Doyun
El bar está en penumbras y cálido; resulta un refugio confortable en medio de la frialdad de la noche.
Me acerco a la barra cargando una desorientación de la que no logro desprenderme.
Los murmullos y las carcajadas del ambiente parecen pertenecer a otro plano, a un mundo en el que no tengo lugar.
Me derrumbo sobre un taburete e intento hallar un mínimo de estabilidad en este entorno que de golpe me resulta por completo ajeno.
—Un whisky, por favor —mi voz suena ronca, extraña incluso para mí.
El camarero asiente y empieza a preparar el trago mientras me hundo en el asiento tratando de procesar lo que acaba de ocurrir. Todo iba perfecto, las cosas marchaban bien entre nosotros; me sentía amado, lo amo con locura... Entonces, ¿qué carajos pasó?
El recuerdo de esa mujer sentada sobre las piernas del hombre que amo no deja de repetirse en mi cabeza. No me dolería si fuera cualquier otra persona; pero yo le llevaba rosas, estaba dispuesto a confesarle todo lo que despierta en mí.
Tomo el vaso que me sirve el cantinero; el hielo choca con un leve tintineo y mi mano tiembla ligeramente al sostenerlo. El primer sorbo me quema con un ardor que viaja desde la garganta hasta el pecho, en un intento inútil por acallar la punzada que me carcome por dentro.
El calor del alcohol no basta para llenar este vacío absoluto; solo me arrastra a revivir una y otra vez la traición que presenciaron mis ojos.
Me queman las manos y los pies por salir corriendo a buscarlo; necesito saber cómo se encuentra, quiero que esté a salvo.
A pesar de todo, muero por verlo, por tocarlo, por besarlo; quiero amarlo como sé hacerlo, a pesar de la furia, sabiendo el daño atroz que mi arrebato y mis palabras le provocaron.
Paseo la vista por el local; miro a las personas como si fueran extras en una función donde a mí no me toca ningún papel.
Sus risas, sus charlas despreocupadas...
Todo me resulta distante. Me pregunto cómo pueden continuar con sus vidas con tanta calma mientras yo me caigo a pedazos por culpa de una escena que jamás creí presenciar.
Nunca me imaginé buscando refugio en el alcohol para mitigar una agonía en el pecho.
Antes me burlaba, me reía con descaro de la gente que aseguraba sufrir por amor porque jamás lo había experimentado en carne propia.
Mierda, Doyun: búrlate de ti mismo ahora; date cuenta de lo miserable que puedes llegar a ser.
La música cambia y empieza a sonar una melodía lenta y desgarradora que parece ensañarse con mi corazón roto.
Me dejo envolver por las notas; siento que la letra retrata a la perfección cada uno de los sentimientos que llevo clavados dentro.
Cierro los ojos un segundo y permito que la rabia y el desengaño se adueñen por completo de mí.
Tengo rabia, rencor, tristeza; cargo con tantas emociones juntas que ni siquiera sé cómo distinguir entre tanta mierda.
Me pasé la vida entera huyendo de esto y terminé cayendo de bruces en cuestión de meses.
Cada trago al vaso parece un intento desesperado de evadir la realidad, de rascar algún consuelo en el fondo del cristal, aunque sé que allí no voy a encontrar respuestas.
El teléfono vibra en mi bolsillo; maldigo entre dientes por no haberlo apagado. Lo saco con la mano derecha y miro la pantalla, encontrándome con los mensajes de Jessia:
«Espero que estés satisfecho con tus idioteces. Jaehyun tiene fiebre, se lastimó bastante, y no pienso pedirte que vengas; haz lo que te dicte la conciencia, aunque dudo mucho que tengas una».
«Solo te advierto que ni se te ocurra pararte por mi casa; te juro por Dios que te vas a arrepentir. No voy a permitir que te perdone, maldito perro. Jamás vas a encontrar a nadie mejor; púdrete, imbécil».
Mierda. ¿Qué se supone que haga ahora? Le hice daño, lo arruiné todo, no lo merezco...
Apuro un par de copas más y, al cabo de unas horas, consulto el reloj: son las dos de la madrugada.
A la mierda si actué como un imbécil; a la mierda lo que sea que haya ocurrido; que se vaya todo al carajo.
Soy Geon Doyun, me corresponde lo mejor, y eso es Jan Jaehyun: él es mío y de nadie más.
Salgo del bar y subo a mi Tesla. Enciendo el motor sintiéndome mareado, quizá no por el alcohol; tal vez no tenga nada que ver con que, por segunda vez, sienta que he perdido lo único que realmente quiero a manos de alguien a quien no puedo asesinar,
no mientras sea la hija menor de uno de los mandatarios más importantes del gobierno estadounidense.
Pero no se trata de ella; siempre será él.
Conducir por las calles de Nueva York en la noche, envuelto en la tristeza de haber perdido a quien amo, es como atravesar un laberinto de luces que parpadean sin ofrecer consuelo alguno.
Las avenidas, usualmente vibrantes y llenas de vida, parecen frías y distantes, como si la ciudad misma me ignorara.
El sonido de las bocinas y el murmullo constante de la ciudad se mezclan con el latido pesado de mi corazón, creando una cacofonía de la que no puedo escapar.
