MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 28
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El sudor me resbala por la frente y se funde con la sangre que ya salpica la lona bajo mis botas.

El cuadrilátero clandestino está rodeado por un enjambre de soldados ávidos de una distracción, algo que les haga olvidar por unas horas la crudeza de la vida en el frente.

Para mí, esto es una necesidad visceral.

Los dos oponentes que tengo enfrente son corpulentos y fieros; mis puños están listos para el impacto, cargados con la furia que me arde en el pecho y azuzados por esos demonios que no me dan tregua y que exigen más violencia y caos.

Escucho el bombeo sordo de mi sangre en las sienes, el ritmo frenético de mi corazón, no hay nada que este par pueda hacer para frenarme.

El primero arremete contra mí lanzando un directo que esquivo con un leve movimiento; giro sobre mi eje, le sujeto el brazo y utilizo su propio peso para proyectarlo.

Cae a la lona soltando un alarido, pero no le permito incorporarse.

Un remate seco a la mandíbula lo deja fuera de combate.

El segundo intenta aprovechar la distracción acortando distancia a toda prisa.

Me anticipo a su trayectoria: un gancho fulminante a las costillas lo hace tambalearse y, antes de que logre recuperar el equilibrio, una patada con giro lo derriba de espaldas.

Sin embargo, ningún golpe ni ningún cuerpo vencido me resultan suficientes.

La rabia dentro de mí exige más castigo.

Necesito continuar; necesito que el dolor físico opaque el tormento de mi mente, quiero destrozar todo cuanto se cruce a mi paso.

La percibo. Esa mirada que quema con más fuerza que cualquier impacto.

Levanto la vista y, en medio del gentío, diviso a Jaehyun.

Está allí parado, con los ojos clavados en mí, siguiendo cada finta y cada golpe que asesto.

La furia que me consumía comienza a disiparse, reemplazada por un sentimiento que no logro descifrar.

Vergüenza, tal vez. O simplemente el espanto de saber que me está viendo tal y como soy.

Esa vacilación me cuesta muy cara: no alcanzo a ver la trayectoria del puñetazo hasta que ya lo tengo encima.

El impacto me estalla en el rostro con violencia, haciéndome perder el equilibrio; paladeo el regusto ferroso de la sangre en mi boca y una punzada de dolor me recorre la quijada.

Me obligo a recuperar el control a la fuerza.

Con una maniobra rápida, derribo al hombre que me acertó y me pongo en pie; busco frenéticamente a Jaehyun entre la masa de gente, pero ya se ha marchado.

Con la urgencia de salir tras él, finiquito el combate contra el último contrincante con una ráfaga implacable de golpes.

Solo soy capaz de pensar en Jaehyun, en lo que acaba de presenciar y en lo que estará pasando por su cabeza.

He salido victorioso, pero la única certeza que tengo es la de una derrota devastadora, como si acabara de perder algo infinitamente más valioso que una simple pelea.

Abandono el ring con los nudillos y el pecho teñidos de sangre.

La tropa vitorea fuera de sí exigiendo otro asalto, pero ya entregué todo lo que tenía por hoy.

Camino a paso firme hasta mi coche, enciendo el contacto y la pantalla del móvil se ilumina anunciando la entrada de nuevos mensajes.

Tomo el dispositivo y descubro las palabras que llevaba aguardando con desesperación toda la semana:

«Estoy en casa. Este lugar no se siente como un hogar si tú no estás aquí».

«Me enteré de que ibas a pelear; quise llegar a tiempo para impedirlo, pero fue demasiado tarde».

«Vuelve a casa, Doyun. Tengo frío».

Entro al departamento con los nudillos palpitando de dolor y la cabeza hecha un torbellino.

La adrenalina de la pelea todavía me quema las venas, pero en cuanto cierro la puerta, la furia y el caos interno se apagan, dejándome únicamente con esta sensación de vacío que siempre sobreviene a la violencia.

Echo el cerrojo a mi espalda, dejando fuera el frío de la noche.

Mis pasos me guían hacia el salón. Allí está la figura que tan bien conozco, sentada en el sofá: es él, Jaehyun, mi Jaehyun, de vuelta en nuestro hogar.

Descansa con las piernas cruzadas, las manos entrelazadas sobre el regazo y esos ojos suyos, de un azul grisáceo, mirándome con una mezcla de melancolía y determinación.

No sé en qué momento me moví; solo sé que, estoy arrodillado frente a él, aferrándome a sus piernas como si temiera que pudiera esfumarse otra vez. Las palabras se me agolpan en la garganta y brotan a borbotones, convertidas en un rosario de súplicas y confesiones que no puedo frenar.

—Perdóname... por favor, Jaehyun, perdóname. No sé cómo permití que esto pasara, cómo dejé que las cosas se salieran de control. Desde que te marchaste he estado a la deriva, hecho pedazos... Lo lamento tanto... —suplico entre sollozos.

Aprieto con más fuerza mis manos contra sus piernas; los ojos me arden por culpa de las lágrimas que me juré no soltar. Me niego a que me vea derrumbado, pero me resulta imposible contenerme.

—He intentado de todo para que regreses, pero nada sirvió, porque el perdón no se puede comprar, ¿verdad? No se puede recuperar el amor de alguien a base de dinero después de haberlo destruido con acciones y palabras —admito con la voz rota.

