MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 33
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Desde las alturas distingo la silueta de la península itálica extendiéndose bajo nosotros.

Alexandre extrae un proyectil de su mochila y lo arroja al vacío desde el helicóptero; una sonrisa cargada de cinismo asoma al rostro del mafioso mientras contempla la estela de destrucción que acaba de detonar.

—El plan era arrasar Sicilia, no volar Italia entera, imbécil —le recrimino.

—¿Yo afirmé tal cosa? —se hace el desentendido—. Deberías consultar a un especialista, andas oyendo voces —se burla.

Las aeronaves inician el descenso y nos alistamos.

Apenas pisamos tierra, Alexandre y su escolta abren fuego contra todo lo que se cruza en su camino.

No transcurre mucho tiempo antes de que los hombres de los Roux comiencen a desplegarse para rodearnos, como si en verdad tuvieran posibilidades de resistir.

—Que empiece la fiesta —brama Alexandre.

Sus tropas y las mías avanzan cubriendo nuestros flancos. El enemigo intenta acortar distancias, pero no les damos tregua: Alexandre, Emily y yo, a la vanguardia, liquidamos a todo el que se aproxima, mientras el resto barre las posiciones circundantes con disparos certeros a la cabeza.

La guardia de Alexandre me cubre la espalda junto a Spencer y Adam.

Me concentro en demoler las estructuras a balazos sin preocuparme por quiénes permanezcan dentro.

Así nos abrimos paso entre una hilera de cadáveres que vamos sembrando al avanzar.

Ninguno de los nuestros ha caído herido, o al menos no lo he notado; en cuanto lo pienso, el ardor de mis propias heridas se intensifica, recordándome que el único que sangra soy yo.

Alexandre levanta el brazo ordenando el cese al fuego de nuestro lado. Elijah se hace visible y detiene a sus hombres; avanza unos metros y se planta a una distancia prudencial.

—Miren nada más: el ministro, el aspirante a Dios y la zorra barata que salta de cama en cama —escupe el sujeto—. ¿Qué se creen que están haciendo? Este no es su territorio, es el mío. No saldrán con vida de aquí. Esto no es Rusia: ¡es Sicilia, mi territorio! —brama.

Sus tiradores nos encañonan cerrando el cerco. La risotada de Alexandre rompe la tensión del silencio. Mi mirada se clava en la pelirroja que cuelga del brazo de Elijah, mirándome con una sonrisa burlona.

—Tu territorio —repite Alexandre con ironía—. He decidido que a partir de hoy tendrá una reina distinta —sentencia.

Emily da un paso al frente y se sitúa junto a él empuñando su arma.

—Pienso demoler tu reinado y sobre los escombros alzaré uno superior, con una soberana que sí sepa ejercer el mando —continúa Alexandre.

Elijah suelta una carcajada, incrédulo ante sus palabras. Emily avanza un par de pasos más, y luego otros dos, hasta quedar frente a frente con Alessia. Elijah repasa a sus guardias, desconcertado al ver que nadie reacciona ante la proximidad de Emily hacia su jefa.

—Como te advertí: este no es tu territorio —insiste Alexandre—. Es el feudo de mi mujer...

Basta una sola señal de mi hermana para que la mayoría de los hombres de Elijah abran fuego contra los pocos leales que aún respaldaban al italiano.

Elijah y Alessia se quedan paralizados, incapaces de asimilar el motín.

Emily chasquea los dedos delante de Alessia para sacarla de su asombro; ante el pánico evidente en su mirada, mi hermana suelta una risa y alza la culata del arma.

—Hola, hermana —se mofa.

Le asesta un golpe seco que la derriba contra el suelo, dejándola inconsciente. Luego se gira hacia Elijah, quien la observa con repugnancia; ella acaricia el cañón y le dedica una sonrisa gélida.

—Estoy ansiosa por oírte repetir quién es la zorra aquí...

Doyun

Sicilia arde, reducida a cenizas, todo gracias a ellos.

Camino entre los escombros con una tranquilidad aterradora.

La sangre aún gotea de mis nudillos, producto de los últimos golpes que había descargado sobre Elijah.

Él y Alessia están atados, sus cuerpos magullados jadeantes en el suelo, al borde de la inconsciencia.

Emily permanece a mi lado con una sonrisa llena de maldad y los ojos puestos en Elijah.

Alexandre se mantiene en la penumbra. Me agacho frente a Elijah y agarro su rostro con una mano, obligándolo a mirarme. Sus ojos llenos de dolor, rabia y una terquedad inquebrantable.

—Míralo —le susurro a Alessia, que yace cerca de él, con las piernas temblando por el agotamiento—. Míralo bien, porque este es el hombre que no puede salvarte.

Alessia levanta la cabeza lentamente. A pesar de todo, en sus ojos hay un desafío que me irrita: los hemos capturado y reducido a nada y, aun así, la chispa en su mirada sigue encendida.

Alexandre da un paso adelante, se detiene frente a nosotros y observa a Alessia y a Elijah cual lobo a sus próximas presas.

—Esto es demasiado fácil y predecible. ¿Dónde está el reto? ¿Dónde está el verdadero sufrimiento? —pregunta el ruso.

—¿Qué propones? —cuestiona Emily.

Alexandre se detiene entre Alessia y Elijah. Se agacha hasta ponerse a su altura; su mirada penetrante los atraviesa.

