MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 29 #3
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—Me marcho. Buscaré un sitio con buen trago y música de verdad, lejos de este nido de serpientes; este ambiente sencillamente me ahoga —concluye Emily.

Mi tía, la devota, se retira el velo y la mantilla que le cubrían la cabeza, aclara la garganta y se incorpora de su asiento.

—Para ser franca, dejé los hábitos hace ya bastantes años; de hecho, tengo un hijo con el padre Styles. Me voy de copas con Emily —confiesa.

Los demás nos levantamos al mismo tiempo.

Ignoro si mi padre se sumará al grupo, pero tengo claro que acompañaré a mi hermana; a su alrededor siempre sobran el licor y el movimiento, y pienso aprovechar para llevar a Jaehyun a despejarse.

Nos encaminamos a la salida en silencio.

Jessia luce un anillo de compromiso en la mano izquierda, mientras mis abuelos no nos quitan los ojos de encima, consumidos por la indignación y el desprecio.

Jaehyun les sostiene la mirada sin arredrarse, con la frente en alto. Le paso el brazo por la cintura y lo pego a mi costado, arrancando en los viejos una expresión de espanto desmedido.

—Si no tienen intenciones de repartir la herencia, ahórrense la llamada —remato antes de cruzar la puerta.

Ya en la entrada exterior, una mujer desciende de la camioneta de Alexandre cargando un bulto envuelto en mantas entre los brazos.

Sé de sobra de qué se trata, pero permanezco inmóvil: me aterra la reacción de Jaehyun.

Otra hermana, luego de que la anterior lo destrozara tanto...

Desconozco cómo lo asimilará; lo único seguro es que permanezco a su lado, y así será siempre.

La mujer me mira con una sonrisa tranquila y comprensiva, como si entendiera la tormenta de emociones que se arremolina dentro de mí. Me extiende suavemente el bulto y, por un instante, dudo.

¿Seré capaz de sostenerla?

Mis manos actúan por sí solas: las extiendo y recibo a la pequeña con cuidado.

Al sentir su peso en mis brazos, una ola de calidez me invade.

Es tan pequeña, tan frágil, pero tan... perfecta.

Mis manos tiemblan mientras aparto un poco las mantas de su rostro, y ahí están.

Sus ojos, grandes y curiosos, me observan fijamente, del mismo tono gris azulado que los míos.

Su cabello, suave y dorado, enmarca su pequeño rostro como si fuera un rayo de sol atrapado en su cabecita.

—Es igual a mí —susurro.

Las palabras apenas salen de mis labios temblorosos. Mis dedos acarician suavemente uno de esos rizos dorados, y una sonrisa, mezcla de incredulidad y felicidad, se dibuja en mi rostro.

—Mi princesa... mi pequeña —mi voz tiembla.

Es imposible detener el torrente de emociones que siento al tenerla tan cerca.

Es como si el mundo entero se hubiera reducido a este preciso momento, en el que la sostengo por primera vez, en el que siento su respiración, en el que sus pequeños dedos se aferran a los míos.

Nunca imaginé que algo tan diminuto pudiera hacerme sentir tan pleno, tan completo.

—Eres tan hermosa —murmuro, con el corazón hinchado de amor—. Eres mía, mi hermanita.

Miro a mi pequeña princesa, mía, y sé que haré todo lo posible por protegerla, por estar a su lado siempre.

En mis brazos, siento que el mundo es un lugar más brillante, más cálido, y nada ni nadie podrá cambiar eso.

Tengo a mi hermana en brazos, incapaz de apartar la mirada de sus ojos grises, cuando siento una presencia a mi lado.

Al voltear, encuentro a Doyun acercándose, con esa mezcla de curiosidad y suavidad como el metiche que es. Se inclina ligeramente y observa a la pequeña.

—Es preciosa, ¿verdad? —murmuro, con una sonrisa que no puedo controlar.

Doyun inclina la cabeza y observa con detenimiento a mi hermana. Por un momento, permanece en silencio y luego, con un bufido juguetón, suelta:

—Está bien, lo admito, es bonita. Pero tú eres mucho más hermoso, roi —elogia.

Antes de que pueda responder, escucho pasos a nuestras espaldas. Es mi padre; se acerca con su típico aire de calma y autoridad. Me mira a mí, luego a la bebé, y una sonrisa se asoma a sus labios.

—Ella se llama Anika —dice con suavidad—. Anika Jan, si estás de acuerdo.

Me quedo quieto por un momento, asimilando el nombre. «Anika». Es un nombre hermoso, fuerte, y de alguna manera encaja perfectamente con ella.