Los faros de los autos que pasan a mi lado, cada señal de tráfico iluminada, se convierten en un recordatorio de la dirección equivocada que tomé.
El volante entre mis manos se siente inerte, un peso muerto que no responde a los impulsos de mis brazos.
Estaciono el auto frente al departamento de Jessia.
Agradezco de corazón que esté en el primer piso; en mi estado, no sé si pueda subir escaleras o meterme en un maldito ascensor.
Escaneo los alrededores y descubro a varios hombres apostados en lugares estratégicos: son los hombres de Alexandre, que sigue cuidando de su hijo aunque no estén en el mismo continente.
Si Emily viera en lo que me he convertido, si hubiese escuchado las palabras que solté, sé que ella sí habría cumplido su promesa: me habría pegado un tiro.
Y, joder, es lo que merezco. Tal como ella dijo, siempre lo destruyo todo.
No fui consciente de lo que decía, todo por culpa de este arranque visceral de celos y de rabia.
Sí, estoy celoso y furioso, y tengo todo el derecho a estarlo; solo debí escucharlo.
El amor que siento por él me ha nublado el juicio.
Mi versión adolescente ha regresado acompañada de aquellos demonios a los que hacía tiempo no me enfrentaba.
El alcohol y el sexo solían ser mi refugio; los utilizaba para mantenerme ocupado y no dejar aflorar esos impulsos y pensamientos sociópatas que siempre me atormentaron, pero que, desde que él llegó, se habían mantenido dormidos y distantes, salvo en aquellas ocasiones en las que le hacían daño.
Toco el timbre una y otra vez hasta que la puerta se abre, dejando frente a mí la silueta enfadada y decepcionada de la mujer de mi padre. Ella me examina de pies a cabeza y sacude la cabeza al observarme; se cruza de brazos sin apartarse del umbral.
—Solo quiero hablar con él...
—¿Qué tienes para decirle que no le hayas dicho ya? —pregunta en tono hostil.
—No lo entiendes, mira... Es ella, ¿vale? Estaba encima de él, en ropa interior. No me culpes por lo que pensé. ¿Cómo habrías actuado tú si hubiera sido el presidente, eh?
—Esto no habría sucedido, te lo aseguro, porque no solo confío en tu padre como mi pareja, sino que confío en mí misma y sé que, teniendo a una mujer como yo a su lado, no mirará a nadie más.
Ahora dime: ¿a dónde se fue tu seguridad?
¿Qué pasó con la confianza hacia tu novio?
Él ha pasado por mucho y tú lo sabes muy bien —me reprocha.
—Jess, sé que he sido un imbécil, esto es... No quería lastimarlo. Lo amo, pero no sé cómo gestionar esto, es algo nuevo para mí... Solo déjame verlo, por favor —suplico.
—Debo admitir que es la primera vez que te veo así, pero no me basta.
Lo hiciste llorar. Sabes de sobra los traumas que arrastra tras el secuestro y te dio igual.
Tienes que asumir las consecuencias. Te quiero, eres mi mejor amigo, pero él es fundamental para mí; tienes el poder de destrozarlo y no pienso tolerar que lo hagas —sentencia.
Lo peor de todo es que sé que no le falta razón. Me quedo inmóvil mirando más allá de su hombro, buscando los ojos anegados en tristeza de Jaehyun, esos mismos que me prometí a mí mismo mantener brillantes y llenos de vida. Yo mismo me encargué de apagarlos y de arrebatarles la luz.
Hago el intento de avanzar hacia él; necesito sentirlo, porque mirarlo dejó de ser suficiente hace mucho tiempo.
Justo cuando doy el paso, él también avanza un par de metros hacia mí.
Mis ojos se clavan de inmediato en las vendas adhesivas nuevas que cubren las heridas de sus brazos.
La opresión en mi pecho se intensifica al ver su rostro ensombrecido por el dolor; se estira las mangas hasta taparse las extremidades por completo y desvía la mirada.
—Jaehyun, amor... perdóname —suplico con un hilo de voz.
—Estás borracho, Geon. Vete a casa... —Jessia apoya las manos en mi pecho frenando mi avance—.
Mira lo que se ha hecho en los brazos —susurra para que él no logre oírla—.
Vete a tu casa y piensa muy bien qué vas a hacer para demostrarme que de verdad vales la pena y que compensarás el daño que le has hecho; de lo contrario, no volverás a acercarte a menos de tres metros de él —me advierte.
—Pero lo necesito, él es... No lo entiendes, me estoy cayendo a pedazos... —susurro con la misma debilidad.
—La verdad es que tus lamentos me tienen sin cuidado; ve y díselos a él, que es quien necesita saber que lo amas, no yo —replica con frialdad.
—¿Qué ocurre? Doyun, ¿estás bien? —pregunta Jaehyun, visiblemente angustiado.
No puedo creer que todavía se preocupe por mí después de lo mal que me comporté. Antes de que alcance a articular palabra, Jessia me empuja hacia atrás, alejándome de la entrada.
—Quiero hechos y no discursos vacíos. Demuéstralo y dejaré de meterme en lo que no me incumbe. Que descanses —zanja.
Y me cierra la puerta en las narices.