MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 23 #2
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Ella me mira con interés; en ningún momento se muestra incómoda o cansada de escucharme hablar, y eso me gusta. Sujeto sus manos con más fuerza, me siento cómodo. Ella sonríe mirándome y acomoda el cabello que alboroté hace poco; ella es mi amiga.

Me acerco a ella y la beso en la mejilla; me devuelve el beso y me abraza. Me siento bien con ella: me está cuidando, no me quiere lastimar.

—¿Quieres que venga más seguido a verte? El presidente se queda en la base cuando vengo aquí y, sobre todo, me gusta hablar con mi amigo —asegura.

Me gusta estar con Doyun, lo prefiero a él, pero ya lleva unas cuantas semana fuera del trabajo: su cargo militar de ministro no puede abandonarlo por tanto tiempo a menos que sea por una misión, y yo no soy una. Mi corazón se acelera cuando escucho la puerta ser desbloqueada desde fuera.

Me aparto de Jessia y me giro hacia la puerta; espero a que el ministro la atraviese y así pasa. Trae el celular en la mano derecha; su camiseta está manchada, pero no logro identificar de qué. Sus ojos se conectan con los míos y mi corazón da un vuelco cuando lo veo sonreírme.

—¿Todo bien? —pregunta.

Deja el celular en la repisa, camina en nuestra dirección y acaricia mi cabello; se inclina hacia adelante y se acerca, depositando un beso en mis labios en forma de saludo.

—Hola, precioso —saluda.

No soy capaz de responder: toda mi atención se centra en el olor a sangre que sale de él, de su ropa.

—Voy a tomar un baño, vuelvo enseguida —anuncia, apartándose de mí.

Me pongo de pie de inmediato y observo a Jessia; la mujer asiente con la cabeza, entendiendo lo que quiero sin necesidad de hablar.

Se levanta del mueble y toca mi hombro antes de salir del apartamento.

Cierro la puerta principal, le echo el cerrojo, camino a la habitación y entro al baño; encuentro la ropa en el cesto de la ropa sucia y la saco de allí, la meto al lavamanos dejando que el agua elimine la sangre.

Corro la puerta de cristal a un lado. Doyun se gira y me mira; vuelve a sonreír y me extiende la mano para que entre con él a la ducha. Niego y trago saliva con dificultad; cubro mis manos con las mangas de mi suéter. Doyun se acerca unos pasos más con la mirada fija en mis manos.

—¿Dónde estabas? —pregunto, y lo miro a los ojos.

Los suyos no son tan claros como los míos, pero en este punto creo saber si me miente.

—En las afueras de Nueva York, con Spencer. ¿Por qué? ¿Sucede algo? No debí dejarte con la celópata de Jessia, no creas nada de lo que te haya dicho...

—¿Qué hicieron ustedes dos? —insisto.

—Arreglamos algunas cosas —responde.

Evade mi mirada. La piel de los brazos me arde, me pica justo donde están mis heridas; se siente muy mal, me arde demasiado y no puedo evitarlo más: empiezo a rascarme aunque esté frente a mí, aunque me esté mirando fijamente mientras me destruyo a mí mismo ante sus ojos.

—¿A quién...? ¿A quién mataste? Hueles... Tu ropa estaba manchada con sangre, olías por completo a sangre. ¿A quién fue? Dilo... —ordeno en un grito, aunque no quiera hacerlo.

Él sale de la ducha y siento mis dedos húmedos; continúo rascando la piel aunque duele. Con sus manos sujeta las mías y las aparta de mis brazos. Levanto la cabeza y observo cómo sus ojos se llenan de dolor mientras mira la sangre en mis dedos y las heridas lastimadas en mis brazos.

—Carajo, Jaehyun... Mierda —maldice.

Agacho la cabeza escuchándolo gritar mientras maldice; la fuerza con la que golpea la pared del baño me hace estremecer. Veo sus pies mientras se mueve de un lado a otro.

—¡Joder! —vuelve a gritar, y otro golpe suena en la pared.

Aprieto los dientes cuando se detiene frente a mí.

Levanto la cabeza y observo cómo peina el cabello con frustración; inhala y exhala con fuerza sin apartar la mirada de mí.

Niega y se envuelve una toalla alrededor de la cintura; busca entre los cajones del baño hasta encontrar el botiquín.

Lo toma, me sujeta de la mano sin decir nada y me arrastra hasta la cama, donde hace que me siente.

Sujeta mi brazo derecho y lo limpia con algodón empapado en alcohol; después me coloca la loción que me recetó el doctor y cubre las heridas con unas pequeñas vendas adhesivas de color piel.

Repite el proceso en mi brazo izquierdo y, cuando termina, agacha la cabeza y suelta un suspiro; tiene la mandíbula apretada como si estuviese enojado.

—Escucha, Jaehyun... —empieza.

—Solo quiero saber si la mataste. Ella era la única que quedaba: Alexandre se llevó a Caleb y asesinó a Aleja frente a mis ojos. Ava... era la última y yo...

—Sí, lo hice y se lo merecía. No siento remordimiento, todo lo contrario: quiero poder revivirla solo para volver a matarla.

Escúchame con claridad: nadie que te ponga un dedo encima vivirá para contarlo, y ahora mismo estás haciendo lo que no quiero que nadie haga...

