Mi mujer es compartida con
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Capítulo 1. La confesión en la oscuridad.
Carlos entró al dormitorio quitándose la corbata con un suspiro cansado.
Eran casi las once de la noche y el peso del día aún le aplastaba los hombros.
La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por la luz tenue de la mesita de noche.
Estela ya estaba en la cama, apoyada contra el cabecero, llevando una de sus viejas camisetas de él que apenas le cubría los muslos.
Aun así, con el pelo castaño suelto cayéndole sobre los hombros y esa mirada ligeramente distante, seguía siendo la mujer más hermosa que había visto jamás.
—Ven aquí… —murmuró ella, estirando los brazos con una sonrisa suave.
Carlos se desnudó rápidamente y se metió bajo las sábanas.
Sus cuerpos se buscaron por inercia, como cada jueves o viernes por la noche.
Estela lo besó con ternura al principio, pero pronto su mano bajó hasta su entrepierna.
Lo acarició con dedos expertos y, en menos de un minuto, Carlos ya estaba duro.
—Estás muy cachondo hoy… —susurró ella contra sus labios.
Se subió encima de él. Estela siempre prefería estar arriba; decía que así controlaba el ritmo. Se bajó las bragas a un lado y se dejó caer despacio, tragándose su polla de un solo movimiento. Carlos soltó un gemido ahogado. Estaba caliente, húmeda y apretada… como siempre.
Estela empezó a moverse. Al principio lento, casi cariñoso, luego más rápido.
Sus pechos perfectos rebotaban suavemente bajo la camiseta.
Carlos los agarró, pellizcándole los pezones como sabía que le gustaba.
Ella gemía bajito, pero él conocía ese sonido demasiado bien: era más de cariño que de verdadero placer.
Tres minutos. Cuatro como mucho.
—Joder, Estela… voy a correrme —gruñó Carlos, apretando los dientes.
—Hazlo, amor —respondió ella sin detenerse, moviéndose con ese ritmo mecánico y familiar.
Con un último empujón corto, Carlos se corrió dentro de ella con un gemido breve y casi avergonzado. Estela se quedó quieta unos segundos, moviéndose apenas, como si intentara sacar algo más de esa sensación. Después se dejó caer a su lado, respirando agitada pero claramente insatisfecha.
El silencio que siguió fue incómodo, pesado.
Carlos se quedó mirando el techo, todavía dentro de ella, sintiendo cómo su polla se ablandaba rápidamente. Estela le acariciaba el pecho con las uñas, pero no dijo nada. Su mente parecía estar muy lejos.
Al cabo de un minuto, ella se levantó para ir al baño. Carlos se quedó solo en la cama, con el corazón latiéndole con fuerza. Llevaba semanas, tal vez meses, pensando en ello. La fantasía se había vuelto obsesiva, oscura, irresistible.
Cuando Estela regresó y se acurrucó contra él, Carlos respiró hondo.
—Estela… —susurró en la oscuridad.
—¿Mmm?
—¿Puedo contarte algo?
Ella se giró hacia él, apoyando la barbilla en su pecho. Sus ojos brillaban con curiosidad bajo la luz tenue.
—Claro. Dime.
Carlos tragó saliva. Tenía la boca seca.
—Hoy… mientras follábamos… estuve imaginando algo.
Estela levantó una ceja.
—¿Algo como qué?
Él cerró los ojos un segundo antes de continuar.
—Imaginé… que no era yo quien estaba dentro de ti. Que era otro hombre. Uno más grande. Más fuerte. Y que tú… estabas disfrutando de verdad. Corriéndote como nunca lo haces conmigo.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
Estela parpadeó, claramente sorprendida.
—¿Hablas en serio?
Carlos asintió lentamente, con el rostro ardiendo de vergüenza.
—Llevo tiempo fantaseando con eso. Con verte… con otro. Con que te folle como yo no consigo hacerlo. Con que le pidas más. Con que grites de placer de una forma que conmigo nunca…
Dejó la frase suspendida en el aire.
Estela se incorporó un poco, apoyándose en un codo. Lo miraba fijamente. Había sorpresa en sus ojos… pero también algo más. Algo que Carlos no supo identificar.
—¿Te excita eso? ¿De verdad? —preguntó ella en voz baja.
—Mucho —admitió Carlos, casi avergonzado—. Más de lo que debería.
Estela se quedó callada unos segundos. Luego soltó una risita nerviosa, casi incrédula.
—Joder, Carlos… no me esperaba eso de ti.
—¿Te parece raro? ¿Asqueroso?
—No… no es asqueroso —respondió ella, pensativa—. Es… inesperado. Nunca imaginé que mi marido quisiera verme con otro hombre.
Carlos notó que su polla, que acababa de correrse, empezaba a endurecerse otra vez contra el muslo de Estela.
Ella también lo notó.
—Vaya… —susurró, bajando la mano para acariciarla lentamente—. Sí que te pone cachondo, ¿eh?
Carlos cerró los ojos y soltó un gemido involuntario.
Estela se mordió el labio inferior, observándolo con una expresión nueva, casi evaluadora. Luego se acercó a su oído y, con voz baja y peligrosamente suave, preguntó:
—¿Y cómo te imaginas a ese otro hombre?
Carlos tragó saliva con dificultad.
—Alto… fuerte… dominante. Con una polla grande y gruesa… que te haga sentir llena de verdad.
Estela soltó una risita suave, pero Carlos notó que su respiración se había acelerado ligeramente.
—¿Y yo qué hago? —preguntó ella, casi en un susurro.
—Tú… te dejas llevar. Le pides más. Le dices que folla mejor que yo. Que te gusta más.
Estela se quedó callada un largo momento. Luego apretó su polla con más fuerza.
—Estás muy duro otra vez… —murmuró.
Y por primera vez en mucho tiempo, esa noche volvieron a follar. Esta vez Estela no se corrió… pero Carlos sí. Dos veces más.
Y mientras se corría la segunda vez, solo podía pensar en una cosa:
Raúl. El mecánico.