—Vamos a darles una oportunidad. Uno de ellos puede vivir —sonríe—. Solo uno.

Elijah intenta moverse, pero su cuerpo está destrozado para resistirse. Alessia aprieta los dientes, tratando de entender el juego que Alexandre propone.

—Les vamos a dar una oportunidad —continuó Alexandre—. El que mate al otro vive —propone.

Observo la expresión de ambos: el terror y la desesperación comienzan a filtrarse en sus ojos.

—Vamos a ver qué tan leal es el amor cuando está en juego la vida —añade Alexandre.

—Muy bien —dije, retrocediendo unos pasos para darles espacio—. Que elijan.

Alessia y Elijah se miran. Con sus respiraciones irregulares y sus cuerpos temblando, veo el conflicto en sus ojos; el miedo a la muerte es un veneno que ya comienza a surtir efecto.

—No... no lo haré —responde Elijah.

Alessia lo observa. Por un segundo pienso que ella también rechazará la oferta; sin embargo, puedo ver en su mirada que está considerando la posibilidad.

—¿Alessia? —jadea Elijah—. No... no lo pienses siquiera —suplica.

Ella cierra los ojos. La desesperación lucha contra el amor; sabe que no tiene muchas opciones. Ninguno de ellos las tiene. Alexandre se cruza de brazos, esperando. Emily y yo simplemente observamos, disfrutando del espectáculo.

—Tic... tac —susurro—. El tiempo corre.

Alessia se arrastra poco a poco, alcanza una piedra y regresa al lado de su esposo. Sus manos tiemblan; alza la piedra mientras Elijah la mira con una mezcla de horror y resignación.

—Alessia, por favor... no —suplica.

Con los ojos apretados y el rostro girado hacia otro lado, el estruendo de la piedra rompiendo el cráneo de Elijah es lo único que se escucha a nuestro alrededor. Pensé que lo pensaría un poco más, pero tan pronto como estuvo cerca de la muerte, su amor desapareció por completo.

Alessia deja caer la piedra con las manos temblorosas y manchadas de sangre. Cae de rodillas junto al cuerpo inmóvil de Elijah y solloza, el alivio de estar viva ya comienza a mezclarse con la culpa.

Alexandre se acerca y aplaude suavemente.

—Bien hecho. Eres libre —la anima Alexandre.

Alessia se pone de pie con esfuerzo y se tambalea ligeramente.

Se limpia la sangre de las manos en la ropa, temblorosa, con una convicción nueva en la mirada.

Me encargaré de apagar esa pequeña luz en sus ojos de la forma más cruel.

Da unos pasos más, justo cuando piensa cruzar hacia la salida, Emily se adelanta y se planta frente a ella.

—Oh, querida... —susurra Emily con diversión palpable en la voz—. ¿Pensabas que esto era tan simple?

Me acerco lentamente por detrás con pasos silenciosos, disfrutando del momento. Me inclino hacia ella y apenas rozo su oreja con mis labios al susurrar:

—No hay segundas oportunidades. Con los Geon no se juega.

Le hundo la hoja afilada que me ofreció Alexandre, sus piernas pierden fuerza.

Emily bufa con molestia y la sujeta del cabello para mantenerla de pie.

Retiro el filo y vuelvo a clavarlo recordando lo mismo que le hizo a Jessia; hundo el metal una y otra vez en su espalda hasta que empieza a escupir sangre.

La tos inicia y lo hundo con más fuerza, disfrutando del grito que deja escapar.

Le doy la vuelta solo para regocijarme al ver sus ojos llenos de terror y lágrimas.

—En tu próxima vida, cuando te encuentres con un Geon, cámbiate de acera, porque volverás a morir a manos de uno de nosotros —advierto.

Me aparto de ella lo suficiente. Emily la suelta dejándola caer al suelo; la mujer empieza a arrastrarse intentando escapar.

Tomo mi pistola y apunto hacia ella, justo al lado izquierdo de su pecho.

El primer disparo le atraviesa el torso; después viene el segundo, un tercero, un cuarto...

y pierdo la cuenta y el sentido del tiempo mientras continúo apretando el gatillo una y otra vez, hasta que el arma se queda sin balas y el toque de Emily en mi hombro es lo que me devuelve a la realidad.

—Es asombroso —halaga Alexandre.

Me mira con una fascinación que me revuelve el estómago. Sé de qué habla, de lo que acabo de hacer; ahora tiene aún más ganas de que trabaje junto a él.

—Ni siquiera lo pienses, la respuesta sigue siendo no —lo corto.

El hombre se encoge de hombros y suspira con desgano.

Toma la navaja de mi mano y camina hacia Alessia; gira el cuerpo con la punta de la bota y le rasga la ropa con el filo.

Hace una pequeña incisión en el pecho, justo donde impactaron la mayoría de las balas.

Se mira las manos y hunde la derecha en el tórax de la mujer; introduce dedo por dedo, empuja hasta meter la mano completa, sonríe y tira del brazo hacia atrás, arrancando en su puño el órgano aún latente de Alessia.

—¡Dios, Alex, qué asco! —se queja Emily.

El hombre me observa como si estuviera esperando una reacción de mi parte. Una sonrisa amplia se dibuja en su rostro al ver que no la hay; deja caer el órgano al suelo y empieza a limpiarse las manos con un pañuelo.

—Piénsatelo. Alguien como tú no debe estar pudriéndose a merced de la ley, mereces más que eso...