MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 28 #2
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—Quiero que escuches esto —propone.

Se separa un poco, saca el teléfono del bolsillo, pulsa la pantalla y deja el aparato sobre el reposabrazos para que la melodía empiece a sonar. Apenas tardo unos segundos en reconocer los acordes: «All of Me», de John Legend.

El corazón me late con una fuerza descomunal, como si amenazara con romperme el esternón. Me concentro en cada verso, aunque me sé de memoria la letra y el peso de cada estrofa. La canción llega a su fin y él me observa inmóvil, aguardando con expectación cualquier palabra o gesto de mi parte.

—¿Podemos hacer el amor? Déjame responder a lo que sientes, déjame gritarte con mi cuerpo todo lo que despiertas en mí, cosas que las palabras jamás alcanzarán a explicar —le pido.

Sus ojos titubean por una fracción de segundo mientras su nuez de Adán sube y baja al tragar saliva con dificultad.

—La adrenalina todavía me corre por las venas; tengo demasiada energía contenida y no soportaría hacerte daño otra vez —confiesa con cautela.

Tomo su rostro entre mis manos y lo obligo a sostener mi mirada.

—No te reprimas por mí. No me enamoré únicamente de tu lado tierno y protector; tus demonios también forman parte de lo que eres, y los acepto de la misma forma, porque sin ellos dejarías de ser tú.

No me importa si eres el ministro más respetado, un hombre impulsivo que se desahoga a golpes o un heredero con arranques de furia: te elijo a ti por encima de todo.

Te amo en cada una de tus facetas; te amo a ti, no a tus galones, no a tu apellido. Solo a ti —confieso.

—Repítelo —suplica con la voz quebrada, arrancándome una sonrisa.

—Te amo, Geon Doyun —sentencio.

Sella mi boca con la suya y me dejo caer de espaldas contra los cojines del sillón. Se acomoda en el hueco de mis piernas y, sin romper el beso, desliza la mano bajo el dobladillo de mi camiseta, acariciando la piel desnuda como si llevara una eternidad ansiando ese contacto.

Se incorpora un instante, se quita la prenda superior por la cabeza y sus músculos tensos quedan al descubierto ante mis ojos; aprovecho para besarle el pecho.

Me acomoda de nuevo bajo su peso mientras me despoja de la ropa con una urgencia que no admite demoras.

Dejo escapar un jadeo cuando se aparta unos centímetros, privándome temporalmente de su calor.

Vuelve a mí de inmediato, me alza en brazos y cruza en dirección al dormitorio.

Imagino que me recostará sobre el colchón, pero pasa de largo y se detiene frente a la butaca situada junto al ventanal del balcón; los cristales están completamente empañados a causa de la tormenta que ruge afuera.

Vuelve a adueñarse de mis labios con una fiereza incontenible, como si quisiera devorarme; rodeo su cintura con las piernas y lo pego todavía más a mi cuerpo.

Sus dientes apresan mis pezones con insistencia, marcando la piel con fervor.

Sus dedos se clavan en la carne de mis muslos mientras vuelve a situarse entre mis piernas; hace una pausa para alcanzar el bote de lubricante y prepara mi entrada con paciencia y humedad.

Todo mi cuerpo se estremece con el roce profundo de sus dedos.

Me aferro a su cabello, buscando fricción contra su cuerpo, y gimo contra su oído al alcanzar el clímax. Sus dedos se retiran solo para ser reemplazados por el glande de su miembro, que empuja y se abre camino en mi interior sin contemplaciones.

—Umm... —suelto un gemido ronco ante la invasión.

Me besa de nuevo a la vez que se desliza por completo dentro de mí. Le clavo las uñas en la espalda; sus embestidas se tornan firmes y despiadadas, arrancándome el aire de los pulmones hasta hacerme estallar en un segundo orgasmo, más intenso que el anterior.

Su miembro roza mi punto exacto una y otra vez con una cadencia implacable. Arqueo la espalda; me muerde el cuello, devolviéndome los sentidos a la realidad, mientras una de sus manos aprieta mi nalga y la otra me mantiene en alto para profundizar el ángulo de cada penetración.

—Dios, nene... —gime con la voz rota.

Acelera el ritmo sin perder un ápice de fuerza.

Nos venimos al unísono, exhaustos, con la respiración entrecortada y una sonrisa cómplice dibujada en los labios, mirándonos como si fuéramos lo más valioso en la vida del otro.

Doyun se inclina para besarme la frente con dulzura y remata con un último beso sobre mi boca.

