MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) Jaehyun #3
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Jaehyun #3

Ahora entiendo las palabras del presidente aquel día: en verdad Doyun estuvo investigando esto y jamás lo borró.

El corazón me late desbocado y salta de felicidad al leer su historial de búsqueda. El chirrido de la puerta al abrirse me pone en alerta; cierro el navegador de inmediato y giro la vista, encontrándome con la ministro Nathalie.

—Disculpa, busco al presidente; necesito hablar con él —explica.

—Salió con Jessia —le informo.

Ella asiente sin ingresar del todo al despacho; echa un vistazo alrededor y vuelve a mirarme.

—¿Podría dejártelo dicho a ti para que le pases el recado? Es un asunto urgente —insiste.

—¿Quieres que te ayude a buscarlo? No debe de andar lejos; lo que pasa es que estoy esperando al ministro Geon —aclaro.

—Por favor, no te quitará nada de tiempo, te lo aseguro —ruega.

Asiento, me pongo de pie, salgo de la oficina y la sigo por el pasillo hacia los dormitorios. Miro a todos lados esperando cruzarme con el presidente o con el ministro, pero el lugar parece desierto.

—Entra, te paso los documentos y se los entregas en mano —musita ella.

Entro en la habitación y ella se mete al baño; su equipaje ya descansa listo sobre la cama.

—Capitán Jan...

El llamado de la mujer me hace alzar la cabeza.

El uniforme militar ha desaparecido; lo único que viste es una bata de baño que desata con parsimonia, dejándola resbalar por su figura hasta el piso.

Reacciono al instante e intento ponerme de pie, pero ella se adelanta.

Se me sienta en el regazo y estampa su boca contra la mía.

Forcejeo para apartarla con cuidado de no ser demasiado violento, pero me quedo de piedra al distinguir la silueta parada en la puerta.

—Perdón por interrumpir; continúen con lo suyo —escupe el ministro.

Me mira con una mezcla de desilusión y rabia. Da media vuelta para marcharse y mis ojos captan lo que lleva en las manos. Empujo a la mujer sin contemplaciones, haciéndola caer de espaldas al suelo, y salgo corriendo tras Doyun. Consigo alcanzarlo y lo sujeto del brazo.

—¿En serio me estás haciendo esto en mis propias narices? ¿Tú? De toda la gente, tenías que ser tú —me recrimina.

—No es lo que piensas, déjame que te explique, por favor...

Se suelta de mi agarre como si mi tacto le quemara la piel; gira sobre sus talones y me mira con puro desprecio.

—¡¿Y qué vas a inventar?! ¿Que no era tu intención, que te llevó engañado o que creías que era yo? ¡No me hagas reír! —se mofa.

—No, amor, pero es que ella me dijo...

—Ahórrate tus excusas baratas —me corta—. Dilo de frente: te gusta y punto...

—Te juro que no pasó nada. Yo te amo, jamás te haría una cosa así —insisto con desesperación.

La sonrisa cargada de burla que se dibuja en sus labios me parte el alma: no confía en mí.

—Le decías exactamente lo mismo a mi hermana y ya ves... ¿Quieres que te resuma cómo acabamos aquí? —brama.

Le hago girar la cara de una bofetada antes de ser consciente de lo que hago.

En cuestión de segundos, los soldados comienzan a agruparse a nuestro alrededor; me invade una sensación de asfixia y encierro.

El pánico se apodera de mí, los brazos me empiezan a picar y comienzo a frotarme con desesperación con las palmas de las manos.

—Con... con ella fue diferente... Yo... ¿Podemos hablar en otra parte?

—No hay nada de qué hablar, no se me da la gana. Vete a casa y no dejes que te vuelva a ver la cara por hoy —exige, recorriéndome de pies a cabeza con frialdad—. Lárgate de aquí, no te quiero cerca.

Da media vuelta y se marcha dándome la espalda.

Siento como si un enjambre de hormigas me devorara los brazos bajo la ropa.

Los murmullos de los soldados retumban con demasiada fuerza, como si los tuviera pegados al oído.

Niego con la cabeza repetidas veces y salgo corriendo del pabellón.

Siento pasos apresurados que me siguen el paso, pero no me detengo: sé de sobra que no es él, y es a él a quien necesito.

¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? Ni siquiera conozco a esa mujer. ¿Por qué me tendió esta trampa? ¿Por qué él no confió en mi palabra?

Las piernas me fallan y me desplomo de rodillas sobre el suelo. El nudo que tengo en la garganta y en el pecho no me deja respirar; los sollozos brotan sin darme tregua. Comienzo a clavar las uñas con fuerza en la piel de mis brazos hasta que unos brazos delgados me envuelven con firmeza.

—Tranquilo, mi niño, todo va a estar bien. Vámonos a mi casa —me consuela Jessia.

—Traía flores para mí... Ella lo arruinó todo... Él no me creyó, no me quiere de verdad... —susurro con la voz echa pedazos.

—Cálmate, cariño; mami hará que vuelva arrastrándose, pero no lo vas a perdonar a la primera, ¿me oyes? Se va a arrepentir y va a sufrir lo mismo que te está haciendo pasar a ti.

—Yo si hubiese confiado en él, Jess —respondo.

Ella asiente en silencio, como si lo comprendiera a la perfección.

Me conduce hasta su coche y me ayuda a sentarme en la parte trasera.

Apoyo la cabeza contra la ventanilla, mirando la carretera perderse a lo lejos, mientras las lágrimas se desbordan cada vez que el eco de sus palabras me retumba en la cabeza.