MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) Jaehyun
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Jaehyun

No puedo creer las atrocidades que ocurren aquí por las madrugadas.

Es espantoso confiar en un hospital para que cuide de las personas que quieres y que resulten ser ellos mismos quienes las asesinan.

El ministro me contó todo lo que vio y alcancé a oírlo mientras le reportaba la situación al presidente antes de marcharse.

Jessia va y viene por aquí, y aunque sé que hoy no podrá quedarse, agradezco su compañía; me agrada cómo cuida de mí a pesar de ser una mujer y yo un hombre.

No es que me sienta indefenso, pero da alivio saber que alguien se preocupa por ti de verdad y no porque seas una maldita moneda de cambio para conseguir lo que otros quieren, como hizo Maddison conmigo.

Es la hora de ir al comedor. Todos los internos comen juntos bajo estricta vigilancia.

Jessia viene a buscarme y la noto algo pálida, aunque tal vez sean solo ideas mías.

Salimos al pasillo y me siento en una mesa con Spencer; él no me mira, fingiendo que no me conoce.

Jessia nos trae las bandejas y una rubia con aspecto de muñeca se sienta a nuestro lado.

—Dios, el doctor está buenísimo... Miren esos músculos. Bueno, ustedes no porque son hombres, pero, joder, me mojo con solo mirarlo —musita la mujer.

Sonríe como una idiota mirando hacia donde está el ministro, que vigila a los pacientes con el semblante serio.

—Mierda, quiero montarme en la polla enorme que debe tener —exclama.

—¿Por qué estás aquí? —indago.

—Mis padres prefieren tenerme encerrada que viéndome montar a mis amigos. Son unos anticuados y unos aburridos... —asegura, y asiento.

Empiezo a comer intentando conservar la calma. El ministro se acerca a la mesa contigua y ella sonríe como desquiciada. Nuestra comida está servida en bandejas de aluminio; remuevo la mía esperando a que se atreva a levantar el culo de esa maldita silla.

—¡Doctor, fólleme! —grita la mujer con euforia.

Aparto los platos de la bandeja. Los celos y la furia me dominan; a fin de cuentas es una mujer, no puedo agredirla por más celoso que esté de que desee a mi hombre, no puedo golpear a una mujer.

Jessia me arrebata la bandeja de las manos, se la pasa a otra interna y le susurra algo al oído.

La otra mujer le estrella la bandeja en plena cara a la chica, haciéndola caer de espaldas contra el suelo del comedor.

—Qué ruidosa —se queja la agresora.

—¡Cielo santo, no hagan eso! —exagera Jessia.

Se cubre la boca con ambas manos, se agacha junto a la chica, a quien le sangra la nariz, y la ayuda a incorporarse.

—Preciosa, tienes que mirar al frente por donde caminas. Por Dios, mírate... Déjame llevarte a la enfermería —la anima Jessia.

Continúo comiendo. Noto la mirada del ministro clavada en mi espalda, pero lo ignoro. Spencer suelta una risotada mientras niega con la cabeza. El pelinegro se agacha hasta quedar a mi altura y toma un trozo de carne de mi plato.

—Sigue armando alboroto y te juro que voy a azotarte el culo tan fuerte que suplicarás que me detenga —me susurra al oído.

Se lleva el trozo de carne a la boca, le da un bocado y vuelve a erguirse.

Continúa inspeccionando el área hasta que termina el almuerzo.

Tras ducharme en la habitación que me asignaron, observo las marcas de mi cuerpo; no las de aquellas heridas que jamás se borrarán de mi memoria, sino estas que Doyun dejó sobre mi piel. Esas no me arden como las otras.

La puerta se abre. Me tapo los brazos por completo dejando únicamente las manos a la vista.

Jessia entra con el semblante decaído; verla así me entristece.

Siempre está risueña, irradiando alegría y repartiendo cariño a quien lo necesita, pero ahora tiene los ojos anegados en lágrimas mientras se sienta en mi cama.

Me acerco, me acuclillo a su altura, le aparto el cabello de la cara y le sonrío; ella me devuelve una sonrisa que dista mucho de la habitual.

—Se acabaron las fiestas, el alcohol, las bromas con el ministro, mi carrera militar... Todo se fue por el caño por culpa de mi descuido, de mi estupidez, por no protegerme... por... —Se cubre los ojos con ambas manos y niega con la cabeza mientras solloza.

—¿Estás...?

No alcanzo a terminar la pregunta cuando ella ya asiente. Se me encoge el corazón; no por el embarazo en sí, sino por la profunda tristeza que la invade tras enterarse.

—Pero no llores, todo saldrá bien. El presidente es un buen hombre y... —intento consolarla.

—Dijo que ya cerró la fábrica, que ya crio a Doyun y cuidó de Emily, que no necesita otro crío en su vida. ¿Crees que va a querer a mi hijo? No lo quiere —confiesa.

—Pues si no te quiere con el bebé, yo sí. Es un imbécil. Mírame: yo criaré a tu pequeño contigo, jamás te dejaré sola y esta vez destrozaremos su coche más costoso, ¿trato hecho? —propongo.

Ella asiente y sonríe con lágrimas en los ojos.

—Mejor su casa; si mi hijo no vive con él, no vivirá nadie —propone sorbiéndose la nariz.

Ella cuidó de mí, y aunque esto signifique convertirme en enemigo del presidente, tendrá que escucharme; claro que lo hará.

Hoy es el día: esta misión llegará a su fin y todavía no sabemos quién encabeza esta red.

