25 #3
—Demasiado tarde. Nadie toca lo que es mío.
Camino detrás del enfermero que se presentó ante mí como Edgar.
Avanzamos en silencio por el pasillo que lleva a las habitaciones, con mi HK45 dentro del pantalón, justo en la espalda.
Lo sigo mientras camina sigiloso por el lugar.
Son más de las tres de la madrugada; los demás duermen mientras estos bastardos hacen y deshacen con esta gente como si fueran dueños de sus vidas.
Llegamos a la pared del fondo, donde hay una puerta de hierro. El enfermero toca dos veces y después tres. La puerta se abre desde dentro; un hombre barbudo con el cabello canoso me escanea de pies a cabeza. Le sostengo la mirada sin flaquear hasta que asiente y se hace a un lado.
—El señor Thomas es algo gruñón, pero un excelente limpiador —expresa el enfermero.
Bajamos unos cuantos escalones y el estómago se me revuelve.
El olor a lejía inunda mis fosas nasales.
El anciano enciende la luz; todo está limpio a simple vista.
Continúo caminando hasta que llegamos a otra puerta, esta vez más pequeña que la anterior.
Los tres entramos en ella y mi vista se centra en la anciana de hace rato, la que mencionó algo relacionado con Lucifer y dijo que había visto al diablo.
Ahora se ve bastante tranquila. Observo las paredes con cuidado: hay marcas espantosas por todas partes, marcas de rasguños como si un ser no humano las hubiera hecho. Me cuesta creer que una persona haga algo así sin arrancarse las uñas en el proceso.
Meto ambas manos en los bolsillos delanteros de mi pantalón.
El anciano mira a su compañero con gesto interrogante y este me mira a mí.
Asiento con la cabeza sin saber qué harán con ella.
El enfermero busca en sus bolsillos, saca uno de sus frascos sin identificar, y el anciano toma una jeringa estéril y la llena hasta la mitad con el líquido.
—¿Eso es lo que creo que es? —pregunto.
La mejor forma de obtener información es fingiendo que ya la tienes.
—Lo es... —asegura el enfermero sonriendo, mientras el anciano se asegura de tener los mililitros adecuados—. Una mezcla de ketamina con dietilamida; sus efectos son inimaginables —comenta el enfermero.
De por sí, la ketamina sola es un alucinógeno demasiado fuerte; mezclada con otro todavía más potente, no tengo idea de los estragos que puede causar en un ser humano.
Al contrario de la segunda, el uso de la primera no es recomendable en personas, ya que normalmente se emplea en animales, aunque la hayan adaptado para el consumo humano.
«La gente, por hacer cosas ilegales, no piensa en lo que podría pasarle a su cuerpo; en este caso, por lastimar a otros hacen cualquier cosa».
Hay personas que le temen a los muertos, otros a los demonios; en realidad deberían temerle a la maldad del ser humano y a lo que es capaz de hacerle a los demás solo para demostrar o conseguir poder.
La mujer forcejea por liberarse; la tienen atada de pies y manos a una camilla de metal. Por más que luche, ya es anciana. El hombre de la limpieza la sujeta del cabello y le clava la aguja en la espalda.
«Por eso no hay marcas ni rastro alguno de inyecciones en su cuerpo; nada que se pueda ver a simple vista».
La mujer deja de forcejear y empieza a reír. Como una loca, se retuerce mientras suelta carcajadas, gruñe como un animal y forcejea con una fuerza que creí que no tenía. Intenta soltarse mientras mira aterrorizada a un punto fijo de la pared.
«Alucinaciones, está teniendo alucinaciones. Por eso dijo que había visto al diablo. Estos bastardos la drogan con alucinógenos hasta volverla loca, si es que no lo estaba cuando vino aquí; pero someterla a esto claramente revierte los efectos positivos que tengan los medicamentos,
si es que son medicamentos de verdad».
—¡Nooo, ahí está, viene por mí, por favooor, noooo, ahhh, vete... vete! —grita.
Los otros dos salen del lugar dejándome allí. La piel se me eriza mientras observo cómo aprieta los ojos para no ver; vuelve a abrirlos y, como si estuviera poseída, empieza a golpear la cabeza contra el metal debajo de ella.
Los hombres regresan con una botella de whisky en las manos.
Se pegan a ella y beben como si fuera agua.
El sonoro estruendo de algo rompiéndose invade mis sentidos y me pone alerta.
Me pongo de pie y sujeto a la mujer del cabello; sus ojos se clavan en mí, mientras los otros dos me miran con curiosidad.
No puedo mostrar que estoy en desacuerdo con esto.
Bajo las manos hasta su cuello y presiono en la zona indicada, provocando que se desmaye. El anciano resopla con aburrimiento y se pone de pie.
—¿Cuál es tu maldito problema? Lo estaba disfrutando —se queja.
El anciano se planta frente a mí como si fuera a intimidarme con la botella medio llena que sujeta en la mano derecha.
—¿Problemas? ¿Por qué tendría un problema con un títere?
Soy quien manda ahora; si no quieres ser el próximo, quédate en tu lugar, junto a las ratas que viven aquí abajo —bramo encarándolo—.
