MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) Doyun
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Doyun

Bajo del coche junto a Jaehyun. La ceremonia se llevará a cabo en la base militar donde trabajamos, un lugar que tiene un gran significado para nuestra familia.

Todo está impecablemente decorado, con una elegancia sobria que combina a la perfección con el ambiente castrense.

Las banderas ondean al viento y el sonido lejano de los aviones sobrevolando le da un toque especial a la atmósfera.

El lugar está lleno de compañeros de la base, amigos y unos pocos familiares cercanos; es obvio que mis abuelos no vendrán.

Recorro el espacio con la mirada. Jessia está de pie al lado del altar; lleva un vestido blanco que le queda perfecto, resalta su elegancia natural y la hace lucir como lo que es: la mujer de mi padre.

Nos acercamos a Jessia; ella se gira para saludarnos y su sonrisa radiante ilumina todo a su alrededor.

—Doyun, Jaehyun —saluda con entusiasmo, abrazándonos a ambos—. ¿Cómo me veo?

—Estás increíble, Jess —le dice Jaehyun con una sonrisa.

—Andréi es un hombre con muy mala suerte —bromeo.

Ella suelta una risa que contagia a todos los que están cerca.

—Bueno, quería un vestido negro —confiesa, bajando un poco la voz como si fuera un secreto entre nosotros—. Porque, ya saben, hoy se muere mi lado fiestero y desaparece el ganado, pero me toca conformarme.

Jaehyun y yo no pudimos evitar echarnos a reír con ella, y pronto estábamos los tres compartiendo ese momento de complicidad que solo se da entre amigos.

Era tan típico de Jessia hacer bromas para calmar los nervios y mantenerlo todo ligero y divertido.

Mi padre aparece a la distancia y mi corazón se llena de orgullo.

Andréi lleva su uniforme militar, impecable como siempre, con todas sus insignias reluciendo bajo el sol. Camina con esa postura que siempre he admirado en él, la de un hombre que ha vivido mucho, pero que sigue en pie, fuerte y digno. Sus ojos brillan con una felicidad que pocas veces le he visto.

Nos acercamos al altar. Jessia toma el brazo de mi padre, preparados para dar ese gran paso. El sacerdote, vestido con su sotana blanca, se posiciona frente a ellos, sonriendo con calma.

—Queridos hermanos y hermanas —comienza el sacerdote con una voz serena que capturó la atención de todos—.

Hoy nos reunimos aquí para celebrar la unión de dos almas que se han encontrado en este vasto mundo y que hoy, ante los ojos de Dios y de todos nosotros, se comprometen a caminar juntas por el resto de sus días.

El sacerdote los declara marido y mujer.

Ambos se besan mientras los demás aplaudimos; la música se enciende y una avioneta cruza por encima de nosotros llamando nuestra atención.

En el cielo dibuja un «Feliz matrimonio», lo que me hace sonreír; yo no soy tan romántico como para pensar en detalles así.

La misma avioneta regresa trazando una línea roja en las alturas.

Vuelvo a centrar mi atención en el presidente, que viene hacia nosotros, toca mi hombro y me sonríe.

—Gracias, hijo, por el detalle de la avioneta —exclama, mirándome con afecto.

Frunzo el ceño ante sus palabras; yo no hice eso ni le pagué a nadie.

—No... yo no... —intento explicar.

—Señor... señor presidente —interrumpe uno de los guardias que vigilan afuera. Trae en la mano una caja pequeña que se ve algo húmeda por debajo—. Dijeron que esto es para usted —añade el hombre, ofreciéndole la caja a mi padre.

La tomo de sus manos y la abro sintiendo el frío que despide; dentro hay una bolsa que abro bajo la atenta mirada de mi padre y de los demás presentes. No puedo explicar lo que siento al ver lo que hay dentro; mi falta de reacción hace que Andréi se acerque.

—¿Qué es? ¿Quién lo envió? —cuestiona, y niego con la cabeza.

No puedo asimilar lo que acaba de pasar. ¿Quién sería capaz de hacerle algo así a mi padre? Mis abuelos... Ciertamente no nos llevábamos bien, pero esto... Familia es familia, y a mi familia no se la toca.

Reacciono cuando el presidente me arrebata la caja de las manos.

Su rostro pierde la expresión y el color, como si toda la sangre de su cuerpo se hubiese drenado; se queda estático observando el contenido, aprieta la mandíbula y vuelve a cerrarla.

Mi pecho se oprime al ver la desesperación y la tristeza en sus ojos.

Acaricia la caja y se la entrega a uno de sus compañeros del consejo.

Intento acercarme, antes de que lo logre, la agresividad y la furia de su voz hacen que me estremezca.

—¡¿Quién fue?! —le pregunta al muchacho que le entregó la caja; el soldado niega y retrocede—. ¡¿Quién mierda se atrevió a tocar a mis padres?!

La ira habla por él, pero no lo culpo: asesinaron a sus padres el día de su boda, enviaron sus cabezas metidas en hielo hasta aquí, como si fuera una maldita burla. Sus ojos muestran una oscuridad que nunca había visto en ellos.

