23
Después de ayudar a Jaehyun a comer, noto su mirada cansada; la forma en que me mira me hace pensar que quiere dormir conmigo, pero no sabe cómo decirlo.
Salgo de la habitación y lo escucho soltar un suspiro; me apresuro a cerrar la puerta principal correctamente y regreso a la habitación.
Me deslizo bajo las sábanas y me acomodo más cerca de su cuerpo, cuidando de no lastimarlo.
Jaehyun abre los ojos y le ofrezco mi brazo para dormir; el militar asiente y se acomoda más cerca, descansando la cabeza sobre mi pecho.
Rodeo su hombro con el brazo y lo acaricio con suavidad para que se duerma.
Lo siento relajarse en mis brazos; miro al techo y después a su rostro, enfocando la mirada en ese vendaje de su mejilla.
—¿Cómo debo describir lo que siento por ti? No estoy seguro de cuál es la palabra correcta... ¿Por qué es tan difícil decirlo si sé lo que es? Amor: eso es lo que es.
—¿Estás preparado? —cuestiono.
Sostengo el espejo. Después de lo que pasó en Kiev, Jaehyun no ha querido verse en el espejo: dice que no quiere hacerlo hasta que la herida en su rostro esté curada por completo.
Con ayuda de los medicamentos y la cura adecuada, ahora solo queda una pequeña marca blanca que, según el doctor, irá tomando color poco a poco hasta desaparecer del todo.
Lo mismo pasa con las demás heridas, a excepción de aquellas que son más profundas; esas aún están cicatrizando poco a poco.
Me gustaría que las heridas internas, las psicológicas, se curasen con la misma facilidad, pero sé que no es tan sencillo: a pesar de que son invisibles, son las más difíciles de sanar.
Mi chico asiente y toma el espejo. Lo eleva despacio hasta llegar a su rostro; sus ojos brillan, toca su mejilla y sonríe. A veces lo hace, pero me resulta difícil hacerlo sonreír con las mismas ganas de antes; sin embargo, sé que poco a poco volverá a hacerlo y estoy dispuesto a esperar.
—Ya casi no se ve —susurra para sí mismo.
Acuno su rostro con ambas manos y lo acerco hasta besar la cicatriz blanquecina de extremo a extremo. Él sonríe y me abraza; me costó que entendiera que está bien que a veces tenga que cuidarlo: igual si me enfermo o me pegan un tiro algún día, le tocará cuidarme.
—Escucha, roi... —llamo su atención, y deja el espejo de lado para mirarme—. Jessia va a llegar pronto. Saldré a resolver algo con el capitán Spencer, pero prometo que volveré rápido, ¿estás bien con eso? —cuestiono.
Jaehyun asiente y me sonríe para que sepa que está bien. Sé que Jessia cuida bien de él; además, tengo seguridad en el edificio completo y unos hombres de Alexandre andan rondando Nueva York, cosa que no me agrada para nada; sin embargo, por lo sucedido, lo entiendo.
Intento ponerme de pie, pero me quedo quieto cuando es él quien sujeta mi rostro con ambas manos; acerca su cara a la mía hasta chocar nuestras narices y la frota contra la mía.
—Por favor, no tardes, te voy a extrañar —confiesa.
Salgo del apartamento, corroboro toda la seguridad que hay en él, subo a mi auto y conduzco hasta la dirección donde me espera el capitán Spencer.
Me aseguro de que nadie me esté siguiendo y apago el celular; me estaciono junto al auto de Spencer y salgo.
Me encuentro con el susodicho frente a la entrada del local.
—Sígueme —pide, y lo hago.
Abre la puerta de lo que por fuera es un supermercado abandonado.
Bajamos al sótano y empiezo a reír al escuchar los gritos ahogados y desesperados de Ava.
Termino de bajar las escaleras y entro en el espacio donde está la chica: de pie, con las manos atadas al techo con una soga y un pañuelo en los labios que amortigua sus gritos.
Sin esperar mis palabras, Spencer busca en su mochila y deja sobre una mesa las herramientas que le pedí que trajera.
Lo primero que tomo es la navaja. Compruebo el filo en la piel de su mejilla; abro la misma desde el pómulo izquierdo hasta la barbilla. El grito agudo que suelta me llena de satisfacción. La sujeto del cabello y tiro de las hebras obligándola a mirarme.
—Te permito que me lastimes como quieras y no importa, pero no debiste tocarlo, no a él: nadie daña lo que es mío —exclamo.
Miro sus ojos llenos de lágrimas. Hundo la hoja de la navaja en su torso izquierdo, retiro la mitad del filo y vuelvo a hundirlo; el aire se escapa de sus pulmones.
Memorizo cada corte en el cuerpo de mi chico y se lo hago a ella sin dudar.
En ocasiones Spencer gira el rostro a otro lado como si fuera un cobarde.
Tomo las tijeras y le rompo las prendas.
Sujeto el látigo que mandé a preparar con pequeñas púas de alambre. Ella niega mientras grita con la mirada en mis manos.
—¿No debería? ¿Eso dolerá mucho, verdad? —finjo interés.
Ella asiente frenética, como si tuviera alguna posibilidad de librarse de esto.
—Qué pena: no te importó Jaehyun, a mí tampoco me importas tú —bramo.
Estrello el primer azote en sus costillas.
Continúo con el resto de su torso y luego me centro en la espalda.
Sus rodillas se doblan, pierde la fuerza que le quedaba; tiene siete días completos atada de pie, sin comer, solo tomando agua, o no sé si también la privaron de eso: solo le daban lo necesario para mantenerla con vida hasta el día de hoy.
