32
Aterrizamos en el territorio de los Petrov, en Moscú.
Para mi sorpresa, parecen estar esperándonos: nadie nos corta el paso; al contrario, unos guardias me conducen hasta el paradero de Alexandre.
Me guían por una serie de pasillos hasta detenerme frente a una puerta de hierro blindada.
Doy dos golpes y el hombre abre; antes de que medie palabra, distingo la figura a sus espaldas: Caleb Roux.
Ciertamente no lo ha ejecutado, pero al verlo en ese estado, yo preferiría estar muerto.
—Lo estaba esperando... ministro Geon... —exclama Alexandre.
Me escanea como si evaluara mis intenciones. Sus ojos se detienen en las armas distribuidas estratégicamente por mi cuerpo y sonríe.
—¿Se va a la guerra? —se mofa.
Aprieto la mandíbula. Se desentiende ante mí como si todo este asunto le causara gracia.
Desvío la mirada hacia Caleb Roux: tiene el rostro desfigurado, pero la mirada cargada de odio con la que me observa me arranca una sonrisa amarga.
¿Ya no le parece tan divertido follar con mi hermana en mis narices?
—Llevo meses viendo a tus hombres seguirnos el rastro, en especial a Jaehyun. ¿Por qué desaparecieron precisamente hoy? —bramo.
—Porque estaban ocupados en algo trascendental —se burla mientras gira sobre sus talones para encararme.
—¿Los negocios pesan más que tu propio hijo? —increpo.
—Te equivocas —responde.
Se acomoda en una silla y apoya los pies sobre una mesa repleta de herramientas salpicadas de sangre.
—Te lo advertí una vez y te lo recalco: el sindicato no es un juego.
Tengo ojos y oídos en cada rincón; todo lo veo, todo lo sé.
Sé que asesinaste a tu exesposa, sé que no fue tu primera víctima y conozco el placer que experimentas al hacerlo.
Me agrada tu perfil: te quiero dentro de la organización —suelta con calma.
—No serviré bajo tus órdenes. Hace mucho que dejé de acatar mandatos ajenos; ahora los dicto yo —ataco.
—Jamás propuse que sirvieras para mí; trabajarías a mi lado. Tu potencial me resulta útil. Pero tu urgencia actual es distinta, así que atendamos eso primero: no abandoné a mi muchacho; de hecho, dispongo de la solución —asegura.
Rebusca en sus bolsillos y extrae un frasco con líquido transparente.
—Mientras los Roux desataban el caos en la base de tu padre, intentaron rescatar a Calel, el gemelo de Caleb. La misión de mis hombres consistía en frustrar la fuga y traerlo ante mí —aclara.
—Sigo sin comprender de qué manera ese tipo o cualquier otro puede estar por encima de tu hijo —insisto.
—No lo está. Nadie en este mundo supera en valor al heredero de la sangre, pero Calel es la cabeza pensante del clan Roux.
Los cuerpos militares son ingenuos: mantuvieron bajo custodia al estratega creyendo que lo neutralizaban, cuando en realidad lo estaban blindando.
Caleb Roux fungía de cabecilla visible, pero cada golpe contra las mafias rivales y cada cuota de poder obtenida por los sicilianos provenían de la mente de su hermano.
Él diseñó todo, incluido el veneno que le administraron a mi hijo —explica.
Me cuesta procesar que sus palabras sean ciertas: haber resguardado a Calel, su mayor activo, en una prisión donde nadie lo alcanzaría, manteniéndolo intocable mientras nosotros le servíamos de escudo sin sospechar que él movía los hilos. Caleb era solo la fachada; Calel manejaba las piezas.
—Entonces, eso que sostienes es... —comento.
—No, esto es una muestra del veneno. El antídoto ya está asegurado. Esa es la diferencia entre los hermanos: este despojo es resistente al dolor físico; aquel es un cobarde, pero brillante —informa—. El antídoto ya va en camino hacia tu padre, pero tengo una propuesta que hacerte.
Tranquilizado por la suerte de Jaehyun, enfoco mi atención en Alessia, en Elijah y en la mafia siciliana. El ruso parece compartir mis intenciones; la curvatura de sus labios me lo confirma, y no dudo al exigirle:
—Suéltalo.
—Vamos a arrasar Sicilia —propone—. Demuéstrame de qué estás hecho.
Una sonrisa asoma a mis labios. En efecto, estábamos pensando con la misma sintonía. Con el antídoto en marcha, ya no tengo motivos para contenerme; siempre cumplo mis promesas, y le juré la muerte a Alessia.
—¿Qué estamos esperando? Vámonos ya —exijo.
Con una sonrisa compartida abandonamos lo que reconozco como una zona de calabozos. Al cruzar la siguiente celda, arqueo una ceja al oír los lamentos desesperados de Maddison; creí que ya le habría dado muerte.
—Su ejecución llegará cuando haya saldado un castigo equivalente a los años que atormentó a mi hijo —comenta, leyéndome el pensamiento.
Continuamos la marcha hacia el exterior, donde mi contingente aguarda junto a sus tropas. Siguiendo las instrucciones de Alexandre, sus unidades abordan los helicópteros mientras los míos se despliegan hacia los aviones.
—¡Oigan! ¿A dónde carajos van sin mí? —irrumpe Emily.
Mi hermana no espera confirmación; pone los ojos en blanco, pasa entre nosotros, clava la mirada en Alexandre y entrecierra los párpados en un gesto amenazante. El ruso la observa, luego me mira a mí, se encoge de hombros y sacude la cabeza.
—Tu hermana está... —vacila un instante— desquiciada —remata.