajó la parte superior del mono y sacó su polla. Era gruesa, larga y venosa. Más grande que la de Carlos. Más grande que la de Miguel.

Estela la miró con deseo y miedo al mismo tiempo.

Raúl se colocó entre sus piernas y frotó la cabeza gruesa contra su entrada.

—¿Estás segura? —preguntó, mirándola a los ojos.

Estela asintió, con lágrimas de excitación en los ojos.

—Fóllame…

Raúl entró lentamente, centímetro a centímetro, dejando que Estela sintiera cada milímetro. Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto, disfrutando de cómo su coño lo apretaba.

—Joder… qué coño tan bueno —gruñó.

Empezó a moverse con embestidas largas y profundas. No era rápido. Era intenso, controlado. Cada salida casi completa, cada entrada hasta el fondo. Estela se agarraba a sus hombros, gimiendo contra su cuello.

Raúl la folló sobre el capó del coche durante varios minutos, besándola, mordiéndole el cuello, susurrándole al oído lo puta que era. Estela se corrió dos veces más, temblando violentamente.

Cuando Raúl se corrió, lo hizo con un gruñido ronco, inundándola profundamente. Se quedó dentro de ella, abrazándola, mientras ambos recuperaban el aliento.

En ese momento, escucharon el sonido de un coche acercándose a la casa.

Carlos había llegado antes de tiempo.