Vuelvo frente a ella, que se ha desmayado. Le hago una señal a Spencer, quien sujeta un balde de agua fría llena de cubos de hielo; se lo lanza encima y ella reacciona, buscando oxígeno para respirar. Sus ojos se abren de par en par al verme frente a ella.
—Exactamente así se sintió tu hermano al darse cuenta de que fuiste tú quien lo traicionó —exclamo.
Sujeto su cabello, aprieto con más fuerza que antes y aparto el pañuelo hacia un lado para escuchar sus súplicas; ella empieza a toser y a respirar desesperada por la boca.
—Por favor, ya no más, te lo suplico... Si Jaehyun... si él sabe esto... él te va a odiar. Él... él me ama... —asegura.
—Siempre quisiste esto, ¿no? Llamar mi atención... Entonces ahora la tengo toda puesta en ti —musito, y me aparto de ella—. Tráela —ordeno.
Me meto por la segunda puerta, que lleva a una piscina, una especial.
Spencer trae a la chica a rastras frente al agua, justo en el borde.
La sujeto del cabello; sus ojos se abren de par en par.
Una gota de sangre de su cuerpo cae en el agua y un grupo de pirañas se reúne en un mismo espacio queriendo alcanzarla.
—¡No... por favor... nooo, por favor, nooo! ¡Papá, ayúdame! ¡Lo siento, nooo, nooo, por favor! —suplica.
Se deja caer al suelo y me sujeta de las piernas para evitar que la lance.
—No hay segundas oportunidades, no hay perdón, mucho menos conmigo —musito.
La aparto de mí y la pateo en el pecho; cae de espaldas a la piscina. Sus gritos se vuelven más desgarradores hasta que las pirañas la silencian y hacen su trabajo. Me limpio las manos con un pañuelo que me ofrece Spencer y caminamos a la salida.
—Ya sabes qué hacer: envíale lo que quede del cuerpo a su familia, por si la quieren velar. Tu dinero ya está en tu cuenta; excelente trabajo, nos vemos por ahí... —me despido.
—A la orden siempre, señor... —exclama, haciendo una reverencia hacia mí.
¿Quién dijo que el dinero y el poder no te pueden dar todo? Al menos me mantienen en la cima, donde muchos quieren estar, pero yo no me preocupo por que sepan que ya estoy ahí. Como dije una vez, no solo soy el héroe: también soy el villano y el puto protagonista.
Me gusta pasar tiempo con Jessia; estar con ella se siente semejante a estar con Doyun: no tengo tiempo de sobrepensar las cosas.
Pero estoy enamorado del ministro, así que siempre preferiré pasar el tiempo con él.
Con ninguno de los dos me aburro ni me distraigo, porque ambos me prestan atención y parecen estar bien con eso.
Quiero que Jessia siempre esté de mi lado como lo hace ahora; quiero que ella sea esa hermana que siempre deseé tener.
¿Por qué estará tardando tanto? ¿Con quién está?
Mis brazos pican, siento la insaciable necesidad de rascarme.
He intentado controlarlo, pero no puedo; a pesar de que las heridas están sanando poco a poco, a veces arden demasiado, como ahora que no puedo evitar hundir mis uñas en la piel de mis brazos hasta que sangran nuevamente. Sí, por eso no se han curado al cien.
—Dame tus manos, vamos a jugar —propone Jessia.
Extiende sus manos hacia mí, esperando a que le dé lo que está pidiendo. Siento vergüenza de mí mismo; si tan solo se dieran cuenta de lo que me está pasando... No, no pueden.
Siempre me aseguro de llevar un suéter de mangas largas: nadie verá nada. Se terminará pronto; sí, se va a terminar. Acomodo las mangas del suéter asegurándome de que cubran la piel de mis brazos hasta las muñecas y las extiendo hacia Jessia, quien sujeta mis manos y observa la sangre en mis uñas.
—Es... es que... —Arrebato mis manos de las suyas y me limpio el líquido en los pantalones; me llevo la mano a la boca sintiendo deseos de morderme las uñas—: Lo... lo siento. ¿Puedes llamar a Doyun? Por... por favor —suplico.
Quiero que el nudo que se está formando en mi garganta desaparezca.
Ella asiente, pero no saca su celular. Me siento nervioso: ella no puede verme así, nadie puede hacerlo.
Me siento desesperado, ansioso; mis manos viajan a mi cabeza y alboroto mi cabello en un intento por desestresarme.
En un punto mis piernas empiezan a moverse solas, como si tuviera un tic nervioso; empuño un mechón de mi cabello y tiro de él, como si eso fuese a ayudar en algo.
Todo empieza a volverse borroso hasta que sus manos sujetan las mías y hace que me sostenga de sus brazos. Giro el rostro al frente, encontrándome con los ojos de Jessia, que me miran; pero me gusta, porque no hay lástima en ellos.
—Siempre mírame a los ojos cuando hablemos. Si quieres, puedes contarme cómo era tu vida en Corea. Siempre he querido ir de vacaciones allá, pero solo voy por trabajo. ¿Qué tal es?
—¿Corea? —pregunto, y ella asiente—. Es bonito, pero como cada país tiene sus cosas buenas y otras malas.
Tenía muchos amigos; los fines de semana salíamos a tomar, íbamos al karaoke y uno de los soldados siempre hacía fiestas locas, pero nunca nos embriagábamos: somos militares y todo eso... —continúo hablando.