MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 29
84%

29

—¡¿Que hiciste qué cosa?! —interrogo.

No quiero gritarle, pero no puedo creer lo que ha hecho.

Voy a matar a Jessia por meterle ideas en la cabeza a este hombre, joder.

Como en días anteriores, Jaehyun despertó antes que yo y preparó el desayuno.

Por alguna razón, siempre que cocina algo tiene que darme una mala noticia, como ahora, que soltó con total tranquilidad: «Deberías comprar otro Bugatti; destrocé el otro y lo vendí como chatarra».

—¡Pero romper cosas es terapéutico, amor!

—¡Terapéutico una mierda! Jessia rompe de todo y sigue igual de desquiciada. ¡No me jodas, Jan!

—¡No insultes a mi amiga, imbécil egocéntrico!

—¡Juguete manipulable, eso es lo que eres! —le grito de vuelta.

—¡Y tú eres un niño rico, un consentido de papá, millonario con el dinero de otro! —contraataca.

Me encojo de hombros.

—¡Y tú eres un llorón! Apenas te meto la mitad y empieza la queja y el llanto: «¡Ah, Doyun, por favooor... me duele...!».

No puedo contener la risa. Sus labios se separan al escuchar cómo imito sus gemidos, aunque jamás se ha quejado de dolor; esa parte es inventada.

Su gesto de indignación y enfado me da mil años de vida.

Las orejas y las mejillas se le tiñen de un rojo carmesí, y detengo la mano con la que intenta abofetearme.

—Yo no gimo así, imbécil —reprocha.

Intenta soltarse de mi agarre; tiro de sus manos, lo atraigo hacia mí y pego su cuerpo al mío hasta que la distancia entre ambos se vuelve inexistente.

—Cálmate, fiera. Los golpes solo te los tolero en la cama; fuera de ella, cada golpe será castigado con un azote en ese perfecto culo que tienes, ¿entendido? —provoco.

Sus ojos se conectan con los míos y acerco mi rostro al suyo; le acaricio la nariz con la mía. El sonido del timbre rompe la burbuja y me da un golpe en el pecho antes de apuntarme con esos dedos adorables que tiene.

—Esto no se va a quedar así —advierte.

Se levanta de mi regazo y va a abrir la puerta. Espero hasta que la mujer a la que no veía desde hacía meses aparece en el umbral. Jaehyun se hace a un lado; ella llega frente a mí y se cruza de brazos.

—Buenos días, cariño. Vine a limpiar; dejé al perro en el pasillo —avisa.

Deja un beso en mi mejilla. Había olvidado por completo que hoy vendría a preparar la comida y limpiar el departamento.

—Pero mira nada más, sigues igual de igualada y engreída. No soy el único dentro de este lugar; saludas a todos o mejor te quedas calladita —advierto.

La mujer escanea el cuerpo de Jaehyun de pies a cabeza y niega antes de volverse de nuevo hacia mí.

—¿Desde cuándo compartes departamento con el novio sin futuro de Emily? —indaga.

—Voy a cambiarme de ropa —anuncia Jaehyun—. Soy alérgico a las viejas sin un gramo de educación —expresa antes de encerrarse en la habitación.

Sonrío ante la sorpresa y la indignación reflejadas en el rostro de la mujer que ayudó a mi padre a criarme. Me levanto del asiento y meto ambas manos en los bolsillos; repaso su figura y niego con la cabeza al notar la expectativa en sus ojos, aguardando que la defienda o diga algo a su favor.

—Crecí a tu lado y aun así no me conoces. Limpia lo que tengas que limpiar; esta es la última vez que te pido que lo hagas, pero no te preocupes por el dinero: seguiré pagándote cada mes —le hago saber.

Giro sobre mis talones, haciendo el ademán de alejarme, pero ella me sujeta del brazo y me detengo.

—Pero soy la única en quien confías para cocinarte —asegura.

Me desprendo de su agarre con brusquedad y me vuelvo para mirarla fijamente a los ojos.

—Tú no eres diferente a los demás a mi alrededor; al igual que ellos, eres prescindible. Puedo reemplazarte cuando quiera y lo estoy haciendo. No hagas que repita las cosas, que me da dolor de cabeza —le recuerdo.

Me acerco un paso sin sacar las manos de los bolsillos. El temor asoma en su mirada y sonrío.

—El chico de antes... No te equivoques: no es novio de Emily, es mío, de nadie más. Y sí, puedes pasarle el chisme al resto de la familia —suelto.

Doy media vuelta y comienzo a caminar hacia el dormitorio mientras exclamo en voz alta:

—Hablando de hombres sin futuro... Una mujer que se acostaba con un jardinero, no me jodas —me burlo.

Entro en la habitación y encuentro a Jaehyun subiéndose el pantalón del uniforme militar. Lo abrazo por la espalda; él termina de abrocharse la prenda y se aparta.

—No me importa quién sea esa mujer: no permitiré que ella ni ninguna otra hable de mí como le dé la gana. Si quiero gente que hable a mis espaldas, tengo a mi propia familia, no necesito otra. Así que tu nana puede chuparme la polla al revés, me tiene sin cuidado su opinión —brama.

Enarco una ceja; Jaehyun inhala hondo y suelta el aire despacio para serenarse.

«Salvaje, diría Emily».

—Tú ponlos en su lugar cada vez que sea necesario —vuelvo a rodearlo con mis brazos—. De la mamada me encargo yo —bromeo.