Tras una ducha rápida, regresamos a la sala.

Doyun extiende una manta sobre el sofá y se sienta; me acomodo de espaldas entre sus piernas y me envuelve con sus brazos mientras miramos al frente, contemplando cómo la lluvia cae ahora con serenidad tras el cristal.

Nos arropa con la manta pesada, arrancándome un suspiro de puro bienestar.

Me estrecha con más firmeza y esconde la nariz en el hueco entre mi cuello y mi hombro.

—¿Tienes frío? —le pregunto.

—Solo me aseguro de que no te me escapes —susurra contra mi piel—. Te ves precioso. Jessia te cuidó de maravilla —añade con ternura.

Deja un reguero de besos sobre mi cuello.

Afuera, las gotas golpean la barandilla con un tintineo suave, tejiendo una calma reconfortante que llena la estancia.

El cerco de sus brazos y la calidez de su cuerpo se alzan como mi refugio indiscutible contra la frialdad exterior.

Siento su aliento cálido en la nuca; cada exhalación me recorre la espalda con un cosquilleo placentero.

Doyun me sostiene bien pegado a él, como si temiera que el menor descuido me hiciera desaparecer.

Le acaricio el antebrazo con las yemas de los dedos, repasando el contorno firme de sus músculos.

Inclina el rostro y roza mi mejilla con un beso sutil.

Cierro los ojos unos segundos, dejando que el silencio hable en nuestro lugar; luego deposita otro beso en mi mandíbula y uno más en la comisura de mis labios.

Son caricias cargadas de devoción, su modo particular de expresar todo aquello para lo que las palabras se quedan cortas.

Me toma del mentón con suma delicadeza y me hace girar el rostro para que nuestras miradas se encuentren.

Sus ojos oscuros buscan los míos con una intensidad en la que me hundo gustoso; acerca la boca a mi oído y, en un murmullo estremecido, me dice:

—Te amo.

Temí toda mi vida por el hecho de que mi hijo no se aferrara a ningún afecto. Nunca le ha importado nadie más que él mismo y yo, aunque se esfuerce en ocultarlo. Sé que un día no estaré y por eso me alegro de que finalmente haya encontrado el ancla que lo mantiene unido a su humanidad.

Cuando Doyun era menor de edad, golpeó tan fuerte a uno de sus compañeros del colegio que casi lo mata a golpes. Fue entonces cuando comprendí que debía llevarlo al psicólogo, y lo hice.

En las sesiones, el doctor notó que no reaccionaba de ninguna manera: no mostró remordimiento ni tristeza, no se inmutó por lo que había hecho, no le interesó el estado de su compañero y, cuando el especialista le preguntó qué haría si volvía a verlo, su respuesta fue:

«Terminar lo que empecé. Geon Doyun no deja sus tareas a medias».

Al finalizar las sesiones, fue derivado a un psiquiatra y diagnosticado con TPA, trastorno de la personalidad antisocial, con una puntuación de veintinueve que, al convertirse en adulto, podría aumentar a treinta, lo que indicaría una psicopatía.

También mencionó rasgos de sociopatía. El diagnóstico no me sorprendió del todo; su conducta me advertía de que algo ocurría, aunque no tenía idea de qué.

Mis padres, al enterarse de los ataques de ira, decidieron buscar información por su cuenta.

No les hablé del diagnóstico del psiquiatra porque sabía que sería un problema, y empezaron a medicar a mi hijo como si fuera de ellos.

Al principio no me di cuenta, hasta que los efectos comenzaron a hacerse evidentes.

Quería morirme: Doyun perdió su esencia, ya no quería hablarme, no me sonreía; cambió por completo, pero no para bien.

Tomé el pequeño rostro de mi hijo entre mis manos y, tras besarlo en la frente, uní la mía con la suya y le sonreí mientras le decía:

«Al diablo los medicamentos, mi pequeño no los necesita. Papá te conseguirá formas de canalizar todo eso. No más píldoras. Si alguien te las da, dímelo y lo resolveré; yo pagaré las consecuencias».

Así fue como se convirtió en un luchador.

Desde los quince años empezó a participar en peleas clandestinas, de las que nunca perdió una, sin importar quién fuera su contrincante, hasta que cumplió veinticuatro años y, por lo que veía, mantenía a raya esos demonios con alcohol o mujeres; liberaba la tensión de alguna manera.

Y jamás tuvo una recaída, no hasta que todo con Jaehyun se vino abajo durante unas semanas.