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Casi me atraganto con el trago; no por el hecho de que vayan a tener un hijo, que ya de por sí reduce mi porción de la herencia, sino porque ahora habrá boda, otro heredero... No me jodan, tiene que ser un mal chiste.
—Pues yo exijo que dividan la herencia en dos partes iguales ahora mismo; lo que quede se lo dan a Jessia y a mi hermano. No sé, él llegó de último, a mí me corresponde más —suelto en tono burlón.
Jaehyun me propina un codazo en las costillas; me encojo de hombros y guardo silencio.
Uno de los empleados entra acompañado por Isabella; la mujer avanza con una sonrisa radiante, reluciendo tanto como las joyas que comercializa.
Saluda a mis abuelos, quienes la acogen encantados; supongo que fueron ellos los que le avisaron de la cita.
El disgusto de Jessia es palpable. Aborrece a Isabella, y no solo por ser la ex de Andréi, sino por esa costumbre suya de inmiscuirse en todo, como ahora; parece incapaz de asumir que ya no pinta nada en la vida de mi padre.
—Pensé que era una reunión familiar, no sabía que las putas venían incluidas en el paquete —doy un sorbo al whisky—. Me hubieran avisado antes y desenterraba a la mía para traerla —suelto con descaro.
Mi abuelo estrella el puño contra la mesa mientras me fulmina con la mirada.
—¡Respeta a tu madre! Ella es una dama intachable, no como esta cazafortunas... —señala a Jessia.
—Ya desearía usted que alguien con mis estándares se rebajara a poner los ojos en su patrimonio, pero no acostumbro a hacer sacrificios de semejante calibre, muchas gracias —responde Jessia con altanería.
El viejo abre la boca, descolocado, incapaz de articular réplica.
—No he venido a causar problemas. La vida sentimental de Andréi me tiene sin cuidado; únicamente vine para saber qué noticias hay de mi hija —interviene Isabella con una aflicción genuina en la mirada; al menos a Emily sí parece importarle.
—¡Pues yo me opongo tajantemente! —exclama mi abuela, poniéndose de pie.
—Eso se grita en el altar, señora; me parece que el reloj le anda atrasado —me mofo.
—Si viniste buscando mi aprobación, puedes dar media vuelta por donde entraste. Jamás daré mi consentimiento para que te enlaces con una cualquiera —sentencia mi abuelo.
—En realidad, no vine a pedir la bendición de nadie. Aquí la única autoridad soy yo —ataja Andréi.
—Y yo... —añado por lo bajo.
—He venido a comunicar un hecho, no a pedir permiso. La boda será dentro de un mes: mi prometida no quiere aplazarlo y en mi entorno se acata lo que ella disponga —concluye con firmeza.
—Qué decadencia la tuya... ¿Desde cuándo un miembro de los Geon se deja mangonear por una mujerzuela que encima no tiene dónde caerse muerta? —increpa mi abuelo.
—Para que te enteres, la mitad de mis participaciones en los consorcios ya figuran a su nombre.
Ahora es dueña del cincuenta por ciento de mi patrimonio y no me avergüenza reconocer el poder que ejerce sobre mí.
Cuenta con tantos recursos como yo y, en efecto, ella lleva el mando; así que cierren la maldita boca —espeta mi padre.
Sonrío complacido al verlo actuar como siempre quise que lo hiciera. Mi abuelo desvía los ojos hacia mí: ha cambiado de blanco, pero peor para él.
—Doyun, ¿por qué no mueves un dedo para recuperar a tu hermana? —la voz del patriarca retumba en la sala.
—Sobre todo llama la atención que estén tan tranquilos, siendo ella tu hermana y este tal Jaehyun su prometido —remata mi abuela.
Paseo la mirada sobre ambos, percibiendo la soberbia y el desconocimiento que destilan sus palabras. Siempre se han creído con el derecho de manipularlo todo a su conveniencia, pero hoy les quedará claro que las cartas cambiaron.
—Jaehyun no tiene más pareja que yo —suelto, clavando la vista en mi abuelo y desafiando su jerarquía en cada sílaba—. Y en cuanto a Emily, el manejo de mis operaciones me compete exclusivamente a mí; no requiero sus sugerencias.
El desconcierto y la repulsión se dibujan en sus semblantes, pero me tiene sin cuidado. Por primera vez en mucho tiempo, siento que tengo las riendas en esta casa y, al apretar la mano de Jaehyun, sé que no estoy solo en esta contienda.
—Doyun —interviene mi abuelo—. No te educamos para que cedieras a caprichos inmaduros. Tu deber está aquí, custodiando la estirpe de esta casa, no persiguiendo desvaríos.
Mi abuela, siempre apegada al rigor de las viejas costumbres, asiente con los labios apretados en una mueca de severo rechazo.
—Has cometido imprudencias en el pasado, pero esto... —alterna los ojos entre Jaehyun y yo—. Esto constituye un agravio contra los principios que sostenemos. El apellido siempre estuvo por encima de cualquier antojo de la carne —sentencia.
Percibo la intención de sus palabras, concebidas para empequeñecerme, para hacerme creer que traiciono los cimientos que levantaron antes de mi llegada. Solo que ya no soy el muchacho dócil al que podían moldear a capricho.
—Para empezar... ustedes no me criaron —escupo con calma—. No soy su hijo. Si pudiera identificar el vaso sanguíneo que transporta su herencia, no dudaría un segundo en rebanármelo para purgar cualquier vínculo que me una a ustedes. Ni siquiera mi tía, con todo y sus rezos, me genera tanta aversión.
