MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 25
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Al entrar a la sede, el ministro informa a los implicados en la misión sobre cuál será su papel y lo que debemos hacer: tenemos que encontrar al responsable detrás de esto.

—¿Por qué yo de enfermera? Qué aburrido —bufa Hoenen.

—No le podemos dar el papel de loca a quien ya lo está —se burla Spencer—. Cuídate de que no te dejen encerrada, loca.

—Habló el sufrido que sigue esperando a que lo miren una vez en su vida —contrataca la coronel.

La reunión concluye y salimos de la sala.

Los cuatro caminamos hacia el patio. El presidente aparece junto a una mujer delgada con uniforme militar; lleva el cabello negro recogido en una coleta y la tela se ajusta a su figura como una segunda piel.

Sus ojos marrones brillan y sus facciones destacan sobre las demás por su belleza; emana una mezcla de seguridad y feminidad.

No tengo idea de quién es, pero encaja con el prototipo de mujer que cualquier hombre desearía tener a su lado.

—Ella es la ministro Nathalie Smith —nos presenta el presidente—. Al igual que en misiones anteriores, colaboraremos con la sede de Miami. Ella quedará a cargo de la base mientras el ministro Geon y algunos de sus soldados estén fuera. ¿Entendido? —exclama.

—¡Señor, sí, señor! —responde el grupo de militares al unísono.

Doyun pone los ojos en blanco y bufa al observar a la mujer. Ella lo nota y le sonríe; él solo niega con la cabeza y se marcha hacia su oficina. No entiendo por qué reaccionó de esa manera.

Todos vuelven a sus puestos tras la orden del presidente. Hoenen se aproxima hacia mí y se detiene a mi lado.

—Cuidado si te muerde una víbora: es venenosa —advierte con molestia, retirándose por el mismo pasillo por el que se fue el ministro.

La recién presentada como Nathalie Smith conversa con el presidente unos instantes, asiente a todo lo que él le indica y, al separarse, camina hacia mí con una amplia sonrisa.

—¿Eres nuevo por aquí? —pregunta.

Extiende la mano en mi dirección y la estrecho sin inconveniente.

—Mi nombre es Nathalie Smith, ministro de la sede de Miami, en Florida —se presenta.

—Capitán Jan Jaehyun. Anteriormente serví en la central, en Corea del Sur; y respondiendo a su pregunta: sí, soy nuevo por aquí —aclaro.

Libero el agarre de su mano y sus ojos me recorren como si fuera un trozo de carne que quisiera devorar.

—Ya nos veremos por ahí, cariño —susurra.

Me guiña un ojo y desaparece al interior del edificio.

Parpadeo un par de veces intentando asimilar lo sucedido.

No suelo coquetear con nadie y ahora resulta que me llueven pretendientes.

¿Qué mierda? O sea, sé quién soy, nunca me ha faltado atención, pero últimamente parece que el universo se empeña en joderme.

Me doy la vuelta al sentirme observado. Mis ojos se topan con la expresión seria y molesta del ministro, quien está de brazos cruzados, apoyando el hombro en el marco de la entrada. Me recorre de arriba abajo y empuja el interior de la mejilla con la lengua, dejando en evidencia su furia.

¿Y a este qué bicho le picó ahora? Definitivamente, aquí todos están locos.

Más tarde, mientras nos preparamos para ingresar al psiquiátrico, Doyun pasa junto a mí con las manos metidas en los bolsillos. Spencer y yo alistamos los micrófonos y todo el equipo que debemos instalar dentro de las que serán nuestras habitaciones para monitorear lo que ocurra en el lugar.

El ministro vuelve a cruzar cerca de nosotros.

Es evidente que me vigila, o quizá me cuida, aunque no entiendo de qué: aquí en la base casi no hablo con nadie, no tengo más amigos que Hoenen y Spencer.

Este último se ha preocupado por mí en más de una ocasión y lo considero una buena persona; no hemos hablado de temas ajenos al trabajo, pero aquel día en la selva, y luego tras lo ocurrido en Kiev, me ayudó en todo momento cuando bien pudo pasar de mí como el resto.

Al anochecer nos trasladan al hospital. Dos enfermeros nos reciben, entre ellos Hoenen. Nos asignan habitación y, tras obligarnos a ducharnos, nos entregan la ropa de los internos. Un enfermero entra en mi cuarto y me ordena salir al pasillo; obedezco.

Todos los pacientes están fuera de sus dormitorios.

No hace falta que pregunte qué ocurre cuando el enfermero se planta frente a todos y señala al ministro.

Luce impecablemente peinado, con ambas manos metidas en los bolsillos de la bata blanca que cubre la mayor parte de su cuerpo, unos vaqueros negros ajustados que dejan a la vista el bulto de su entrepierna y una placa con un nombre que no le pertenece.

—Este es el doctor Easton Warker, recién asignado a este centro. Hagamos que se sienta como en casa —anuncia el enfermero.

Tanto los internos como el personal asienten. Los demás pacientes lucen idos, dopados, como si estuvieran extraviados dentro de su propia mente o profundamente sedados.

—Hagamos que mi estancia aquí valga la pena —musita el supuesto médico, que no tiene idea de medicina—. Pueden volver a sus habitaciones; pasaré a visitar a cada uno en unos minutos —comenta.

