Andréi
Han pasado horas desde que Jessia fue ingresada para una operación de emergencia.
Con cada minuto que pasa siento como si mi mundo se desmoronara un poco más.
Las paredes blancas y el silencio me hacen sentir atrapado en una pesadilla de la que no soy capaz de despertar.
Jessia siempre ha sido fuerte, la columna vertebral de todo lo importante en mi vida; ahora está a merced de los médicos, luchando por sobrevivir.
He visto muchas cosas durante mi tiempo en el ejército, pero nunca había sentido tanto miedo como en este momento.
Mis manos tiemblan ligeramente mientras las entrelazo y apoyo los codos sobre las rodillas.
No sé cuánto más podré soportar esta espera.
Cada segundo se alarga como una eternidad; miro el reloj de la pared, cuento los minutos, luego los segundos, una y otra vez.
—Señor Geon —comienza el médico con voz baja—. Hemos hecho todo lo posible para estabilizar a su esposa durante la operación inicial, pero... su corazón no está funcionando como debería —informa.
—¿Qué quiere decir? —pregunto.
—Su corazón ha sufrido mucho daño. No está bombeando de manera efectiva. En su estado actual, no sobrevivirá mucho tiempo. Tenemos dos opciones: podemos realizar una cirugía para intentar repararlo, aunque será una operación extremadamente riesgosa, o...
—O qué —presiono.
—O no creemos que pueda resistir mucho más sin una intervención. Pero, incluso con la cirugía, el mayor problema es encontrar un donante a tiempo —el médico me mira con seriedad—. Sin un trasplante de corazón, su pronóstico es...
—Hagan la cirugía —interrumpo—. Lo que sea necesario.
Mi hijo... Ni siquiera mencionan a nuestro hijo.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —indago.
El médico niega levemente; sus ojos reflejan la gravedad de la situación.
—No puedo darle una respuesta exacta. Podrían ser días u horas. Su estado es muy crítico y cada segundo cuenta.
—Buscaré un donante. Si hay alguna lista, alguna manera... no importa lo que cueste.
La decisión está tomada, no importa lo que tenga que hacer: Jessia es mi vida, y haré todo lo que sea necesario para salvarla, incluso si eso significa la muerte de alguien más.
El sonido constante del monitor de ritmo cardíaco es lo único que rompe el silencio en la habitación del hospital.
Mi cuerpo permanece inmóvil mientras siento el veneno correr lentamente por mis venas; es como si mi sangre se hubiera vuelto pesada, espesa, y cada latido del corazón me recuerda que algo dentro de mí está tratando de matarme.
Siempre termino así, al borde del abismo, siendo el que necesita ser salvado.
La vida parece tener una forma cruel de recordarme que, por más que intento ser fuerte, siempre seré una carga para los demás.
Cierro los ojos y trato de contener el dolor que se extiende por mi pecho; no es solo el veneno lo que me atormenta.
Es el peso de mi propia existencia, de ser siempre el epicentro de cada desastre. Las imágenes de Doyun aparecen en mi mente: su rostro desencajado por la preocupación, su mirada oscura cargada de desesperación cuando me tomó en brazos y evitó que cayera de golpe al suelo.
Puedo ver cómo el dolor y la frustración invaden a Doyun cada vez que tiene que protegerme. Odio ser débil; odio que Doyun siempre tenga que intervenir y sacrificarse por mí.
¿Por qué no puedo ser yo quien lo proteja por una vez?
Un nudo de tristeza y rabia se forma en mi garganta. «No quiero seguir siendo una carga».
El dolor en mi pecho se intensifica. No estoy seguro de si es por el veneno o por la culpa que me ahoga; quiero gritar, pero apenas me quedan fuerzas para respirar.
La puerta se abre y el médico entra con una expresión fría y profesional, sosteniendo una jeringa en la mano.
Giro la cabeza, apenas capaz de enfocar la vista en él.
—Buenas noticias —dice el médico—. Tenemos el antídoto.
No digo nada. El médico me sujeta el brazo con suavidad e inserta la aguja en mi piel; siento el leve pinchazo, pero mi mente está muy lejos de esta habitación.
«Tal vez debería pedirle ayuda a mi padre».
Antes de que pueda profundizar en ese pensamiento, la puerta se abre de nuevo, y esta vez no es el médico quien entra. Un hombre alto, de traje oscuro y porte imponente, cruza el umbral. Hay algo en su mirada que hace que se me encoja el estómago.
—Capitán Jan Jaehyun, ¿verdad? —inquiere. Saca una placa y me muestra su identificación—: Soy el agente Collins, del FBI. Tenemos un asunto urgente que discutir.
Frunzo el ceño con la mente aún aturdida por el veneno, pero lo bastante alerta como para captar la gravedad en la voz del agente.
