Jaehyun
No creí que Doyun vendría conmigo al entierro de Ava.
No voy porque quiera ver a mi madre: voy porque esta es la última oportunidad que le daré para saber si se preocupa por mí o no.
Sé que ella fue quien llamó a Alexandre, pero eso no quiere decir que se preocupe por mí, sino que teme lo que pueda hacer mi padre con ella.
Quiero mucho a Maximus, pero no creo que después de lo que pasó siga de mi lado, no después de que su hija está muerta por eso.
Me siento tan avergonzado de haber estado celoso de una aplicación, de una puta inteligencia artificial... pero nunca aceptaré que hice eso: es su palabra contra la mía y lo voy a convencer de que yo siempre tengo la razón.
Mientras conduce, sujeta mi mano derecha sin apartar la vista de la carretera; entrelaza nuestros dedos y deposita un beso en el dorso de mi mano.
Continúa conduciendo con una mano y me sostiene con la otra.
El ministro estaciona el auto y, antes de salir, tira de mí llamando mi atención; hace que lo mire y acaricia mi mejilla con la yema de sus dedos mientras me mira fijamente.
—Recuérdalo: estoy aquí, no iré a ningún lado, ¿está bien? —recuerda, y asiento con la cabeza.
Salimos del auto y camino hacia donde están los demás, todos ellos vestidos de negro. Yo también, pero por situaciones diferentes: ellos por el luto hacia Ava y yo porque hoy morirá esa parte mía que permite que todos me pisoteen; mi madre la asesinará y no tengo duda de ello.
Avanzo hacia donde está mi madre junto a Maximus; su vientre está más abultado que la última vez que la vi.
Echo un vistazo al ataúd, pero está completamente cerrado.
No tengo idea de lo que hizo Doyun con ella, pero tampoco tengo curiosidad.
Me acerco a mi madre sintiendo la presencia del ministro detrás de mí; me siento como esas personas que tienen guardias de seguridad enormes.
No hay demasiada gente alrededor; el cura ya está aquí. Intento acercarme a mi madre, pero ella pasa de mí dirigiéndose al ministro; llega frente a él y lo ataca sin dudarlo: lo golpea en el pecho mientras le reclama sin importarle nada más.
—¡Ahora estás contento, ¿verdad?! ¿Qué demonios haces aquí?
Eres un maldito hipócrita. ¡Maldito, mil veces maldito!
Te odio con el alma. Ojalá te quiten lo que amas, así como me lo quitaron a mí.
Ojalá te pudras en el infierno. Tú la llevaste a esto, todo esto es tu culpa.
¡Eres el único culpable, solo tú, nadie más! —reclama.
Sus gritos hacen que todos los presentes fijen la mirada en ellos dos. El ministro no responde nada, solo la sujeta de ambas manos evitando que continúe golpeándolo, por lo que ella solo continúa llorando sin consuelo, mirando el césped bajo sus pies.
—¿A quién le importa si me dejas de hablar o no? Me importa el dinero, no la gente —responde.
—Dime una cosa: ¿lo arreglaste tú, verdad? ¿Dónde estabas cuando asesinaron a mi hija? ¡Eras su marido, tenías que cuidar de ella! —reclama mi madre.
—Estaba conmigo —intervengo.
La aparto de Doyun y me coloco en medio de los dos, encarándola.
—¡Estuvo conmigo haciendo lo que te correspondía a ti como madre! ¡Cuidándome después de que tu hija me entregó a la mafia, después de que se alió con mis enemigos y juntos me destrozaron! ¿Y dónde estabas tú, mamá? —reclamo.
—No es momento para esto. Este hombre es el culpable de la muerte de tu hermana... —insiste.
Me siento tan transparente como siempre. No me ha visto desde que me secuestraron; ni siquiera me ha preguntado cómo estoy, no tiene interés en saber si me torturaron... No le importa nada que tenga que ver conmigo: solo es Ava, como siempre es ella, incluso después de muerta.
—¡Ava, Ava, Ava! —repito a gritos, sintiéndome colérico—.
¡¿Puedes por favor mirarme?! Yo también soy tu hijo, mamá.
Yo también quería tu amor, yo también te necesité cada noche, cada una de las veces que pasaste de mí como si no fuera nada.
¡Por una vez en la vida, mírame! ¡Mírame a mí también, mamá!
¡Ella está muerta! Tu hija favorita me destruyó y se murió, y qué bueno: la odio por tu culpa, la odio como te odio a ti. ¡Todo esto es tu culpa, de nadie más!
Giro el rostro esperando la bofetada que me lanza, pero no llega: Doyun me sujeta por la cintura desde atrás y tira de mí pegándome a su cuerpo; su mano derecha sujeta la mano con la que me iba a golpear Maddison.
—Tócalo y te mato —advierte el ministro.
Maximus se acerca a ella, la sujeta del brazo y hace que se aparte un poco de mí. Los ojos del hombre que me vio crecer me escanean de pies a cabeza; no me reprocha nada, ni siquiera me mira con desprecio: nunca lo ha hecho.
Todos los presentes nos giramos hacia el camino de entrada: unas camionetas negras entran al lugar con música a todo volumen. En total son cinco; todas se detienen frente a nosotros. El cura sujeta su crucifijo mientras observa salir de los vehículos a varios hombres que nos rodean, todos armados.
Mi vista se centra en la camioneta del medio: de ella sale Emily, pero no es la chica que conocí hace años. Tiene el cabello ondulado y revuelto, y lleva un vestido rojo que no cubre más de la mitad de sus muslos, con una abertura lateral que sube hasta su cadera.
