MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) Doyun
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Doyun

Quiero matarla y lo haré. No solo por lo que les hizo a mis abuelos: nadie se ha atrevido jamás a humillar a mi padre de esta manera. Si no tengo su corazón entre mis manos ahora mismo es porque este tipo amenaza a lo único que me importa, a lo que no pienso perder.

—En cuanto a ti, ministro de pacotilla —gruñe Elijah—, sé que entregaste a mi hermano al sindicato, así como sé que Alexandre no asesina tan rápido...

—Ajá... ¿y? —bramo.

Con una jeringa en la mano, se acerca demasiado para mi gusto; la aguja destella bajo la luz y todo mi cuerpo se tensa.

—Me entregarás a mi hermano —gruñe el hermano de Caleb—. Lo harás si quieres salvar a tu amorcito —apoya la aguja contra el cuello de Jaehyun y la introduce despacio.

El aire se vuelve denso a mi alrededor y el latido de mi corazón retumba en mis oídos. La sangre me hierve de rabia y cualquier pensamiento racional se evapora. No puedo permitir que le haga daño a Jaehyun; no mientras yo respire.

—¡Suéltalo! —rujo.

Intento abalanzarme sobre Elijah, los hombres que lo rodean no me lo ponen fácil: cinco de ellos se me echan encima como si fuera una presa sencilla, como si pudieran contenerme.

Siento los puños estrellarse contra mi rostro y mi abdomen, es como si mi cuerpo hubiera dejado de sentir dolor, enfocado en un solo objetivo: Jaehyun.

—¡Doyuuun! —grita Jaehyun.

Fijo la vista en él, angustiado por si lo han lastimado, siento un dolor punzante y agudo en el costado.

Uno de ellos ha sacado un cuchillo y ahora lo veo clavado en mi carne, tiñendo mi camisa de un rojo oscuro.

El dolor me sacude como una descarga, pero no me detengo.

El tipo que me apuñaló no tiene tiempo de reaccionar antes de que lo derribe también, moliéndolo a golpes en la cabeza hasta dejarlo inconsciente.

Avanzo hacia Jaehyun, dispuesto a destrozar a cualquiera que se interponga entre nosotros.

Un disparo resuena en el recinto y un ardor desgarrador me atraviesa el brazo.

Suelto un gruñido y veo la sangre que empieza a empapar mi manga.

Alzo la vista y allí está Alessia, con una pistola en mano, apuntando directo a mi pecho.

—¡El siguiente tiro será para Jaehyun si no te calmas, bastardo! —amenaza Alessia.

Me quedo inmóvil, con la respiración entrecortada; el dolor del balazo y la puñalada se disputan mi atención, lo único que me importa es Jaehyun. Está aterrado; me mira con esa mezcla de angustia y confianza que siempre muestra cuando está en peligro. Alessia se aproxima; no bromea, puedo sentirlo.

Un movimiento en falso y Jaehyun pagará el precio. El hermano de Caleb aún sostiene la jeringa, sonriendo de medio lado mientras permanece pegado a Jaehyun. Mi cuerpo está al límite, pero me da igual: pienso protegerlo cueste lo que cueste.

—Lo único que tienes que hacer es traerme a mi cuñado, Geon —dice Alessia—. Solo tienes que acudir a Alexandre, dejar de pelear y tu amorcito no sufrirá. Ustedes ya perdieron.

Miro a Jaehyun; no hay alternativa, no puedo permitir que lo lastimen. Con un suspiro tembloroso, dejo caer los puños a los costados mientras el dolor en mi brazo late a cada segundo. Mis ojos no se apartan de Jaehyun, asegurándole con la mirada que esto no ha terminado; ni de cerca.

—Está bien —murmuro, sin apartar los ojos de Jaehyun—. Lo haremos a su manera... por ahora.

Elijah sonríe satisfecho con mi respuesta. Saben que, si es a cambio de su bienestar, traeré a esa basura frente a ellos.

—Te creo —asegura—, pero necesito una garantía —agrega.