Antes de que alguien pueda articular palabra, el repiqueteo de unos tacones capta nuestra atención.

La mujer a la que conozco a la perfección sale de entre la multitud con una sonrisa en los labios.

Su cabello rojo cae sobre su espalda, viste un traje negro que se ciñe a su cuerpo como si estuviese mojado y camina con elegancia hacia nosotros, plantándose a la altura de Jessia.

Mi vista se desvía hacia el collar que adorna su cuello, en especial a ese nombre grabado en él, esa figura de un ángel con las alas abiertas que lo corona: Azrael.

Alessia. La mujer a la que mi padre crio como si fuera su propia hija...

Todo este tiempo la estuvimos buscando teniéndola delante de nosotros, dentro de nuestro círculo.

Echo mano a mi arma, ella chasquea los dedos mientras niega con la cabeza, mueve el índice de un lado a otro y susurra: «No».

—Yo que tú no haría eso —sisea.

Antes de que pueda reaccionar, nos vemos rodeados por los hombres de la mafia siciliana; varios de nuestros propios soldados también nos encañonan. Lo único que puedo ver es a Elijah Roux sujetando a Jaehyun por el cuello mientras presiona el cañón de su pistola contra la cabeza de mi chico.

—El arma al suelo, pedazo de mierda —ordena Elijah.

Obedezco sin dudar: dejo la pistola frente a mis pies y levanto ambas manos. Me vuelvo hacia Alessia; la mujer sonríe mirando la caja en manos del militar a su lado.

—El abuelo y la abuela no querían venir, así que los traje personalmente. ¿Qué opinas, papá?

—Alessia, ¡¿qué mierda hiciste?! —reprocho.

Uno de sus hombres se coloca al lado de la mujer arrastrando dos cuerpos decapitados.

Dejan caer los cuerpos inertes frente a mí: mis padres.

El viento sopla suavemente, una brisa azota mi cara; una brisa que no tiene ningún derecho a ser tan apacible en un momento como este.

El suelo bajo mis pies está manchado de un rojo que no parece real.

Mi mente trata de comprender lo que mis ojos ven: los cuerpos de mis padres bañados en su propia sangre y, en medio de esa escena, ella...

la mujer a la que he criado como si fuera mi propia hija.

La niña que había acogido bajo mi techo, a quien había cuidado, protegido y querido durante tantos años, ahora de pie, con las manos limpias, como si no hubiera hecho nada, y una mirada vacía que no reconozco.

Mi respiración se vuelve errática mientras doy un paso hacia adelante.

Mis piernas se sienten pesadas, como si el suelo tratara de atraparme impidiéndome avanzar.

Me siento atrapado en una pesadilla; el mundo se tambalea y gira a mi alrededor, pero la única cosa que permanece fija es esa imagen aterradora frente a mí.

Ella levanta la mirada al escuchar mis pasos. Sus ojos, esos ojos que he visto crecer desde que era solo una niña, están vacíos. No hay remordimiento ni dolor, solo una frialdad cruel. La traición se enrosca alrededor de mi corazón como una serpiente venenosa, apretando con cada segundo que pasa.

¿Cómo pudo haberlo hecho? ¿Cómo pudo haberles quitado la vida a las personas que la habían tratado como a una nieta, que la habían querido como a una de nosotros? Incluso la trataban mejor que a nosotros.

—¿Por qué? —pregunto.

La palabra sale de mi boca sin que siquiera me dé cuenta: rota, casi en un susurro.

Apenas puedo reconocer mi propia voz, tan cargada de dolor y desesperación.

Ella no responde, ni siquiera parpadea. Una lágrima traicionera se desliza por mi mejilla; la aparto, negándome a mostrarle cuán destruido estoy por dentro.

Esta traición duele más que cualquier bala o puñalada que pudiera haber recibido.

He dejado entrar a un lobo en mi hogar, y ahora está de pie en medio de las ruinas de lo que una vez fue mi familia.

No sé cuánto tiempo paso ahí, en silencio, observándola, tratando de comprender algo que no tiene explicación.

La conexión que habíamos compartido durante todos esos años ha desaparecido, dejando en su lugar un vacío oscuro y profundo. Ella no es mi hija. Nunca lo fue. Es una traidora, una asesina, y ha destruido lo que más amaba. La familia de un Geon no se toca.

Giro la cabeza y observo el rostro de mi hijo. Está furioso; de no ser por ese imbécil que tiene a Jaehyun acorralado apuntándole a la cabeza con un arma, uno de los dos ya habría asesinado a esta maldita mujer de la que nunca debí compadecerme.

—Fue tu culpa, papá —exclama Alessia.

—No me llames así —interrumpo.

Aprieto los puños. No soy estúpido; entiendo a la perfección por qué eligió quedarse justo al lado de mi esposa: es la única manera en que pueden joder a un Geon, amenazando a sus seres queridos.