No existe registro alguno en la base de datos sobre un delincuente apodado Azrael o Ángel de la Muerte, ni en los archivos internacionales; es como si no existiera, no hay nada.

El móvil me vibra dentro del pantalón; lo saco y encuentro un mensaje de mi hermana:

«Acaba de nacer la hermana de tu chico; es una niña. Alexandre quiere que se lo digas a Jaehyun... Borra los mensajes que te envié sobre esto, no hagas lo mismo que con el historial de tu ordenador».

Pongo los ojos en blanco al leerlo. Andréi es incapaz de guardarse nada; ese hombre es mi condena, por Dios. La pantalla vuelve a iluminarse con otro mensaje suyo:

«Me quitaste al novio y ahora soy tu suegra, perro baboso».

Salgo del despacho y voy al cuarto de mi chico. Esta vez lo encuentro tumbado mirando al techo; se incorpora apenas me ve y me sonríe con ese gesto que me desarma, el mismo que me atrapó desde el primer día y continúa hundiéndome cada vez más.

—Hola, doctor —saluda.

—Hola, cariño —respondo.

Cierro la puerta a mi espalda y camino hacia él. Me siento en la cama y le acaricio el pelo mientras me pierdo en sus ojos. No sé si esté preparado para oírlo, no sé si deba decírselo; no quiero que le dé vueltas a la cabeza, prefiero que permanezca tranquilo y feliz como se ve ahora.

—¿Qué pasa, mi amor? ¿Por qué me miras así? —pregunta.

Desvía la mirada cuando las mejillas se le tiñen de rojo.

—¿Así cómo? —inquiero.

Lo empujo con suavidad por el pecho y me tiendo en la cama usando sus muslos como almohada.

Sus dedos se enredan en mi cabello, acariciándolo y jugando con él; cierro los ojos al sentir la cercanía de su rostro.

Sus labios rozan los míos en un beso tierno, de una forma en la que jamás he besado a nadie más, solo a él.

Nos separamos y el corazón me da un vuelco cuando me da un beso corto y me sonríe después; es lo más hermoso que he visto en la vida. Lo amo; estoy perdido por él y no me cabe la menor duda.

—¿Quieres decirme algo? Me miras raro —insiste.

«Te amo», es todo lo que deseo pronunciar.

—Hoy acabará todo esto. Te llevaré a nuestro departamento en la madrugada y voy a follarte tan duro hasta que amanezca —prometo con firmeza.

—Palabras y más palabras; demuéstramelo —me desafía.

Cae la madrugada y con ella lo inevitable. El enfermero y yo nos dirigimos al sótano. Arrugo el entrecejo al encontrar la puerta entreabierta; el tipo la empuja y pasamos. Bajamos los escalones y el olor metálico de la sangre me pone en alerta. Presiono el comunicador de mi oreja y susurro:

«Ya la mató, terminen con esto ahora».

Al cruzar la siguiente puerta, el anciano de barba blanca ya ha asesinado a la anciana.

La tiene colocada de costado mientras sutura los cortes que le hizo para extraerle los órganos.

Reviso la habitación con la mirada y distingo una pequeña nevera portátil a los pies del viejo; allí debe guardar los órganos, seguramente cubiertos de hielo.

Escucho las coordenadas por el auricular que me mantienen alerta:

«Teniente Miley a cuatro metros, los tenemos rodeados; capitán Jan bajando las escaleras hacia el sótano; coronel Hoenen en la salida trasera; capitán Spencer a dos metros».

Apago la cámara, desenfundo mi arma y capto la atención de ambos sujetos.

—Te advertí que serías el siguiente —le recuerdo al viejo.

Le descerrajo dos disparos: uno en mitad del entrecejo y otro en el pecho, justo sobre el lado izquierdo.

Los soldados tiran todas las puertas abajo en cuanto se produce la intervención.

Jaehyun aparece y lo aparto enseguida de la escena; ordeno arrestar a todos los enfermeros para interrogarlos y clausurar las instalaciones luego de trasladar a cada interno a otro centro de salud mental.

Andréi se me acerca y me apoya una mano en el hombro, tal como hace cada vez que se siente orgulloso de algo que logro.

—Operativo impecable, pero nos falta un enfermero —informa.

Una media sonrisa asoma a mis labios. Ya lo advertí: nadie toca lo que me pertenece.

—¿En serio? —me hago el desentendido—. No me percaté...

Jaehyun

—¿Qué ocurrió con el anciano mientras permanecían en el sótano? —interroga uno de los miembros del consejo—. ¿Y dónde está el enfermero que desapareció?

Doyun se encuentra en otra sala; nos interrogan por separado, lo que significa una sola cosa: sospechan que alguno de nosotros tomó la justicia por su mano y que los demás lo estamos encubriendo.

Sé de sobra quién fue: el mismo enfermero que intentó forzarme a que le hiciera una mamada el otro día. Fue Doyun, no tengo dudas.

—Respecto al enfermero, no tengo la menor idea, ya que a mi dormitorio solo ingresaban Hoenen y el ministro. Sobre el anciano: cuando bajé al sótano se abalanzó sobre el ministro para agredirlo con un bisturí. Tuve que abrir fuego; lo lamento, no fue algo premeditado —miento, y el hombre asiente.

Me permiten abandonar la sala y me conducen a otra donde espera Doyun. Tanto el presidente como él me recorren de arriba abajo con la mirada, mientras Doyun me guiña un ojo y me sonríe en cuanto me ve. Lo amo tanto...