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No puedo soportarlo ni un segundo más. Da igual lo que invente: Jessia siempre me sale con lo mismo: «Cualquiera haría eso, no es suficiente».
Ocurrió lo que tenía que ocurrir; aprovechando que seguía en el complejo militar, llamé a la única persona que conoce mis sombras y las acepta tanto como a mí.
—Cariño, ¿qué sucede?
—Papá, ayúdame, por favor... Ya no sé qué hacer... —suplico.
Me tiemblan las manos y la vista se me nubla de pura ira; las sombras dentro de mí reclaman sangre y necesito saciarlas. Mi padre exhala un hondo suspiro al otro lado de la línea y me pregunta con calma:
—¿Por qué ahora? Todo iba bien.
—Necesito pelear. Por favor.
Es la única salida que me queda: soltar a la bestia. Es lo único que puedo hacer, aun a sabiendas de que no me detendré hasta que alguien quede inconsciente bajo mis nudillos.