MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 34
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Comienzo a preparar el equipaje. Con cada prenda que doblo me siento más y más vacío; las paredes del departamento parecen cerrarse sobre mí, como si el espacio que compartimos se estuviera desintegrando y arrastrara consigo todos nuestros recuerdos, todo lo que fuimos juntos.

No puedo pensar en eso ahora; no puedo permitirme el lujo de evocar nada. Si lo hago, me quebraré por completo.

Mientras cierro la primera maleta, el teléfono vibra sobre la mesa.

Lo miro con desgano esperando cualquier notificación irrelevante, pero lo que veo me revuelve el estómago: un mensaje de Collins.

El vuelo ya está comprado. Tengo los datos y el itinerario en pantalla: despega mañana a primera hora.

Y añade una advertencia que me hace apretar los dientes con rabia contenida:

«No puede explicarle a nadie el motivo de su partida. Nadie debe saberlo. Debe marcharse en absoluto silencio. Conservará su rango en la central de Corea. Buena suerte».

Las lágrimas que contuve durante horas comienzan a desbordarse al fin.

¿Cómo es posible que todo termine de este modo?

¿Cómo llegamos a este punto? Había imaginado un futuro muy distinto, un porvenir donde Doyun y yo estuviéramos juntos, sin secretos ni despedidas impuestas.

Pero ese horizonte jamás fue más que una quimera.

Y cualquiera que haya intervenido para destruirlo lo pagará caro.

Horas más tarde, mientras termino de guardar las últimas pertenencias, unos golpes secos retumban en la puerta. El corazón se me detiene por un instante. Es Doyun; lo sé incluso antes de que pronuncie palabra. Los golpes se vuelven más apremiantes.

—¡Jaehyun! ¡Sé que estás ahí dentro! ¡Abre la maldita puerta! —exige Doyun.

Su voz suena angustiada, desesperada. Cierro los ojos y apoyo la frente contra la pared, luchando por no derrumbarme. No puedo abrir; si lo hago, todo se vendrá abajo. Me romperé y no podré marcharme.

—Por favor, Jaehyun, hablemos —suplica—. Fui a buscarte al hospital... ¿Qué pasó?

El teléfono vuelve a vibrar sobre la mesa: mensajes de Doyun, uno tras otro, cayendo como una tromba, cada uno más desesperado que el anterior:

«Roi... ¿Estás bien?».

«Amor, ¿por qué no me respondes?».

«Por Dios, Jaehyun, abre la puerta».

Los ignoro. Cada notificación es un puñal clavándose en lo más profundo de mi pecho que me hace vacilar, tentándome a abrir esa puerta y asegurarle que todo está bien, que no me marcharé. Pero no puedo. Esta vez no.

El teléfono empieza a timbrar: una llamada entrante. Lo miro, leo el nombre de Doyun en la pantalla y la mano me tiembla. Quiero descolgar, quiero decirle que lo amo con toda mi alma y que no deseo apartarme de él.

—Jaehyun... —suplica al otro lado de la madera.

Su voz resuena a través de la puerta. Las llamadas persisten, los mensajes no se detienen, me recuesto contra la pared, cierro los ojos y dejo que el eco de su voz se apague poco a poco, mientras el peso desgarrador de lo que estoy haciendo me golpea con toda su crudeza.

«Adiós, Doyun».

Perdóname por no haber encontrado otra manera de salvarte que no fuera abandonándote...

La desesperación me está consumiendo vivo.

El eco de los golpes en la puerta de Jaehyun resuena en mi cabeza mientras camino de un lado a otro, incapaz de entender por qué no me responde.

Cada mensaje, cada llamada ignorada me hace sentir más perdido, más roto.

Algo anda mal, lo sé, lo siento en cada fibra de mi ser, pero no puedo hacer nada.

Una sombra de confusión y angustia se instala en mi pecho.

¿Por qué? ¿Por qué no me ha dicho nada? ¿Qué está pasando? Regreso a nuestro apartamento con la esperanza absurda de que estaría aquí, esperando a que llegara, listo para explicarme por qué ha hecho esto; no encontré nada, solo silencio, el vacío que dejó tras su ausencia.

Me dejo caer en el sofá. La habitación parece más oscura de lo habitual, como si la ausencia de Jaehyun hubiera robado toda la luz. Trato de pensar, de encontrar alguna razón para su repentino alejamiento; nada tiene sentido.