—¿Qué necesita? —pregunto.
El agente Collins se acerca al pie de la cama sin rodeos.
—Es hora de que regrese a Corea, capitán Jan. Su misión aquí ha terminado, ya no corre peligro. Su estancia se ha prolongado demasiado y las cosas se están complicando —menciona.
Aprieto los puños. No quiero regresar, no puedo; no mientras Doyun siga aquí, luchando y desafiando al peligro. Hay una amenaza constante a nuestro alrededor y la idea de dejarlo solo en este caos me resulta insoportable.
—No me iré —digo con firmeza—. No puedo dejar a Doyun solo.
El agente suspira, como si ya previera esa respuesta.
—Me temía que dijera eso —hace una pausa antes de sacar un sobre de su maletín—. Mire, Jaehyun, no tiene elección. Si no se va, tendré que arrestar a Doyun —advierte.
Las palabras caen sobre mí como un balde de agua helada.
—¿Qué? —pregunto con incredulidad—. No puede hacer eso.
El agente Collins abre el sobre y esparce varias fotografías sobre la camilla: imágenes de Doyun y otros mercenarios destruyendo instalaciones, enfrentándose a fuerzas de seguridad y arrasando con todo a su paso.
—Esto es Sicilia —señala una de las fotos—. Esto es lo que él ha estado haciendo mientras usted lucha por su vida aquí. Y todo sin la autorización de sus superiores. Los de arriba ya están exigiendo explicaciones y, créame, no será agradable cuando todo esto salga a la luz —amenaza.
Me quedo sin habla, observando las fotos. Cada imagen se clava como una daga en mi pecho; sé que Doyun no es un santo, pero verlo retratado en medio de semejante carnicería es algo que apenas puedo procesar.
—Si no se marcha —prosigue el agente con tono afilado—, Doyun será arrestado y llevado a juicio. Y con las pruebas que tenemos, no saldrá de prisión en mucho tiempo. Es su decisión, Jaehyun: o se va usted o él paga el precio.
Me siento acorralado. Miro las fotografías de nuevo, cierro los ojos e intento calmar el torrente de emociones que me sacude.
¿Qué debo hacer? Si me marcho, lo dejaré solo...
pero si me quedo, lo condeno. El agente Collins me observa esperando una respuesta, como un depredador paciente que sabe que su presa no tiene escapatoria.
—El ministro Geon es... —continúa el hombre— nuestro militar mejor preparado en todo Estados Unidos, por no decir de la organización entera.
Sin embargo, desde su llegada parece haberse vuelto vulnerable; ya no actúa con la cabeza fría y eso solo ocurre cuando se trata de usted.
Se ha convertido en su talón de Aquiles, en una debilidad inadmisible para uno de nuestros mejores mandos.
No es nada personal contra usted, pero debe entenderlo.
De nuevo soy yo el problema. Siento el corazón oprimido, pero tengo muy claro lo que debo hacer.
—Está bien —acato—. Me iré.
El agente asiente, satisfecho, mientras recoge las fotografías.
—Buena elección. No se preocupe, yo me encargaré de coordinar los detalles de su partida. Pero recuerde, capitán Jan —se inclina hacia mí—: esto es lo mejor para todos, incluido Doyun.
Asiento sin añadir nada más y desvío la mirada hacia la ventana. Mientras el antídoto va contrarrestando el veneno en mi cuerpo, una punzada mucho más dolorosa se instala en mi pecho: la certeza de que, al marcharme, estoy traicionando a Doyun de la peor manera posible.
Mi padre tuvo razón desde el principio, aunque nunca quise admitirlo: «El FBI, la milicia... el gobierno... Todos juegan con nosotros como si fuéramos peones en su maldito tablero de ajedrez. Tú eres mi hijo, el legítimo; no eres un miserable peón, eres el rey. Ven a mí y te lo demostraré».
Sus palabras resuenan en mi cabeza con dolorosa lucidez. Quise ser fuerte, ser independiente y vivir al margen de esa contienda de sombras y secretos. Pero, al final, todo era un espejismo. No éramos más que piezas que otros mueven a su antojo, sin importar lo que deseáramos.
Aunque se me parta el alma en pedazos, aunque me desgarre por dentro dejarlo atrás, sé que es lo correcto.
«Te estoy salvando, aunque nunca lo sepas».
Me levanto despacio de la cama; los músculos me protestan tras tantas horas de inmovilidad. Necesito marcharme. Tengo que hacerlo antes de que Doyun llegue, antes de que me vea y todo se derrumbe; si lo tengo enfrente, si me mira a los ojos, sé que seré incapaz de dejarlo.
¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo abandonar al amor de mi vida, aunque sea para salvarlo?