Alzo el rostro y busco su mirada. La desesperación es tal que no me importa que me tiemble la voz; necesito continuar, necesito que comprenda la falta que me hace.

—No puedo seguir así, no sin ti, Jaehyun. Te necesito... Te necesito aquí, conmigo —confieso.

Bajo la cabeza en señal de rendición. El silencio se instala en la habitación, roto únicamente por mi respiración entrecortada.

De rodillas ante él, aguardo con pavor lo que pueda decirme, aunque estoy dispuesto a acatar lo que sea.

Sé que merezco su desprecio, su rencor, cualquier castigo que decida imponerme.

No me queda nada más por hacer salvo esperar su veredicto, rogando en silencio por una oportunidad.

Desde el momento en que me vio combatir, no logro apartar de mi mente la idea de que ahora me considere un monstruo.

Cada vez que parpadeo, revivo el gesto de su rostro al observarme sobre la lona, la forma en que nuestras miradas se cruzaron en mitad del cuadrilátero.

Me aterra pensar que, tras descubrir esa faceta mía que siempre me esforcé por ocultarle, Jaehyun haya comenzado a temerme y a verme como una amenaza en lugar de como a la persona dispuesta a blindarlo contra el resto del mundo.

Jaehyun

Ver a Doyun humillarse de esa forma me partió el alma.

Cada detalle, cada intento desesperado por ganarse mi perdón me dolía más de lo que podría explicar con palabras.

Lo único que ansiaba era lanzarme a sus brazos, estrecharlo contra mi pecho y asegurarle que todo estaba en orden.

La lucha interna me consumía: una mitad de mí clamaba por perdonarlo, por pasar página y volver a ser feliz a su lado, mientras la otra se empeñaba en recordarme que debía mantenerme firme y no ceder tan fácilmente.

Mi cuerpo y mi corazón reclaman su calor, su cariño.

Ahora, sosteniendo su rostro entre mis manos y palpando la congoja de su mirada, me desgarra todavía más constatar cuánto ha sufrido por mi ausencia.

Le limpio las lágrimas con delicadeza, sintiendo cómo su tormento se funde con el mío; cuando susurra otro «lo siento», el corazón se me encoge una vez más.

—Es todo lo que necesitaba escuchar —musito mientras acaricio sus mejillas.

Sus ojos me buscan con un brillo cargado de esperanza, dolor y miedo.

—Una disculpa sincera era lo único que esperaba, porque sé bien que tú jamás me harías daño a propósito; sé que quien me arrojó todas esas crueldades no fuiste tú, sino los celos y la ira hablando por tu boca. Ya te había perdonado incluso antes de que vinieras a pedírmelo —le confieso.

Me inclino hacia él, pego mi frente a la suya y le acaricio las sienes con las yemas de los dedos; sus ojos no se han apartado de los míos ni un solo instante.

Permanecemos así, en una quietud absoluta.

Él afloja el agarre desesperado que mantenía sobre mis piernas y desliza los brazos para rodearme la cintura.

Lo toco con ternura; la sombra oscura de su semblante se va diluyendo poco a poco, como si mis caricias fueran lo único que necesita para recuperar las riendas de sí mismo, de esa faceta salvaje que contemplé mientras destrozaba a golpes a esos soldados sobre la lona.

—Roi... —susurra.

Pronuncia ese apodo como si tenerme delante fuera un milagro inalcanzable. Me duele ver la agonía grabada en sus facciones, ese aire demacrado que arrastra, como si llevara semanas enteras en vela cuando apenas han pasado siete días de separación.

—Aquí estoy, cariño —le susurro, rozando su boca con la mía—. Siempre estaré aquí, a tu lado.

Alzo apenas la cabeza y le beso los párpados uno a uno; mis labios se humedecen con el llanto retenido en sus pestañas.

Me estruja contra su cuerpo y esconde la cara contra mi vientre, como si necesitara palparme para convencerse de que soy real.

Lo envuelvo con mis brazos e inhalo el olor de su pelo: una mezcla de canela, notas cítricas y ese rastro ferroso e inconfundible de la sangre.

Desconozco la suerte que corrieron sus oponentes, pero en este instante no me importa.

Siento el compás agitado de su pecho y me limito a sostenerlo con calma.

Se aparta despacio y me contempla con una mezcla de adoración y asombro.

Su vista desciende hacia mis brazos y sonríe con alivio al descubrirlos limpios de vendas y con las heridas casi cerradas.

Jessia no se separó de mí para evitar que volviera a lastimarme; aunque sentía la urgencia de hacerme daño cada vez que la angustia me carcomía por dentro y sentía ese ardor insoportable bajo la piel,

el ruego del ministro pidiéndome que cuidara de mi cuerpo resonaba con fuerza en mi mente y me detenía.

Gracias al ungüento que él mismo se encargó de comprarme, las cicatrices se van desvaneciendo al compás del dolor que provocaban.

Una sonrisa franca ilumina su rostro mientras recorre mis brazos con la vista; deposita suaves besos sobre las marcas tenues que aún persisten en mi piel, alza la mirada y me observa con un orgullo y una gratitud infinitos.

—Gracias —murmura con devoción—. Gracias por cuidar del cuerpo de mi chico.

Deja un último beso sobre el dorso de mis manos.