Jaehyun #3
Justo ahora que lo he visto sonreír tantas veces en un solo día... Apenas es viernes y ya exigen declaraciones. Al menos se trata del consejo; mientras el asunto no escale hasta el FBI, no habrá ningún problema. Me encargaré de que así sea.
«No permitiré que le pase nada malo otra vez. No de nuevo, no mientras esté conmigo. No me importa si para mantenerlo a salvo debo ir en contra de mi religión, de mis valores, de todo lo que he amado en la vida, de mi rango y de mi carrera militar: él es lo primero».
Salimos de casa temprano; debemos ir a hablar con el consejo.
Por suerte es con ellos y no con personas más influyentes, como el FBI directamente o el gobierno.
Ciertamente el Sindicato es como un cáncer que el gobierno quiere eliminar, y si se llega a saber que soy el hijo del líder principal, hijo de Alexandre Petrov, no sé de qué serían capaces con tal de destruir el sindicato a través de mi.
No podemos llegar juntos al consejo, por lo que cada uno toma su auto; sin embargo, el ministro insistió en mantenerse en videollamada durante el trayecto hacia nuestro destino.
Se ve tan sexi conduciendo su auto del año con una sola mano mientras con la otra juega con la argolla en la comisura de sus labios.
La forma en que tensa la mandíbula sin apartar la mirada del camino...
Es guapo y es mío, aunque debamos mantener lo que sea que tenemos en secreto ante los demás, según el presidente.
Nos estacionamos frente al complejo de edificios del consejo. El escudo de la FAFSEN está en el edificio del medio, lo que le da la apariencia de una comisaría local o algo similar, pero obviamente un civil no puede entrar aquí.
—Shh, hey.
Doyun llama mi atención a través del teléfono y, después de estacionarme correctamente, miro la pantalla, como si no me lo hubiera estado saboreando todo el puto camino hacia acá.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Observo cómo acaricia sus labios con las yemas de los dedos mientras mira a la pantalla.
—Dale un beso a tu hombre —ordena, acercando su boca al lente.
—¡Ay, por Dios!
Me aparto del celular y cuelgo la llamada al escucharlo reír.
Salgo del auto y me guardo el celular en el bolsillo del pantalón.
El presidente nos recibe y se queda mirándome por la ropa que llevo puesta: solo traigo el pantalón del uniforme militar y un suéter de mangas largas; aún no pienso exponer mis brazos, no hasta que las heridas sanen por completo.
Andréi saluda a su hijo y después a mí. Tensa la mandíbula mientras se debate sobre cómo reprenderme por llevar ropa poco adecuada para el lugar donde estamos.
—Capitán Jan, ¿conoce las consecuencias de presentarse ante el consejo sin su uniforme cuando tenía conocimiento previo de que vendría? —advierte el presidente.
La voz de reproche y advertencia del presidente hace que me tiemblen las manos. Asiento en respuesta y hago una reverencia para disculparme.
—Sí, señor, es que yo...
—Yo asumiré las consecuencias de que no lleve su uniforme; soy el único responsable de que no lo porte —interviene el ministro.
Su padre alterna la mirada entre su hijo y yo, y asiente.
—Tengo camisas nuevas en mi maletero; puedo regalarte algunas —propone el presidente.
—Andréi, ya te dije que no necesita el maldito uniforme. Se queda con el suéter y punto, ¿lo entiendes? —brama su hijo.
Ambos hombres intercambian miradas; el presidente asiente sin dejar de mirarme.
—Eso pensé —agrega el ministro.
Pasa al lado de su padre, chocando con su hombro en el proceso.
—Lo lamento, señor presidente —me disculpo.
El hombre solo asiente y nos acompaña al interior del edificio. Nos dirige a la oficina donde los demás integrantes del consejo esperan por nosotros.
Los dos hacemos el saludo militar y el ministro toma asiento antes de que se lo pidan.
Yo espero hasta que el presidente me hace una señal para que lo haga.
Los demás hombres sentados a nuestro alrededor nos escanean como si quisieran encontrar nuestros miedos, como si pudiesen descifrar a través de nuestros ojos lo que quieren saber, pero no les resultará tan fácil.
—Sé que, como principal escalón en la jerarquía de la FAFSEN, tienen mucho tiempo libre, pero desgraciadamente tengo un pabellón de militares a mi cargo y no dispongo del mismo tiempo que ustedes; así que, a lo que vinimos —exige el ministro.
Uno de los hombres se acomoda en su silla giratoria y se cruza de brazos, observándonos.
—Aclárenos, ministro Geon, lo que sucedió en Kiev durante el rescate del capitán Jan. Sobre todo, ¿por qué lo secuestraron? —indaga el hombre.
—Si tuvieras un rango más elevado que el de un simple consejero, Henry Styles, sabrías la relación del capitán Jan con la mafia siciliana y, por ende, entenderías el porqué de su secuestro.
