Jaehyun #3
¿Qué hago cuando lo único que quiero es pedirle que me abrace tan fuerte que haga reaccionar a mi cerebro y le diga que está conmigo?
Que me prometa que ya no me pasará nada, que me ate a su lado si eso evitará que vuelvan a alejarme de él, que me diga que no le importa cuán destruido estoy ahora mismo, tanto por dentro como por fuera...
Como siempre supe que terminaría por querer el amor de quien solo me ha odiado toda su vida.
—Mi... ministro... —tartamudeo.
Mis palabras quedan atrapadas en la garganta.
Su rostro está lleno de horror y rencor al mirarme, el odio brilla en su mirada; sé lo que está pensando y odio saberlo.
Su nuez de Adán baja forzada por su garganta cuando traga; devuelve el celular a su pantalón y se acerca.
Su mano derecha toca mi mejilla, esa que arde, esa por la que traza una línea recta justo donde está el corte.
—Perdóname, mi vida. Perdón por no darme cuenta, por despertarme tarde... Lamento no haber llegado a tiempo. Por favor di algo y no vayas a llorar; dime que me odias por no salvarte, por dejar que te hirieran de esta manera. Ódiame, golpéame, haz lo que quieras, pero haz algo —suplica.
Su voz rota me hace sentir peor de lo que ya me siento.
Nunca lo había visto así: con los labios temblorosos espera una respuesta de mi parte, y con las yemas de sus dedos acaricia mi piel con tanto cariño que parece irreal, con tanto amor que duele saber que me quiere de esa manera.
Si tan solo lo hubiese escuchado a él y a todos los que me advirtieron de que el amor por mi familia terminaría destruyéndome...
pero no lo creí hasta que finalmente sucedió.
—No, no hay nada que perdonar. Soy el único responsable de lo que me sucedió. Sabía... yo sabía que vendrías por mí. Viniste, llegaste —susurro.
No tengo ánimos para hablar fuerte, no quiero hablar, no quiero ver; solo quiero sentirlo a él, cerca de mí, dormir envuelto en sus brazos hasta que todo esto desaparezca, que todo se vuelva una pesadilla, despertar en su cama el día de su cumpleaños y esta vez no arruinarlo.
—Deja de llorar ahora. Mira que hace tantos años que no lloro... Hace más de dos décadas que no sale agua de mis ojos y, desde que desapareciste, han intentado salir y tengo tanto miedo de que lo hagan y tú veas eso —confiesa.
Asiento y sorbo por la nariz intentando contener las ganas de llorar.
Cierro los ojos al sentir sus labios besar cada uno de mis párpados; el corazón me da un vuelco.
Con las yemas de sus dedos acaricia mis mejillas; pienso que se alejará, pero en lugar de eso continúa besando mi piel, siguiendo el camino ya recorrido por mis lágrimas.
—Olvida lo que acabo de decir: llora todo lo que quieras. Lloraré contigo, secaré tus lágrimas y no me iré, nunca lo haré, lo prometo —asegura.
Sus ojos negros me miran con adoración, como si me quisiera, como si fuera suyo. Sus labios encuentran los míos; el sabor salobre de las lágrimas inunda nuestras bocas. El roce me hace sentir tan bien, tan seguro, de regreso en casa, de donde no debí salir, sin él.
Un carraspeo hace que se aleje un poco, sujeta mi mano y la aprieta lo suficiente para que sepa que está aquí, conmigo, a mi lado.
El doctor termina de entrar a la habitación con una pequeña sonrisa, pero la tristeza en sus ojos no me gusta: la forma en que mira, como si me tuviera lástima...
No me gusta que me miren así, como si fuera una muñeca destruida; no lo quiero.
—¿Cómo estás? ¿Tienes algún dolor o malestar? Tienes que decirme la verdad para poder medicarte y que los dolores no sean tan difíciles de sobrellevar para ti —pide el doctor.
—Sí, sí quiere los analgésicos y todo lo que sea necesario para que esté bien. Usted es el doctor, ¿no? Dele lo que necesita —responde Doyun al ver que me quedo en silencio.
El médico asiente y llama a una enfermera. Me medican y luego veo cómo observa al ministro como si quisiera decirle algo; la chica tiene en sus manos los utensilios para curar y vendar, supongo que es lo que harán ahora, por alguna razón el doctor teme pedirle a Doyun que salga un momento.
Aprieto su mano llamando su atención. Me mira con curiosidad y le sonrío, aunque no tengo idea de si se dibuja una sonrisa en mis labios y no una mueca.
—¿Puedes traerme agua, por favor? —le pido.
Asiente y acaricia mis nudillos; libera mi mano, mira al doctor como si lo estuviera amenazando, vuelve a mirarme y se va.
—Hágalo rápido, por favor; no quiero que él lo vea —suplico.
El hombre asiente y se acerca; me ayuda a sentarme en la camilla y me quita la parte superior de la ropa.
Mientras la enfermera limpia y cura la herida de mi costado izquierdo, el médico limpia mi espalda tocando suavemente con algodones llenos de alcohol.
Las heridas de los azotes duelen demasiado, mucho más que los cortes que tengo por todo el cuerpo; toda mi piel está magullada y llena de moretones aparte de las heridas.
Por último limpian la de mi rostro y el hombre me mira fijamente.
—Debes curarte así al menos hasta que tus heridas sequen y cicatricen como se debe. Si crees que necesitas ayuda, puedes pagarle a una enfermera para que te atienda en casa. Vendré más tarde a darte el alta, ¿de acuerdo? No te preocupes, no creo que queden marcas, al menos no en tu rostro.
—Gracias —susurro, y me acomodo de lado sobre el colchón.
La enfermera se va, el doctor espera hasta que Doyun entra y le da unos papeles y le dice algunas cosas que no logro escuchar; después se retira y Doyun me observa.
Las heridas de mi espalda no están en su campo de visión y las demás están cubiertas con las vendas y con la parte delantera del pijama del hospital.
Tomo la botella de agua que me ofrece y bebo un trago; descanso la cabeza en la almohada, del lado en que no tengo heridas.
Lo miro tomar asiento en el taburete; niega y se sienta a un lado de la camilla.
Pasa su brazo por encima de mí e intenta tocar mi espalda para abrazarme, pero niego a tiempo logrando que se detenga.
—No me toques. Voy a dormir, ¿está bien? Puedes ir a casa o salir; el doctor dijo que vendrá en un rato a darme el alta —comunico.
«No toques las partes rotas y magulladas de mi cuerpo; no quiero que sientas lástima por mí, nunca».
Asiente sin refutar. Esta vez se acomoda en el sillón que está al fondo de la habitación; sube los pies al reposabrazos mientras observa las indicaciones que le dio el doctor. Regresaré a mi apartamento en cuanto me den el alta; no voy a ser una carga para nadie, menos para él.