Jaehyun sonríe, asiente y me corresponde el abrazo. Mi teléfono suena en el bolsillo del pantalón; lo saco y veo el nombre del presidente en la pantalla:

«Reunión familiar en la casa principal, no puedes faltar. Trae a Jaehyun; tengo un anuncio importante que darles a todos».

Esta noche estalla la segunda guerra fría o la primera generación de los Geon muere de un infarto. Solo sé que me lo voy a gozar.

Prepararme para una reunión familiar nunca ha sido sencillo, en especial cuando implica visitar a los ancianos.

No puedo evitar sentir una mezcla de apatía y resignación cada vez que tengo que enfrentarme a mis abuelos paternos.

La relación con ellos siempre ha sido tensa, cargada de expectativas que jamás tuve intenciones de cumplir.

Sus ideas arcaicas y su incapacidad para asimilar los tiempos modernos los vuelven incapaces de entender quién soy o por qué elegí el camino que transito.

Me observo en el espejo mientras ajusto el nudo de la corbata; mis ojos recorren los tatuajes que adornan mis brazos, un claro desafío a todo lo que ellos representan.

Para ellos, estas marcas son símbolos de insubordinación, pruebas tangibles de haberme desviado de la «tradición familiar».

Para mí, en cambio, son una declaración de libertad, de mi derecho a elegir mi propio destino.

Mis abuelos siempre han sido autoritarios; esperan que todos acaten sus mandatos sin chistar.

Se formaron en un mundo donde la obediencia ciega y el sometimiento a la autoridad eran valores supremos.

En sus cabezas, la familia debe seguir una senda trazada de antemano, diseñada por ellos mismos.

No comprenden, o no quieren comprender, que el mundo cambió y que sus normas ya no tienen vigencia.

Cada encuentro con ellos es un recordatorio de lo poco que encajo en su molde de lo que debería ser un «hombre de bien».

Mi padre, su hijo, nunca tuvo el valor de plantarles cara hasta hace poco, y eso lo convirtió en una sombra de lo que pudo haber sido.

Fue esa misma sumisión lo que me impulsó a tomar un rumbo distinto, uno que me otorgara el control que él jamás poseyó.

Termino de arreglarme y me pongo el saco. Me mentalizo para lo que viene: las miradas de rechazo, los comentarios pasivo-agresivos y las preguntas capciosas destinadas a ponerme en evidencia delante de todos.

Sé que no puedo eludir este compromiso; el respeto hacia la familia sigue teniendo peso para mí, sobre todo si se trata de Andréi, aunque su concepto difiera bastante del mío.

Hoy, como siempre, estaré allí presente, pero mi mente y mi lealtad seguirán perteneciendo solo a mí, lejos de sus exigencias y de sus afanes de control.

Porque al final de cuentas, soy Doyun Geon, y nadie, ni mi propia sangre, va a cambiar eso.

La residencia de mis abuelos se alza imponente ante mí, una mole que ha visto desfilar a generaciones enteras, cada una más asfixiada por las imposiciones que la anterior.

La piedra gris de los muros y los marcos de madera oscura le confieren una frialdad impenetrable, como si el paso de los años no hubiera logrado limar sus aristas.

Cada vez que cruzo ese umbral, las memorias de la infancia me golpean como una ola rompiendo contra las rocas.

Al aproximarme a la entrada principal, distingo una figura familiar que aguarda.

Jaehyun está allí; su presencia supone un remanso de calma en mitad de este territorio hostil.

Su cabello rubio destella bajo la tenue luz del crepúsculo y sus ojos grises reflejan una mezcla de inquietud y temple.

Resulta un contraste fascinante: la delicadeza de Jaehyun frente a la aspereza de esta mansión.

—Jaehyun —lo llamo con suavidad.

Su rostro se ilumina al verme. Nos encontramos en la puerta y, sin mediar palabra, avanzamos juntos hacia el interior.

Andréi nos guía por los pasillos que conozco de memoria.

La casa, con toda su opulencia, siempre ha despedido una atmósfera sofocante, como si los espectros del pasado jamás se hubieran marchado.

Por fin alcanzamos el comedor principal, un salón donde se tomaron decisiones que marcaron el rumbo de muchas vidas.

Mis abuelos aguardan al fondo de la mesa con esa compostura imperturbable que nunca soporté.

Sus miradas se clavan en nosotros al vernos entrar; percibo de inmediato cómo escanean a Jaehyun con un juicio cargado de reproche.

Sin vacilar, tomo su mano y entrelazo mis dedos con los suyos, en un gesto que combina respaldo y desafío.

Tomamos asiento en los lugares disponibles: Andréi junto a Jessia, y Jaehyun a mi lado.

Mi tía Abigail, una mujer moldeada según los caprichos de sus padres, permanece muda a la espera de que le concedan la palabra; una devota que vive reprendiendo demonios ajenos cuando es ella quien los lleva dentro.

—¿A qué se debe esta repentina convocatoria? No me digas que tu descarriado hijo por fin entró en razón y decidió enderezar el rumbo —suelta mi abuelo, provocando que finja una tos para disimular la risa.

—Sigue soñando —murmuro con la fuerza suficiente para que me oigan todos.

Mi padre se aclara la voz y aprieta la mano de Jessia; ella le devuelve una sonrisa que le infunde ánimos y, finalmente, él suelta la noticia:

—Mi mujer está embarazada, así que he decidido casarme con ella —anuncia.