Hunde la aguja e inyecta el líquido transparente en el brazo de Jaehyun.

—Verás... —comienza Alessia—. Tienes doce horas, quizá menos, para traer a Caleb ante mí.

De lo contrario, el veneno que corre por las venas de tu amado alcanzará su corazón y su cuello, entonces no habrá salvación.

No pierdas el tiempo buscando alternativas porque no existen.

Estoy segura de que el sindicato colaborará contigo, hermanito...

Sus hombres la rodean mientras comienza a caminar hacia la salida. Con una sonrisa en los labios, mira a los miembros del consejo y se despide agitando los dedos con burla; Elijah es el siguiente en replegarse poco a poco, mientras sus hombres nos apuntan con las armas.

Avanzo hacia Jaehyun y lo sostengo en cuanto sus piernas ceden. Se aferra a mi cuerpo como si temiera que lo soltara, con las manos temblorosas y los ojos anegados en lágrimas.

—Me arde... pica mucho... duele —se queja.

Mis ojos descubren unas marcas oscuras que se ramifican por sus brazos, semejantes a venas negras. Le desabrocho la camisa: a medida que transcurren los segundos, las líneas avanzan como si se arrastraran bajo la piel.

—¡Tic, tac, tic, tac! —grita Alessia antes de subir a su camioneta.

No entiendo cuándo ni cómo las cosas se me fueron de las manos de esta manera.

No sé cómo permití que le hicieran esto a mi familia.

Por un lado, tengo al hombre que amo inconsciente en mis brazos y, a pocos metros, al hombre que me ha querido cada segundo de mi vida: mi padre, completamente destrozado.

Oír su voz quebrada mientras intenta hacer reaccionar a Jessia despierta sentimientos en mí que jamás creí albergar por nadie.

Giro la cabeza cuando lo escucho tararear una melodía. Me queman los ojos al verlo así: de rodillas en el suelo, con su esposa en brazos, apartándole el cabello de la cara mientras le canta. Su voz se entrecorta por los sollozos y el pecho se me encoge al oírlo.

—Despierta, bruja... Por lo que más quieras, abre los ojos y golpéame por arruinarte el día. Golpéame, Jess, dime algo... —suplica.

Uno de los compañeros del presidente se le acerca y le pide que trasladen a Jessia al hospital militar, que hagan lo que esté en sus manos, aunque dudo de que quede mucho por hacer; aun así, ahora mismo acataré cualquier orden de Andréi.

Él y Jaehyun son lo único que me importa, y ese Alexandre ya me va a escuchar.

Otros soldados se ocupan de levantar los cuerpos de mis abuelos para prepararlos y darles el último adiós con dignidad.

Me incorporo del suelo y acomodo a Jaehyun entre mis brazos; mi padre hace lo mismo con Jessia y ambos subimos al vehículo que llega a recogernos.

Nos trasladan al hospital militar y el equipo médico se lleva a Jessia de urgencia.

Por mi parte, me recibe el mismo doctor que atendió a Jaehyun la última vez.

—¿Qué le ocurrió ahora? —indaga el médico, y lo miro con una mezcla de desdén y furia—. Solo para saber cómo proceder.

—Veneno. Le inyectaron una sustancia. Mire, iré con mi padre; usted canalícele una vía intravenosa y manténgalo hidratado. Yo conseguiré la cura para esta mierda...

—Entendido, señor —responde el médico.

Salgo de la sala dejando a Jaehyun al cuidado del doctor. Recorro los pasillos hasta dar con el presidente; clavo la vista en las puertas del quirófano. No sé si aún haya algo que puedan hacer por ella, pero si existe una oportunidad, confío en que la aprovechen.

—¿Qué están haciendo? —pregunto.

Me siento a su lado. No dispongo de tiempo, pero me niego a marcharme sin saber que estará bien.

—El cirujano dijo que aún tiene pulso, muy débil. Los disparos fueron cerca del corazón... No sé si resista. Era... su primer día como mi esposa y le fallé... —se lamenta.

—No, no le fallaste —replico.