—Quiero pedirte algo, Jaehyun —su tono se vuelve más serio—. Debido a mi situación con ciertos países, no quiero que Anika lleve mi apellido. No en sus documentos americanos. Quisiera que la registráramos como tu hija en Estados Unidos. Necesito tu consentimiento para esto —propone.

La sorpresa me deja sin palabras por un instante.

La idea de que Anika lleve mi apellido, de que sea vista legalmente como mi hija, era algo que no esperaba; pero cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de lo mucho que significa para mí.

No solo es mi hermana, sino que ahora, de algún modo, se convertirá en una parte aún más esencial de mi vida: en mi hija.

—Claro que sí, papá —respondo con una sonrisa que refleja toda la felicidad que siento en este momento—. Me encantaría que Anika lleve mi apellido.

Mi padre asiente, visiblemente aliviado y agradecido. Miro a mi pequeña, y no puedo evitar sentir que el futuro se ve brillante y lleno de posibilidades. Anika Jan, mi hermanita, mi hija legalmente. No podría estar más feliz de que así sea.

Doyun, a mi lado, nos observa con una sonrisa divertida, como si estuviera planeando alguna travesura.

—¿Sabes? —comienza, con ese tono juguetón que conozco bien—. Ahora que tienes una hija, supongo que tendré que preocuparme por la pensión alimenticia.

Levanto la mirada hacia él, sorprendido por el comentario, antes de que pueda decir algo, continúa:

—No es broma, roi. Nunca pensé en gastar mi dinero en niños, pero puedo hacerlo.

Piensa en todas las cosas que no podremos hacer ahora que tendremos una bebé en casa.

Adiós a las noches de fiesta, a las escapadas espontáneas...

a las folladas hasta que salga el sol —su sonrisa se amplía—.

Bueno, a eso no; no renuncio a eso. Es más, pagaré la pensión, pero la niña no se queda.

Una risa suave escapa de mis labios, detrás de la broma hay algo que me toca profundamente.

No es solo lo que dice, es cómo lo dice.

Doyun siempre habla en plural cuando se trata de nosotros.

Siempre es «nosotros», «nuestra», «tenemos», como si nunca hubiera existido la posibilidad de que fuera de otra manera.

Mi corazón late con fuerza al darme cuenta de lo que eso significa.

No estoy solo en esto. Nunca lo he estado, porque él está aquí, a mi lado, sin importar qué.

Cuando Doyun habla de futuro, de desafíos, de cualquier cosa, siempre lo hace incluyéndonos a ambos, como si estuviera absolutamente seguro de que no hay nada que no podamos enfrentar juntos.

—Doyun... —murmuro. Miro a Anika y luego a él—. Gracias por ser siempre nosotros.

Anika se mueve ligeramente en mis brazos y ambos la miramos, sabiendo que este es solo el comienzo de algo maravilloso. Alexandre se aclara la garganta y se cruza de brazos mirándonos fijamente.

—¿Quién dijo que dejaré a la niña? —cuestiona, mirando mal a Doyun—. Puedo mantener a mis hijos perfectamente.

—Nadie dijo que quiero que se quede —responde Doyun, levantando el pecho con orgullo—. No eres el único hombre con poder y dinero aquí. ¿Acaso olvidaste quién soy?

—Imposible olvidarme de algo así cuando me follo a tu hermana todas las noches, tardes y mañanas...

—En ese caso deberías pensar en los hombres que se la follaron antes que tú, no en mí; deberías revisarte esos fetiches raros que te cargas —ataca Doyun.

El hombre lo examina y entrecierra los ojos antes de que Doyun se acerque a Emily y empiecen a hablar. Maximus aprovecha que Doyun está lejos de mí y se acerca, toca mi hombro y se queda pensativo antes de hablar.

—Solo quería que supieras que, para mí, sigues siendo mi hijo, mi única familia. Sé que siempre sobrepiensas las cosas; por eso quiero que entiendas que no te odio, no te culpo por nada y continúo queriéndote y amándote como lo he hecho siempre —aclara.

No tenía idea de cuánto necesitaba escuchar esas palabras hasta que las pronunció.

Observo a mi hermanita succionar su chupete con fuerza mientras frunce el ceño por las voces a su alrededor.

Se la extiendo con cuidado a la mujer, que después la lleva de regreso a la camioneta, y vuelvo a centrar mi atención en Maximus.

—Lo sé, créeme que lo sé —respondo.

Acorto la distancia que hay entre nosotros y lo abrazo con fuerza, como hacía en esas noches en que sentía que mi madre le daba todo su amor a los demás, menos a mí.

Su tacto sigue siendo cariñoso, delicado y, sobre todo, cálido.

Se siente como la misma persona a la que abrazaba hace años; sigue siendo el mismo, y eso me llena de felicidad.