—Levanta la cabeza y siento mi corazón encogerse viendo sus pestañas mojadas, como si fuera a llorar—: Estás lastimando a mi chico, estás lastimándote, bebé.

Agacho la cabeza y observo mis brazos; entiendo a lo que se refiere: me estoy lastimando a mí mismo, y él no quiere eso.

—Lo siento... —susurro.

Después de todo no soy tan buena persona: me siento aliviado de saber lo que hizo. No estoy feliz, pero tampoco triste; no por ella, no después de lo que me hizo. Ella ya no está.

—Hagamos un trato —propone el ministro.

Llama mi atención; acaricio su mejilla y aparto la lágrima que brota de su ojo derecho.

—Cuando quieras lastimar a alguien, hazlo conmigo, ¿sí? Puedo perdonar que me lastimes todo lo que quieras, pero no perdonaré que lastimes a mi chico, ¿entiendes eso? No te hagas daño, por favor; házmelo a mí si lo necesitas, ¿de acuerdo? —suplica.

Respondo con un asentimiento. Coloca mis manos en sus brazos y me hace saber que puedo lastimarlo a él cuando sienta la necesidad de hacerlo. ¿Cómo puedo lastimar a quien amo cuando puedo hacerlo conmigo mismo?

—Promételo —suplica, extendiéndome el dedo meñique.

«Promesa de niños, una promesa sincera».

Uno mi dedo con el suyo y sonreímos los dos al mismo tiempo.

Acaricio su mejilla sin dejar de mirarlo a los ojos; poco a poco me acerco, nuestras narices se rozan y su boca toca la mía.

Es un beso tierno, no hay hambre en él; deseo siempre habrá, pero sé que hay más que eso: algo más intenso y más romántico.

Me acomodo sobre el colchón. Me empuja suavemente sin dejar de besarme; me ayuda a desvestirme con cuidado para que no me lastime.

Estando desnudos y envueltos en las sábanas, guía los besos a la ahora casi invisible cicatriz en mi mejilla; la besa con cuidado y ternura, como si le gustara.

Baja por mi cuello y llega a mi torso; sujeta las partes de mis brazos que acaba de vendar y las besa una por una, como si las amara tanto como a mí.

Me giro quedando de espaldas a él cuando lo pide; todo mi cuerpo tiembla al sentir sus labios en las marcas de los azotes que tengo en la espalda.

Con la misma suavidad me sujeta y hace que levante un poco el trasero.

Ya estoy empapado, lubricado y preparado para recibirlo, pero de igual forma respiro profundo cuando entra en mí: su polla exige espacio y lo toma sin esperar.

La incomodidad me invade, pero no tarda en desaparecer; mientras se mueve, continúa besándome por todas partes.

Empuño las sábanas con fuerza y muerdo mi labio inferior mientras cada uno de sus empujes se vuelve más intenso que el anterior. La fricción de mi miembro contra la tela me hace jadear de placer; su mano izquierda toca la mía y entrelazo nuestros dedos mientras con la derecha me sujeta el cabello.

Gruñe y jadea en mi oreja; menciona mi nombre cuando se corre.

Jadeo en respuesta y me estremezco al eyacular con la última estocada que deja todo su grosor dentro de mí.

Doyun sale de mí lentamente y se acomoda en la cama; tira de mí pegándome a su cuerpo y deposita un beso en mi frente antes de cerrar los ojos.

Su mano descansa en mi espalda, la cual empieza a acariciar.

Un trueno se escucha en el cielo y abre los ojos escaneándome.

—Doyun... —siseo.

Busco su mirada hasta encontrarla, me muerdo el labio inferior y dejo salir lo que he querido decir desde hace tiempo:

—Te quiero —susurro tan bajito que no estoy seguro de si lo escuchó.

Su silencio hace que se me revuelvan las entrañas; mi pecho se contrae y sonrío queriendo ocultar mi pesar.

—Creo que lo dije muy rápido. Seguro no es el momento aún... Está bien, no pasa nada, creo que yo...

—No, no es eso. No hay un tiempo establecido para decir lo que se siente; nunca he sido de vociferar mis sentimientos y no tengo idea de cuáles son las palabras correctas para hacerlo. No te pongas triste, amor...

—No, yo sé que dices la verdad; encontrarás la manera de demostrarlo o decirlo —musito.

Me sujeta de la mandíbula haciendo que lo mire.

—Nunca dudes de lo que siento. Duda de mí, pero no de mis sentimientos por ti —agrega.

Siento mi corazón querer salirse del pecho. Me da un beso en los labios; nos damos un baño rápido y, luego de que Doyun cambia las sábanas, nos volvemos a meter en la cama y le doy la espalda para dormir un rato.

—Roi... —lo escucho llamarme después de unos minutos.

Hace mucho frío por la lluvia y el aire acondicionado, por eso estoy cubierto con las mantas. Me giro observándolo y él se cruza de brazos.

—¿Qué pasa, amor? —Parpadeo un par de veces para evitar dormirme.

—Hace frío —comunica.

No estoy seguro de si quiere que lo abrace o que comparta más mantas, pero lo que hago es abrazarlo, rodearlo con mis brazos y cubrirnos con las sábanas; coloco una de mis piernas en medio de las suyas, me envuelve en sus brazos y permite que el calor de su cuerpo me mantenga caliente.