35
El sol comienza a asomar en el horizonte cuando finalmente me quedo dormido con el teléfono en la mano, esperando un mensaje, una llamada, cualquier cosa que me diera una pista de dónde estaba, de por qué me ha dejado.
Esa paz momentánea fue interrumpida por la voz grave de mi padre, resonando desde la puerta.
—Doyun, tienes que escucharme —exclama.
Me incorporo bruscamente, con el corazón latiéndome con fuerza. Nos encontramos en la sala, la expresión en su rostro me dijo que las noticias no serían buenas.
—Jaehyun solicitó su traslado a Corea —dijo, con pausa, como si las palabras no pudieran salir de su boca con suficiente rapidez—. Su vuelo sale en menos de una hora.
Siento como si me hubieran golpeado en el estómago. Todo el aire sale de mis pulmones de golpe.
—¿Qué? ¿Por qué? —indago.
No puede ser verdad, Jaehyun no puede haberse ido así, sin una despedida, sin una explicación.
—No lo sé, hijo, pero si quieres saberlo, tendrás que ir al aeropuerto. No tienes mucho tiempo —me recuerda.
Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo.
Las llaves del auto están en mi mano y en cuestión de segundos ya estoy conduciendo como un loco por las calles.
Los semáforos pasan borrosos, las bocinas de otros autos eran ruidos distantes que no me importan.
Solo hay un pensamiento en mi cabeza: llegar al aeropuerto.
Llegar antes de que sea tarde. Mi corazón late con fuerza, casi desbocado, mientras mis manos tiemblan en el volante. La adrenalina corre por mis venas, también el miedo. El miedo de que, cuando llegue, fuera demasiado tarde. El miedo de que Jaehyun ya no estuviera allí.
«No puede irse así, no puede dejarme».
Llego al aeropuerto y salto del auto antes de apagarlo por completo, corriendo como si mi vida dependiera de ello.
Atravieso las puertas de entrada y busco con desesperación el rostro familiar de Jaehyun entre la multitud.
Los anuncios de vuelos y las pantallas de salidas parecían burlarse de mí, recordándome el poco tiempo que tengo.
Corrí hacia las puertas de embarque, con el corazón acelerado, la vista nublada por el sudor y las lágrimas que luchan por salir.
No puedo perderlo, no así. Entonces lo vi. Está ahí, de pie, frente al mostrador de embarque. Jaehyun, con su maleta al lado, el rostro impasible mientras entrega sus documentos. Parece tan sereno, tan tranquilo. Las palabras se atascan en mi garganta.
¿De verdad se piensa ir?
—¡Jaehyun! —grité, con la voz temblando.
Él no volteó, no movió ni un músculo. El agente del mostrador le dio su pase de abordar y Jaehyun lo tomó, con la mano temblando ligeramente, pero su rostro seguía siendo una máscara impenetrable.
Me acerqué más, mi mente aún se niega a aceptar lo que está sucediendo. Lo encontré. Al final lo encontré.
El aeropuerto está lleno de gente; mi vista se fija en él como si el mundo entero hubiera desaparecido.
Tan decidido, como si lo que está a punto de hacer fuera lo más natural del mundo.
Como si no estuviera abandonando todo lo que construimos.
Abandonándome a mí. Mi corazón late con fuerza, mis pasos resuenan en el suelo de mármol mientras me acerco.
—Jaehyun —insisto.
Se tensa, con la espalda recta como una tabla, pero no se gira para mirarme.
—Doyun —responde.
Me coloco frente a él, obligándolo a verme, a encarar lo que está haciendo.
—¿Te vas a ir sin más? —exijo, con las manos temblando por la rabia—. ¿De verdad crees que puedes simplemente desaparecer de mi vida sin darme una explicación?
Jaehyun levanta la vista despacio; sus ojos oscuros se clavan en los míos, pero no hay el calor de siempre en su mirada. Está frío, distante, como si la persona frente a mí ya no fuera la misma que amo tanto.
—Tengo que irme, Doyun —responde—. Mi misión en Nueva York terminó. No tengo nada que me ate a esta ciudad. Todo lo que me queda aquí son malos recuerdos.
Su tono es tan indiferente que me hirió más que cualquier cuchillo.
¿Cómo puede decir eso? ¿Cómo puede olvidar todo lo que hemos vivido tan fácilmente? La rabia me invadió por completo; las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.
—¿Dónde se quedó tu amor, Jaehyun? —cuestiono—. ¿Acaso mentías cuando me decías que me amabas? ¿Era todo una mentira para ti?
El rostro de Jaehyun se endureció, pero no dijo nada. Lo tomé como un golpe, una confirmación de que todo lo que hemos tenido, todo lo que creí que habíamos construido, no significa nada para él.
—No es justo —continué, con el corazón en un puño, apretando los dientes para no quebrarme frente a él—. No después de que me enseñaste a amarte, no después de todo lo que hemos pasado. ¡No debiste abrir mi corazón si solo ibas a pisotearlo como si fuera basura!
Jaehyun aprieta los labios; su mirada cae al suelo.
—Dime que todo fue una mentira, Jaehyun —le exigí—. Dime que nunca me amaste. Dímelo y me iré. Te dejaré ir. Pero no puedes solo decirme que todo lo que tenemos son malos recuerdos y esperar que te deje marchar así como así.
Finalmente levanta la mirada, no veo en sus ojos la lucha que esperaba ver. En su lugar hay una tristeza profunda, una que me rompe por completo.
—Por favor, Doyun... —suplica—. Sigue adelante, es lo mejor para ambos.
—¿Eso es todo? —pregunto—. ¿Es así de fácil para ti?
Jaehyun cierra los ojos por un segundo y respira hondo, como si estuviera tratando de mantener el control.
—Sí —concuerda—. Es lo mejor —corta.
Me quedo mirándolo, incapaz de creer lo que estoy escuchando. Cómo puede ser tan cruel, tan frío.
—Está bien, Jan —asiento—. Lo haré: te olvidaré, no te buscaré, no lloraré por ti. No me moriré por alguien que no vale la pena —sentencio.
Jaehyun parpadea, sorprendido, pero no dice nada. Lo miro una última vez, con el dolor ardiendo en mi pecho incluso más que las heridas que siguen intactas tirando de mi piel, pero no dejo que lo vea. No le daré esa satisfacción.
—Feliz viaje, capitán Jan —me despido.
Con una sonrisa amarga en los labios, me doy la vuelta sin mirar atrás.