MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 26
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La lluvia azota con violencia los cristales; cada gota resuena como un eco de las culpas que me taladran la cabeza.

Estoy sentado al borde del colchón, apretando las sábanas con las manos temblorosas, como si ese gesto inútil pudiera evitar que mi mundo termine de desmoronarse.

Cada vez que cierro los ojos, distingo con claridad su rostro: el modo en que su mirada se ensombreció de dolor, la tensión en su mandíbula mientras luchaba por mantener la compostura...

Y lo más atroz de todo es tener la certeza de que fui yo quien provocó ese desastre.

Yo, que juré protegerlo y velar por él, he sido quien le ha asestado la herida más profunda.

«¿Cómo pude ser tan rematadamente estúpido?», me pregunto en un murmullo quebrado por el remordimiento. Nada de lo que haga podrá borrar el pasado; la losa de esta realidad me resulta asfixiante, como si una garra invisible me atenazara la garganta hasta dejarme sin aire.

Me dejo caer de espaldas sobre la cama y me cubro el rostro con las manos.

Una maldita semana entera. Siete días sin poder tocarlo, limitándome a observarlo de lejos en la base porque ni siquiera allí puedo acercarme: siempre me rehúye, como si escapara de una amenaza latente, huyendo de mí.

Haría cualquier locura con tal de recuperar a Jaehyun.

Durante estos días le llevé una serenata, desgañitándome con el alma en cada verso a pesar de no saber cantar, con la vana ilusión de que la música pudiera mitigar el daño que provoqué.

Las luces de su piso permanecieron apagadas en todo momento, y la única respuesta que recibí fue el eco solitario de mi voz rebotando en el asfalto desierto.

No me rendí y fui más allá: compré la heladería a la que solíamos ir, aquella donde pedía su helado predilecto cada vez que se le antojaba, logrando que sus ojos brillaran con esa chispa que me hacía olvidar el resto del mundo.

Puse el local a su nombre con la esperanza de que un retazo de nuestra felicidad perdida le devolviera la sonrisa.

Sabía perfectamente que una propiedad no repara una herida abierta, pero deseaba con desesperación que significara algo para él.

Una noche, bajo un aguacero torrencial, decidí llevarle su chocolate preferido.

Lo más probable era que no me abriera la puerta, pero el simple hecho de estar cerca de él, de intentarlo, me otorgaba un resquicio de consuelo.

Cuando llegué calado hasta los huesos, sujetando la bolsa y llamando a su puerta, nadie respondió.

Me quedé allí parado, bajo el agua, sintiéndome el ser más desdichado del planeta, consciente de que cada gota que me empapaba era una bofetada que me recordaba la distancia abismal que nos separaba.

El vacío que ha dejado es imposible de describir.

Las noches son una auténtica tortura, momentos en los que el silencio sepulcral me obliga a encarar la cruda realidad de que ya no duerme a mi lado.

Este sufrimiento no es más que un castigo merecido, pero no importa qué tan hondo deba caer: lo único que anhelo es que Jaehyun pueda perdonarme algún día y vuelva a mirarme, aunque solo sea una última vez.