Y limpia este mierdero bien. No sé qué apesta más: tu aliento asqueroso o la maldita lejía que me está asfixiando.
Paso por el lado del anciano empujando su hombro con fuerza. Sonrío al salir de allí. Lo he grabado todo, pero no es suficiente: necesitamos al cabecilla de esto. Si no se le corta la cabeza a la serpiente, de nada sirve rebanar el resto del cuerpo sabiendo que se pueden regenerar.
Tanto el presidente como los demás miembros del consejo tienen acceso a las grabaciones de nuestra cámara mientras está encendida, de modo que sé que Andréi ha visto y escuchado todo.
Salgo del sótano sintiendo al enfermero venir tras de mí; no me importa lo que haga con los demás, me aseguraré de que no salga con vida de esto.
Soy un militar que ama eliminar la escoria, sin importar la metodología que tenga que usar.
Regreso al pasillo de las habitaciones; todas las puertas están cerradas.
Las voy abriendo una por una, asegurándome de que todos los internos permanezcan en sus respectivos lugares.
Hay dos enfermeros más que patrullan de un extremo a otro para vigilar que nada se salga de control.
Miro a ambos lados antes de entrar a la habitación de Jaehyun. Lo veo acostado en la cama, de espaldas a la puerta; su respiración es tranquila, así que cierro y me meto en su cama. Paso un brazo por su cintura y aprieto los dientes al sentir el cañón de su pistola contra mi estómago.
—Jaehyun, mierda...
—Avisa que eres tú; solo me cuido —se excusa.
Mete el arma debajo de la almohada, se mueve hacia atrás y pega su trasero a mi entrepierna antes de acariciarme el rostro con la mano derecha.
Me atrae hacia él y une sus labios con los míos.
Deslizo la mano derecha por debajo de la pijama y comienzo a frotar sus pezones con la palma.
Un gemido gutural brota de su garganta y me lo trago, justo como deseo hacer con él entero.
Esta necesidad enfermiza que siento cada vez que lo tengo en mis manos... Estas ganas de consumirlo, de morder su piel, de clavar mis uñas en su cuerpo, de dejar mi marca en cada rincón de su figura, de hacerlo gemir mi nombre mientras suplica por mi polla.
Me separo dejándolo con la boca entreabierta, jadeando mientras me mira.
Me excita verlo así, con las mejillas encendidas, los labios húmedos y jadeando por la falta de aire con los ojos puestos en mí.
Tomo el borde de su suéter y tiro de la tela hacia arriba; duda un instante, pero alza los brazos y permite que lo despoje de la prenda.
Inspecciono con cuidado las marcas de su torso, que continúan sanando despacio; las de los brazos no tienen mejor aspecto, pero al menos no están abiertas.
Ha hecho lo que le pedí: está cuidando el cuerpo de mi chico.
Vuelvo a besarlo mientras le quito el pantalón.
Ataco su cuello, mordiendo y succionando la piel hasta que se retuerce y arquea la espalda; sus uñas se clavan en mis hombros.
Desciendo hasta su pecho, muerdo y chupo la piel hasta dejar marcas visibles, y recorro su torso trazando un camino de mordiscos hasta llegar a su miembro.
—Umm... —gimotea.
Paso la lengua por su glande lamiendo el fluido que brota de su polla.
—Mierda, me pones tan caliente... Haz que me corra —suplica.
Tira de mi cabello. Me desabrocho el pantalón y me bajo la cremallera bajo su atenta mirada; libero mi miembro duro y erecto. Deslizo los dedos por el glande empapándolos de líquido preseminal y los llevo a su boca; él entreabre los labios y me lame los dedos.
—Te has convertido en un pervertido exigente, bebé —jadeo.
Rodeo su erección con la mano derecha y empiezo a masturbarlo con lentitud tortuosa.
Se retuerce bajo mi tacto; el ritmo aumenta a medida que sube el volumen de sus gemidos.
Me importa una mierda quién pueda oírlo: soy yo quien provoca esos sonidos gloriosos en él y nadie impedirá que los deje salir.
Gime sacudiéndose de placer; muerde las sábanas tratando de amortiguar los sonidos que escapan de su garganta.
—Toma mi polla —le ordeno, y obedece—. Ahora mastúrbame, bebé —demando.
Empieza a mover su mano sobre mi verga mientras yo continúo sobre la suya. Sus dedos pequeños y suaves se sienten gloriosos alrededor de mi grosor; una descarga eléctrica me recorre la espina dorsal. Aprieta la mano con una fuerza que duele y excita a partes iguales.
Sus gemidos se mezclan con mis gruñidos. Apoyo mi frente contra la suya mientras su cuerpo sufre espasmos segundos antes de venirse. Tomo su boca, tragándome el gemido sonoro que escapa de su garganta, y me corro sobre su vientre mientras su semen nos mancha a los dos.
—Eres... tan... Dios... —Las palabras brotan entrecortadas de su boca.
Su pecho sube y baja con frenesí mientras intenta recuperar el aliento. Sonrío sobre sus labios, atrapo el inferior y tiro de él hasta arrancarle un quejido.
—Lo sé, roi; soy el mejor...