Gira sobre sus talones y nos da la espalda para marcharse.

«Ese jodido Geon, con ese cuerpo tan sexi y ese rostro perfecto... Carajo, estas noches no podremos dormir juntos, no lo había pensado. Necesito una consulta privada con el doctor Warker».

Es extraña la sensación, la pesadez en el ambiente mientras caminas.

A pesar de lo iluminados que están los pasillos, se percibe una oscuridad densa al recorrerlos.

Apenas cae la noche, los internos entran a sus habitaciones; muy pocos parecen lúcidos, la mayoría están fuera de sí, como si sus cuerpos permanecieran aquí, pero su alma y su esencia se hubieran marchado.

No soy médico, pero resulta evidente que muchos están sedados; tal vez lo necesiten, tal vez no.

En total hay seis enfermeros y dos enfermeras, entre ellas Hoenen, quien sustituye a la trabajadora que renunció tras denunciar lo que estaba ocurriendo.

Estoy seguro de que hay algo más detrás de todo esto: el director del hospital ni siquiera se presentó a darme la bienvenida, no parece importarle lo que sucede en las instalaciones, por lo que bien podrían ser personas ajenas las involucradas en los hechos.

Quiero averiguar quiénes son los pacientes abandonados, aquellos seres internados que no reciben visitas ni seguimiento familiar; ellos son el blanco de esta red criminal. Nuestro objetivo es provocar que intenten actuar contra Jaehyun o Spencer.

Debo velar por la seguridad de los soldados bajo mi mando; sin embargo, tengo una prioridad aquí.

Estar enamorado es desconcertante, no sé cómo describirlo; es como si todo lo demás perdiera relevancia y solo importara él, únicamente lo relacionado con él.

No me importa quedar hecho pedazos si él está a salvo.

Dejaría todo atrás para permanecer a su lado; sería capaz de entregarle el mundo con tal de conservar la sonrisa que me regala por las noches. Vale por completo la maldita pena.

Entro en el consultorio e indago entre los expedientes.

Cuento un total de veinte internos, incluidos nuestros agentes encubiertos.

Lo curioso es que no existe un historial médico de los que estuvieron antes, como si renovaran los archivos a diario y desecharan aquellos que les resultan comprometedores.

Clasifico los documentos en tres carpetas, considerando el rango de edad indicado por el presidente y los pacientes que llevan más de uno o dos meses sin recibir a un allegado.

Me siento en la silla giratoria y reviso las cámaras a través de la pantalla de mi reloj, enfocando la de la habitación de Jaehyun.

Sonrío al verlo inspeccionar el cuarto. Se muerde el labio inferior, se tiende sobre la cama, se sube las mangas del suéter y se lleva las manos a los antebrazos.

Aprieto la mandíbula al notar cómo se frota la piel con las palmas para evitar lastimarse; le pica y detesto saberlo, odio verlo pasar por esto.

Apago el dispositivo y me pongo de pie. Tomo la carpeta y un bolígrafo, fingiendo que de verdad evaluaré el estado de esas personas.

Regreso al pasillo y me cruzo con uno de los enfermeros; me detengo junto a él y echo un vistazo a los fármacos que transporta, ninguno lleva un rótulo que me llame la atención.

—A los pacientes que ingresaron hoy solo los medicará la enfermera Holly por orden mía —le indico.

Dudo que Jaehyun o Spencer permitan que alguien más les suministre nada, pero debemos evitar sospechas; no hay que ser tan evidentes.

—Comprendido, doctor —responde con una inclinación de cabeza antes de seguir su camino.

Entro en la primera habitación de la lista y me encuentro con una anciana; tiene los brazos y el rostro llenos de arañazos. Las paredes muestran marcas extrañas, aunque la mujer no parece poseer la fuerza necesaria para provocarlas.

—Señora Gregor —saludo.

Permanece inmóvil, como si no pudiera oírme. Termino de ingresar y me acerco despacio, con cautela para no alterarla ni provocar que reaccione con violencia.

—Soy el doctor Warker, vine a ver cómo se encuen...

—Lo vi —interrumpe sin apartar la vista del muro—. Ahora es mi turno. El diablo me persigue; tiene los ojos rojos como el fuego del infierno, es alto, enorme, y vino a llevarme con él. Nos matará a todos, uno por uno... ¡A todos, a todos, a todos!

La mujer comienza a gritar descontrolada; bueno, tal vez lo esté, es un manicomio después de todo.

Uno de los enfermeros acude de inmediato y la sujeta mientras ella se rasga las mejillas con tal desesperación que se abre la piel.

El empleado le aplica una inyección con brusquedad; la mujer se calma poco a poco y sus alaridos se reducen a un murmullo hasta que pierde el conocimiento.

El enfermero la acomoda en la cama y le pone una camisa de fuerza.

—Trastorno de estrés postraumático —aclara el empleado, justificando la crisis de la paciente.

—Quiero un informe detallado de las sustancias y las dosis administradas a cada interno, y lo quiero en mi mesa ahora mismo —exijo.

El enfermero asiente y sale de la estancia.

Prosigo revisando habitación por habitación, encontrando cuadros diversos en cada una.