Le pongo la mano sobre el hombro y le doy unas palmadas, pero él se reclina y apoya la frente contra mi costado.

—Jess es fuerte, es tu mujer, es una Geon; ella va a salir adelante y tú estarás a su lado para compartir esa vida. En cuanto al bebé, estoy seguro de que podrán intentarlo más adelante, ¿de acuerdo? Pero no te derrumbes así: a ella no le gustaría ver a su marido en este estado —lo aliento.

Mi padre alza la cabeza y una sonrisa débil y melancólica asoma a sus labios.

—¿Desde cuándo consuelas a los demás? —pregunta.

—Desde que la persona que necesita consuelo eres tú —respondo.

Le acaricio la espalda con calma. Él asiente y recupera de golpe la seriedad.

—¿Qué piensas hacer con lo del capitán Jan? —cuestiona.

Es más que evidente lo que haré. Sé que no puedo recurrir a la milicia para esto: requeriría solicitar autorizaciones oficiales y convocar al consejo a una sesión que tomaría horas, un tiempo del que no dispongo; además,

sé de sobra que más de uno se negará a movilizar a mis soldados para un asunto que no atañe a la seguridad nacional ni al gobierno.

—Resolver —contesto—. Así me enseñaste a actuar: resolviendo mis propios asuntos...

—Sabes bien que no puedes movilizar tropas sin nuestra autorización —interviene uno de los miembros del consejo—. Para solicitar armamento y una brigada tendrías que...

—¿Acaso pedí tu opinión? —lo corto antes de que continúe soltando estupideces—. No les estoy rogando auxilio, no lo necesito, ni tampoco ocupo sus armas. Que te tenga sin cuidado cómo lo solucionaré; solo cierra la boca antes de convertirte en el próximo paciente de este lugar...

—¿Me estás amenazando? —brama el hombre.

—Tómalo como gustes —lo encaro.

—Basta, Gabriel. Ya te dejó claro que no le interesa tu opinión; cierra la boca —interviene Andréi—. Haz lo que tengas que hacer —añade mirándome—. Yo responderé ante quien sea necesario.

Asiento con la cabeza. La verdad es que puedo dar la cara por mí mismo ante cualquiera, pero no me gusta hacerle sentir que ya no lo necesito; menos ahora, con lo que acaba de suceder, cuando es el único capaz de quererme incluso conociendo mi peor faceta,

cuando ha sido él quien me ha amado sin juzgarme.

Me pongo de pie y regreso a la habitación donde yace Jaehyun. Sigue inconsciente, así que me acerco a la camilla, me inclino sobre él y le acaricio la mejilla. Examino las marcas, semejantes a grietas oscuras en su piel; se han extendido un poco más, y apenas ha pasado una hora larga.

—Voy a conseguir la cura, roi. Me aseguraré de que paguen todos los que te dañaron a ti y a mi familia, uno tras otro. Te lo juro —aseguro.

Me incorporo y dejo un beso en su frente antes de salir. Tomo el teléfono y contacto a un grupo de exmilitares de mi absoluta confianza. Antes de que pueda marcarle a Spencer, me lo encuentro en el pasillo junto a otro oficial; si la memoria no me falla, de apellido Adam.

—Estamos a tus órdenes —afirma Spencer.

Miro al otro hombre, quien ejecuta el saludo militar y asiente, confirmando que también marchará conmigo.

Subimos a los vehículos y abandonamos la ciudad rumbo a Massachusetts para reunirnos con los mercenarios.

No se trata solo del dinero acordado: es la lealtad, la certeza de que cuentan conmigo del mismo modo en que yo me apoyo en ellos.

En cuestión de minutos los pongo al tanto del plan y de quiénes serán nuestros aliados.

Nadie pone objeciones a colaborar con el sindicato, siempre y cuando no haya intromisiones mutuas y se respeten los acuerdos. Abordamos los jets privados registrados a nombre de mi abuelo; me pertenecen, desde luego, pero prefiero mantener ciertas propiedades bajo otra titularidad.