Del otro lado de la misma camioneta sale Alexandre con un traje elegante de color negro; la camisa que lleva debajo es rojo vino. Lleva consigo una botella de whisky; le da un sorbo y avanza hacia nosotros después de dejarla sobre el capó.
—¿Por qué están tristes? La muerte no se llora, se celebra —musita frente a mi madre y Maximus, quien cubre a la mujer con su cuerpo.
—Maddison está embarazada. Solo di lo que tengas que decir y lárgate de aquí —musita Maximus mostrándole su arma a Alexandre.
El ruso solo se echa a reír; sujeta a Emily y la coloca a su lado.
—Claro que sé que está embarazada. ¿Quién crees tú que la embarazó? —se burla.
Se echa a reír al ver cómo Maximus se aparta de Maddison y la escanea sin podérselo creer.
—Pero mírale el lado bueno: ya no sentirás remordimiento cuando la asesine; después de todo, ese es mi hijo, no tuyo... —insiste Alexandre.
Maximus aprieta la mandíbula; sé lo que está pensando. Mira a su alrededor, observa a todos los hombres que nos rodean y niega, apartándose de Maddison.
—¡Púdrete! —escupe Maximus.
Se acerca al cura y le pide que rece por su hija.
Nadie más le presta atención a Maximus ni a los rezos del sacerdote: todos tienen la vista fija en Alexandre.
El hombre se acerca a mí con ambas manos dentro de los bolsillos; me echa un vistazo, pero no dice nada.
Observa a Doyun y sonríe de lado al verlo.
Se gira de nuevo hacia Maddison y observa su vientre con detenimiento; lo toca como si quisiera corroborar que lo que hay dentro tiene vida.
—¿Cuántos meses? —pregunta, y ella se encoge en su sitio—. ¡Responde, carajo!
—Seis... seis —responde cubriéndose los oídos.
—Bien, seis meses está bien —asegura; sujeta a la mujer del cuello—. Estúpida —susurra, y hace que uno de sus hombres la meta en una de las camionetas—. Vámonos —ordena mirando a Emily.
—Ni de broma, aquí me quedo. Regresa al infierno, Lucifer —responde ella cruzándose de brazos. El ruso la escanea de pies a cabeza y se encoge de hombros.
—Lo que digas, cara de ardilla.
El hombre se empieza a alejar; toma un cigarrillo y se lo lleva a los labios. Se sube a la camioneta y se marcha junto a sus hombres. Doyun se coloca frente a su hermana y la sujeta del brazo.
—¿Es en serio, Emily? Primero Caleb y ahora Alexandre... El hombre te saca más de veinte años, podría ser tu padre —le reclama a su hermana.
—Pero es el padre de tu novio, no el mío. Además, ¿de qué hablas? No he hecho nada: estaba secuestrada, ¿recuerdas? —se burla la chica—. ¿Nos tomamos un trago?
Estaciono el coche en la ubicación que me envió Emily.
Estamos aquí para celebrar mi viudez; no hay que mencionar a los muertos.
No pasó desapercibido para mí el hecho de que Alexandre no cruzó palabra con Jaehyun.
El hombre es astuto, no lo voy a negar; si nadie ve contacto entre ellos, no van a sospechar que es su padre, y menos ahora que literalmente secuestró a su madre frente a sus ojos. Como dije, es inteligente.
Traje a Jaehyun conmigo. Sé que no está con los mejores ánimos, pero quedarse encerrado en casa no le ayudará; al menos, rodeado de gente que sí lo nota y que sí se preocupa por él, no pensará de más, no se pondrá triste y no se lastimará a sí mismo.
Pero sobre todo no me apuntará con su arma por culpa de mensajes de una app. Jamás superaré eso.
Llama mi atención el hecho de que no hay personas extrañas en el bar, como si lo hubiesen reservado para nosotros.
Las cámaras del lugar están apagadas, cosa que me pone alerta.
Pongo los ojos en blanco en cuanto termino de entrar al lugar: Emily está en medio de la pista bailando con Hoenen y el capitán Spencer.
Pobre hombre, lo están usando para poner celoso al ruso.
Nos acercamos a donde están los demás sentados.
Gracias a Dios el presidente no está aquí; si se entera de esto, capaz que le dé un infarto al pobre hombre.
Mi vista se centra en los tres hombres que están en el centro de la barra.
El del medio es Alexandre y, si no me falla la memoria, los otros dos son sus colegas.
Los dos son los intengrantes del sindicato, aunque, claro, Alexandre tiene más poder que los otros dos, él es el lider.
Alexandre le pide a Jaehyun que se acerque y él lo hace sin dudarlo.
El hombre lo saluda con dos besos, uno en cada mejilla.
Lo veo decirle algo a los otros; los ojos azules del rubio sentado a la izquierda de Alexandre brillan al observar a Jaehyun.
Escanea el cuerpo de mi chico con descaro, como si yo no existiera.
Me acerco a Jaehyun desde atrás y lo abrazo por la cintura, haciendo que se sobresalte, sonríe al verme y coloca una mano en mi mejilla.
—¿Nos estamos presentando o qué? —fulmino al hombre con la mirada.
Alexandre me ofrece de su trago y lo tomo.
Le doy un sorbo y se lo extiendo a Jaehyun; él niega y lo aparto.
Miro a todos lados para asegurarme de que los militares presentes sean de mi confianza y no vayan a delatarnos.
Cualquier foto, video o audio de nosotros con Alexandre nos enviará directo al calabozo.