MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 36
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—¿Sabes qué es lo peor de todo esto, Spencer? —comento.

Spencer levanta la vista de su vaso, con los ojos ya vidriosos por el alcohol, pero atento.

—¿Qué? —responde.

Le doy un sorbo al whisky; el líquido quema mi garganta, pero el dolor físico es mejor que lo que llevo dentro.

—Que lo amo de verdad —susurro—. Y él... se fue. Se fue como si yo no significara nada.

—¿Y qué te sorprende? —murmuró después de un rato, con la voz teñida de amargura—. Las personas traicionan. Es lo que hacen, especialmente cuando empiezas a creer en ellas.

—El amor es una mierda, Spencer —dije, más para convencerme a mí mismo que a él—. No vale la pena. Nunca más voy a dejar que alguien juegue conmigo de esta forma. ¿Sabes qué? Jaehyun se puede ir al diablo. No lo necesito. No necesito a nadie. Jodidamente soy Geon Doyun.

Spencer suelta una risa amarga, llevándose el vaso a los labios.

—Al menos a ti te amaron. Al menos supiste lo que es eso, aunque fuera por un tiempo o una fachada.

—Supongo que ambos estamos jodidos, entonces —murmuro.

—Sí, estamos jodidos —concuerda Spencer.

Levanto el vaso una última vez, lo miro fijamente antes de tomar el trago de golpe.

Esta será la última vez que menciono su nombre.

Jaehyun se ha ido y yo también lo dejaré ir; y si un día nos volvemos a encontrar, que Dios, el diablo o cualquier entidad con el poder de hacerlo lo aparte de mi camino, porque no tendré piedad.

El aire en la base militar está denso, cargado de una mezcla de sudor, hierro y rutina.

Jaehyun avanza por el recinto, con el eco de sus pasos resonando en los largos pasillos.

Las miradas de sus antiguos compañeros lo siguieron con curiosidad: algunos con sorpresa, otros con un saludo respetuoso.

A pesar de las sonrisas y palmadas en la espalda que le dieron, sentía un vacío que nada ni nadie podía llenar.

La base había sido su hogar, su refugio en otro tiempo, pero ahora todo se sentía frío, extraño.

Doyun no estaba allí. Recordaba con claridad los días que pasaron juntos: los entrenamientos, las misiones, las risas compartidas en los momentos de descanso.

Pero ahora, cada rincón de la base le parecía más oscuro, más solitario.

Las noches eran las peores, con el teléfono en la mano y el brillo de la pantalla iluminando su rostro cansado. Miles de veces abrió la aplicación de mensajes, escribió algo y luego lo borró. Las palabras nunca eran suficientes.

¿Cómo le explicaría todo lo que sentía? ¿Cómo podría hacerle entender que lo necesitaba, que cada día sin él lo estaba destruyendo?

«Te extraño».

«¿Dónde estás?».

«¿Por qué no me buscas?».

Cada mensaje quedaba suspendido en el aire, nunca enviado.

La pantalla se apagaba y Jaehyun se quedaba solo en la oscuridad de la habitación, con la luz parpadeante de la base militar al otro lado de la ventana.

A veces deseaba que las cosas hubieran sido diferentes, que pudiera ser honesto con Doyun, que pudiera... decirle todo.

Los meses pasaron, cada día más insoportable que el anterior.

Al fin llegó el día en que no pudo soportarlo más e hizo lo que había estado evitando desde hacía meses: viajó a Rusia.

Sabía que era la única opción que le quedaba; su padre, Alexandre Greco, era el único que podría ayudarlo.

Sabía que era peligroso, que una vez que cruzara esa línea ya no habría vuelta atrás. Pero no le importaba.

Los siguientes días fueron un torbellino de entrenamiento y enseñanzas.

No eran lecciones físicas como las que había tenido en el ejército; esto era algo diferente, algo mucho más oscuro.

Su padre lo entrenó para endurecer su mente, para controlar sus emociones, para sofocar cualquier sentimiento de debilidad o dependencia.

Le enseñó a manipular, a moverse en las sombras, a ser el cazador y no la presa.

Y poco a poco, Jaehyun sintió cómo su dolor se convertía en algo más.

Se endureció. La tristeza que sentía por Doyun seguía ahí, pero ahora estaba enterrada bajo capas de una nueva fortaleza, una máscara que podía ponerse y quitarse a voluntad.

Se estaba convirtiendo en lo que su padre siempre quiso para él: alguien a quien nadie se atrevería a desafiar.

Había sacrificado algo invaluable en el proceso, pero fue necesario.

Un año después.

Han pasado ya tantos meses desde que Jaehyun se fue, pero para Doyun el tiempo parecía haberse detenido. Todo cambió en el momento en que se marchó. Al principio intentó mantener la rutina, cumplir con sus deberes como siempre lo había hecho.

Volvió a ser el militar recto e implacable, el soldado al que todos admiran y temen. Pero había una diferencia ahora: era una versión hueca de sí mismo, una sombra de lo que había sido cuando Jaehyun estaba a su lado.

«Además, ahora tiene una fuerte pelea con su polla, con aquella que se niega a endurecerse si no está cierto rubio en sus pensamientos; aquella que nunca le falló le declaró la guerra y ha anunciado una abstinencia en la que lleva más de un año. Su enemigo mortal, lo llama Doyun».

Tenía que volver a ser el hombre que era antes, el hombre que no se deja gobernar por las emociones.

Y así lo hizo. Cada día, la base era un recordatorio constante de lo que había perdido, pero lo ocultaba bien.

Su equipo no lo notaba, y si lo hacían, sabían que era mejor no preguntar.

Volvió a sus antiguos hábitos, manteniendo una distancia profesional, sin permitir que nadie se acerque.

La tristeza de su padre lo perseguía como una sombra.

Jessia había despertado, pero se negaba a vivir con él; no lo recordaba, y Andréi, por primera vez en su vida, parecía roto.

Doyun lo veía a menudo en su oficina, con la mirada perdida, preguntándose si alguna vez podría recuperar a la mujer que ama.

Ha intentado estar con otras personas, quizás con la esperanza de olvidar a Jaehyun, de llenar el hueco que siente.

Pero era imposible. Cada vez que lo intentaba, algo lo detenía, como si su cuerpo mismo rechazara la idea de llegar hasta el final.

Era una frustración que lo consumía, una impotencia que lo hacía sentir cada vez más perdido.

Una mañana, mientras estaba en su oficina, Spencer entró sin previo aviso.

—¿Para qué me llamaste, Doyun? —pregunta—. ¿Quieres hablar sobre tu disfunción eréctil o algo así? —se burla.

Doyun lo mira con furia, con la mandíbula apretada.

—Vete al infierno, Spencer —brama.

Maldice en voz baja. Spencer se encoge de hombros con una sonrisa burlona.

—Solo trato de ayudar. Ya sabes, hay terapias para eso —insiste.

Doyun lo fulmina con la mirada; Spencer se limitó a soltar una risa suave antes de salir de la oficina. En el fondo, sabía que su amigo solo intentaba sacarlo de ese estado, pero el recordatorio constante de su incapacidad para seguir adelante solo lo hundía más.