En cuanto a la intervención del Sindicato en su rescate, simplemente fueron dos sucesos que coincidieron el mismo día: el rescate del capitán y el ataque del Sindicato contra la mafia siciliana —responde el ministro.
Lo dice con tanta seguridad que incluso yo, sabiendo que no fue así, me cuestiono si eso fue lo que pasó. El hombre levanta una ceja y niega con la cabeza.
—¿Y, según usted, cuáles son las razones para que la organización criminal más grande y temida del mundo ataque a una mafia que recién está creciendo? —cuestiona el hombre.
—Demostrar poder y darse a respetar —intervengo con la cabeza en alto.
Los hombres de la mesa me miran con curiosidad, esperando a que aclare mi punto.
—Todos sabemos que Rusia es territorio del Sindicato.
Que otros mafiosos ronden Kiev, siendo la capital de un país tan importante a nivel económico como lo es Ucrania, es una clara falta de respeto hacia ellos.
Es obvio que intervendrían y dejarían claro quién manda en esa parte del mundo.
Si no, ¿cómo explican que al único que se han llevado sea a Caleb Roux? —explico.
—Y además tienen secuestrada a mi hija —interviene el presidente.
Doyun empieza a toser para evitar reírse de lo que acaba de decir su padre. Los hombres de la mesa parecen convencidos, ninguno formula otra pregunta y el presidente saca unos documentos, los coloca frente a nosotros y empezamos a hojearlos.
—Un loquero, ¿es en serio? —indaga el ministro, indignado.
El presidente solo asiente y enciende una pantalla frente a nosotros; en ella aparece lo que parece ser un hospital psiquiátrico.
—Este es el Hospital Psiquiátrico San Lucas.
Una de las enfermeras reportó la desaparición de algunos pacientes de entre veinticinco y sesenta años.
La OMS, junto al Gobierno de los Estados Unidos, ha solicitado que se investigue el caso.
Por supuesto, nadie dentro del hospital sabe que se está llevando a cabo una investigación... —explica el presidente.
—¿Y qué tengo que ver yo con el loquero? —cuestiona Doyun.
No puede creer que le toque trabajar encubierto en un psiquiátrico.
—Hace dos días fueron encontrados los cuerpos de los desaparecidos.
Todos comparten una característica: son personas sin vigilancia por parte de su familia, ingresados por los que se paga la estancia, pero a quienes nadie visita en meses.
Supongo que es su forma de elegir a las víctimas —responde otro miembro del consejo.
—¿Víctimas de qué? —pregunto, observando las fotos de los cuerpos desnudos en la pantalla.
—Tráfico de órganos —responde el presidente.
Nos muestra una imagen donde se aprecian las cicatrices en cada cuerpo, el lugar exacto donde los abrieron para extraerles los órganos.
—Nuestra hipótesis es que, de alguna manera y mediante algún fármaco, les provocan la muerte o inducen el suicidio para justificar el deceso. Sin embargo, la extracción de órganos no tiene justificación médica, así que... ministro Geon, capitán Jan...
—Cuenten con nosotros —acepta el ministro antes de que el presidente termine de formular la pregunta.
Es bueno que nos asignen una nueva misión. Un operativo diferente, desligado de la mafia, es todo lo que necesito para distraerme, para mantenerme ocupado sin ser una molestia para los demás.
—Estos son los perfiles de quienes participarán en el operativo —informa el presidente.
Deja otros papeles frente a nosotros: el capitán Spencer como interno con trastorno de identidad disociativo, Hoenen como enfermera, el ministro como médico asignado y yo como paciente con esquizofrenia y trastorno obsesivo-compulsivo.
—¿Cuándo empezamos? —indaga el ministro.
—Esta noche —responde el hombre al que ahora identifico como Styles; me da igual cuál sea su nombre.
Llegamos al estacionamiento subterráneo de la base militar.
Salgo del auto y camino hacia el del ministro, que aún no se ha bajado.
Desciende en cuanto me ve, me toma de la mano, abre la puerta trasera del Jeep y me hace entrar para subir él enseguida.
Lo miro confundido mientras me escanea de pies a cabeza.
Me toma de los brazos y levanta las mangas una por una para asegurarse de que no me haya lastimado durante la reunión.
—Estoy bien —aseguro.
Retrocedo mientras avanza hacia mí, clavando sus ojos en los míos como si quisiera devorarme.
—Ministro... —intento decir.
Apoyo ambas manos en su pecho; sentir sus músculos tan firmes solo me arranca un suspiro y hace que me muerda el labio inferior mientras lo miro a los ojos.
—Esa jodida boca... —gruñe, fijándose en mis labios—. Carajo, roi —gime.
Toma mi labio inferior con los dientes, tira de él y luego lo succiona. Me sujeta de la nuca y comienza a devorarme la boca. Correspondo intentando seguirle el ritmo; está desesperado, ansioso, como si me deseara con la misma fuerza de la primera vez.
Por esto se siente tan bien estar entre sus brazos: no importa cuánto tiempo pase, sigue sintiéndose igual de intenso, igual de apasionado que el primer día.