—No concibo cómo pudiste degradarte de semejante forma. No solo buscas a alguien de tu mismo sexo, sino que encima te enredas con la expareja de tu hermana —recrimina—. Emily es una muchacha sensata y tú lo echas todo a perder por una calentura que no te durará ni un mes.
Mi abuelo asiente con semblante adusto, aunque tras esa coraza asoma una punzada de frustración que intenta camuflar con severidad.
—Ava era la clase de mujer digna de ocupar un lugar a tu lado, no... esto —su mirada despectiva se desvía hacia Jaehyun, como si pronunciar su nombre fuera un agravio.
—Habló el hombre al que ni sus propios hijos pueden ver en pintura —salta Jaehyun—. Deme su número de teléfono y le marcaré el día en que su opinión me importe algo.
Unos golpes en el acceso principal interrumpen la escena.
El mayordomo atiende y me quedo paralizado, con una sonrisa involuntaria curvándome los labios mientras la contemplo; ahora sí puedo asegurar sin temor a equivocarme que lleva la sangre Geon en las venas.
Entra decidida hacia nosotros; a su izquierda marcha Maximus y a su derecha, Alexandre.
El ruso impone respeto incluso con el gesto relajado.
Emily viste una prenda que apenas le cubre hasta la mitad de los muslos, ceñida a su figura como si se fundiera con su piel; los tirantes finos de un carmesí idéntico al tejido realzan su porte, y el escote pronunciado evidencia las razones de su elección.
La concurrencia se queda atónita contemplándola, a excepción de Jessia, Jaehyun y yo, que conocemos de sobra su vínculo con Alexandre.
—Buenas noches a todos —anuncia al plantarse frente a nosotros—.
Papá, mamá, Jess, Doyun, hijastro —saluda a Jaehyun; luego se encara hacia los viejos, hace una reverencia teatral, les toma las manos y les besa el dorso con fingida delicadeza antes de erguirse de nuevo—.
Víboras —suelta sonriente—. Perdón: abuelos, esa era la palabra.
Mis abuelos se quedan pasmados al constatar que no queda rastro alguno de su nieta ejemplar.
La melena le cae sobre los hombros en ondas perfectas; es una Geon auténtica y luce despampanante.
Reparo un instante en Maximus; en otras circunstancias me desconcertaría verlos juntos, pero el motivo salta a la vista: ha pasado a servir a quien fue su adversario.
—¿Quiénes son estos sujetos? ¿Qué manera de presentarse es esa? —exige saber mi abuelo.
—Él es Maximus, el ex de Maddison, a quien ya conocen de sobra; y este caballero de aquí... Bueno, no sé cómo catalogarlo: responde por Alex, ¿debería presentarlo como mi marido?
—¡Emiliana Andrea, compórtate! —salta Isabella—. Ese hombre parece un salvaje y tú...
—No lo parece —corrige la muchacha—. Lo es con todas las letras, créeme.
—Emily, ya basta —la contiene Andréi.
Lleno un vaso y se lo ofrezco; ella bebe un sorbo largo antes de transferirle el cristal a Alexandre.
—Yo no te inculqué estas conductas —prosigue Isabella—. Eres mi hija, te eduqué con rectitud y decoro, pero mírate —la repasa de pies a cabeza con desdén—. ¿Qué diferencia hay entre tú y una puta?
Andréi y yo nos levantamos al unísono dispuestos a ponerla en su lugar, mientras Alexandre roza la cacha de su arma. Se frena cuando Emily nos dedica una mirada de soslayo, niega con la cabeza y se vuelve hacia su madre con una sonrisa gélida.
—Si nos ponemos minuciosas, hay bastantes diferencias: ellas lo hacen por necesidad y yo por placer; ellas no siempre lo eligen y yo me lo gozo entero.
Andar vestida así no me rebaja a ninguna categoría; no opero como tú.
Mírate: ni toda la alta costura de tu armario consigue maquillar lo que eres.
Puestas en una balanza, no hace falta ser muy brillante para distinguir cuál de las dos ejerce el oficio —dispara sin titubear.
El impacto seco de la bofetada resuena en cada rincón del comedor.
Emily pestañea al descubrir frente a ella la espalda ancha de Alexandre, quien interceptó el golpe interponiendo su cuerpo.
Isabella retrocede temblando de pavor al encontrarse con el ruso encarándola mientras le apresa la muñeca con la que lanzó el golpe.
—Si te atreves a rozar a mi mujer, no respondo de lo que le ocurra a tu cara —amenaza el hombre con voz cavernosa.
—¡Suéltame, animal! Es mi hija: yo la traje al mundo y yo la mato si me da la gana. ¡Que me sueltes! —chilla Isabella.
El ruso alza una ceja, midiendo los forcejeos inútiles de la mujer; sin articular réplica, le tuerce la articulación forzándola a girar sobre sus talones hasta dejarla de espaldas, gimiendo de dolor.
—Es mi mujer. Y a la mujer de Alexandre Petrov nadie le pone una mano encima —gruñe.
La suelta con brusquedad y se cruza de brazos abarcando el espacio con la mirada.
—Tengo a alguien que presentarte; esperaré afuera —avisa dirigiéndose a su hijo.
El hombre avanza hacia la salida y le hace una seña a Maximus. Mi hermana vuelve a encarar a su madre, sacude la cabeza y dirige la atención hacia los ancianos.