—Nunca fui tu padre, nunca lo seré —respondo.

—Sí, bueno, como decía: ellos solo pagaron el dolor que les provocaste a mis padres —me mira con desprecio—. ¿Creías que nunca sabría la verdadera razón de ese accidente? ¡Fue tu culpa! ¡Tú mataste a mis padres, fuiste tú! —reprocha.

—Tu padre se lanzó del puente mientras ustedes iban en un auto en marcha. Sobreviviste por mí, pero debí dejar que te murieras; estarías en el infierno quemándote junto a ellos —bramo.

—La que se irá al infierno es otra —dice con una sonrisa.

Uno de sus hombres sujeta a mi esposa. Jessia intenta defenderse, logra soltarse del agarre y le da un puñetazo en la cara a Alessia.

Intento avanzar hacia ella, otro hombre patea a mi mujer en el estómago dejándola sin aire.

Me congelo. Ella se lleva las manos al vientre y me mira con los ojos abiertos por la sorpresa del dolor.

Alessia la agarra del cabello, saca una navaja de la falda de su vestido y juega con ella para que la vea.

«Mi hijo, la pequeña personita que aún no ha nacido está en medio de todo esto... Mi bebé».

—Tu problema es conmigo, ella no tiene nada que ver. Suéltala —intento negociar.

—¡Arrodíllate, inclínate ante mí y discúlpate por lo que hiciste! —ordena.

Aprieto los puños. Siento la mirada de Doyun puesta en mí; ni él ni yo nos hemos arrodillado jamás ante nadie que no sea Jessia. Ella realmente lo vale, pero esta mujer va a pagar caro lo que está haciendo.

—¡Detén esto ahora y te prometo que te daré una muerte rápida! —le asegura Doyun.

Ella se carcajea, pero solo se encoge de hombros; sabe de lo que es capaz Doyun, aunque cree que él no violaría las leyes.

—Supongo que necesitas más motivación —dice.

Se ríe con burla y levanta una ceja. El grito que suelta Jaehyun me hace reaccionar.

Mis ojos se desorbitan: la mancha de sangre en el vestido de novia de mi esposa se va agrandando poco a poco.

La apuñaló por la espalda; atravesó su cuerpo hasta asomar la hoja por el frente.

Ella me mira con los ojos anegados en lágrimas, sin querer mostrarse débil.

Alessia retira la hoja filosa un poco y vuelve a clavarla de golpe.

Jessia entrecierra los ojos, tose un par de veces y su boca se llena de sangre. Sus ojos no se apartan de los míos y, aunque mi mente se opone, mis piernas se doblan como si tuvieran voluntad propia. Mis rodillas tocan el suelo y mis ojos viajan hacia Alessia, hacia la sonrisa amplia en sus labios.

—Andréi... Amor, ponte... ponte de pie, no... no lo hagas —suplica mi mujer.

Alessia vuelve a retirar la hoja ensangrentada y, aun apretando los dientes, agacho la cabeza ante ella.

«Pagará por esta humillación; esta no se la cobran mis hijos».

—Ya hice lo que pediste... Libera a mi mujer, déjala fuera de esto...

—¿Y la palabra mágica? Es que creo que no la escuché —se burla.

El sonido de la tos de Jessia resuena en mis oídos. Aprieto los dientes con más fuerza y asiento.

—Por favor... déjala ir... —suplico.

—Está bien, después de todo soy una buena persona —dice.

Levanto la cabeza. La suelta y mi esposa se tambalea; intenta llegar a mí mientras me mira y sonríe, intentando darme ánimos, sé que la sangre del suelo, la misma que le baja por las piernas, no proviene de su abdomen: es mi hijo, se ha ido.

—Vamos, palomita, ve con tu marido —musita Alessia.

Jessia me mira. Doyun intenta avanzar hacia ella, Elijah hace un chasquido de desaprobación y se encoge de hombros, jugueteando con el cabello de Jaehyun al mover el cañón del arma entre las hebras.

Jaehyun no parece estar pensando en eso: toda su atención está puesta en Jessia, la única amiga que ha tenido aquí.

Asiento mirando a mi esposa; ella da un paso vacilante y luego otro, y sonrío al verla acercarse despacio.

El sonido de los disparos, mezclado con el grito desgarrador de Jaehyun y las maldiciones de Doyun, me paraliza el corazón.

Dos manchas de sangre brotan en el pecho de mi esposa, justo en el costado izquierdo, ensanchándose hasta que ella me dedica una última sonrisa antes de desplomarse.

Su figura es reemplazada por la carcajada de Alessia, quien sostiene el arma apuntando esta vez hacia mí.

—Ese será mi cobro por lo que hiciste. Esperaré con paciencia a que tengas la felicidad entre las manos y te la arrebataré, justo como hiciste conmigo —se ríe a carcajadas.

Me arrastro por el suelo hasta llegar a mi esposa. Sacudo su cuerpo, pero no hay respuesta: no hay palabras, no hay respiración, no hay nada. Me lo arrebató todo.