Jaehyun #2
—El Sindicato, señor. Son los mercenarios del Sindicato —confiesa el hombre.
Los ojos de Caleb se abren de par en par y se gira a mirarme; le sonrío y asiento con la cabeza.
—No tienes una maldita idea de con quién te metiste —le aseguro.
Lo escucho pelearse con Ava por no decirle que tenía alguna relación con el Sindicato, mientras que ella niega saber algo de eso; ni siquiera sabe qué es el Sindicato.
Aleja enfurece y le arrebata el ácido de las manos a Ava; me sujeta el rostro y aprieto los ojos cuando hace el ademán de lanzarme el ácido a la cara.
Doyun
Todos nos mostramos sorprendidos por el ataque repentino del Sindicato.
Los hombres de Caleb Roux intentan defenderse de ambos frentes, el nuestro y el del Sindicato; uso la distracción a mi favor y hago a los míos avanzar mientras los italianos se mantienen ocupados con los rusos.
Con algunos siendo guiados por Emily y conmigo al frente, derribo a todo el que se coloca en mi camino; encuentro la entrada y la echo abajo sin dudar.
Mis ojos se abren de par en par: lo primero que veo es a Aleja sostener un frasco, dispuesta a lanzar el contenido al rostro de Jaehyun.
Disparo directamente a su mano; la mujer chilla de dolor y se agacha sujetándose la extremidad.
Los demás militares entran en el lugar; Caleb sujeta a Ava del cuello y le apunta con el arma a la cabeza con intenciones de usarla para escapar.
Con una sonrisa en el rostro le apunto; me importa una mierda si usa el cuerpo de Ava como escudo: en algún momento tendrá que dejarlo caer, aunque esos no son los planes que tengo para ella. Quería mi atención y la tiene toda para ella sola.
Sin bajar el arma, mi vista viaja hacia Jaehyun; él asiente y aprieto los dientes.
Los hombres del Sindicato irrumpen en la habitación, por lo que guardo el arma y me apresuro a desatar a Jaehyun.
El líder del Sindicato aparece; envuelvo a Jaehyun en mis brazos y lo cubro del campo de visión de los demás.
Caleb traga saliva con la mirada puesta en el ruso.
Los rumores sobre él no le hacen justicia: es un hombre de dos metros de altura, con unos músculos que difícilmente otro hombre podría igualar; una barba corta de algunas semanas cubre su mandíbula,
su cabello rubio y largo cae sobre sus hombros y tiene la apariencia de un luchador de la antigua Grecia.
El recién llegado observa a su hijo en mis brazos; asiente con la cabeza como si pudiese entender lo que comunica el otro sin necesidad de palabras.
—Caleb Roux... —gruñe con molestia—. ¿Cómo se te ocurrió tocar a mi hijo? Mi sangre... Un Roux tocando a un Greco, ¿acaso quieres morir?
Sin decir nada más, sujeta a Ava y la aparta del italiano con una bofetada que la envía al suelo.
Se acerca a Caleb y este tiembla al tenerlo al frente.
Alexandre sonríe y esta vez continúa hasta donde está Aleja, aún lloriqueando por la herida en su mano; la sujeta del cabello y la acerca a su cuerpo.
—Tan ruidosa —se queja.
La sujeta con fuerza del cabello y la golpea contra la pared hasta que su cráneo queda completamente destrozado y los lloriqueos cesan por completo. Sus ojos se desorbitan y el hombre arroja el cuerpo al piso; lo pisotea, comprueba que ya no se mueve y bufa al darse cuenta de que ha muerto.
—Y te haces llamar mafia... Juegan como niños chiquitos, nos dejan mal a los que somos asesinos de verdad —vocifera el ruso.
Le quita el arma a Caleb como si fuera un juguete y el contrario ni siquiera se mueve; lo golpea con su propia arma en el rostro hasta que sus ojos no pueden verse por toda la sangre que le cubre la cara. Lo sujeta del cabello y lo arrastra por el lugar hasta dejarlo frente al presidente.
—Te dejo al que tienes encerrado, me quedo con este. Y sobre mi hijo...
—El capitán Jan es como mi hijo; no permitiré que lo encierren por su parentesco contigo —le asegura el presidente.
El hombre se encoge de hombros y niega con la cabeza.
—No llegué a donde estoy por creer en las promesas de los hombres: me llevo un seguro —dice.
Avanza hacia nosotros. Sus ojos se encuentran con los míos y no puedo evitar fulminarlo con la mirada; eso solo lo hace reír divertido.
La forma en que sostengo a su hijo en brazos y cómo él se aferra a mi agarre hace que el hombre alce una ceja; toca el rostro de su hijo con las yemas de los dedos y le traza una «G» en la frente con la sangre de Aleja.
—Intenté mantenerte alejado de este mundo y te metiste tú solo —sisea; lo sujeta de la cabeza y lo besa en la frente—. Eres mi hijo, mi sangre —susurra.
El ruso recorre el lugar con la mirada; posa los ojos en mi hermana y una sonrisa curva sus labios.
Camina hacia ella y la chica lo mira desafiante; el hombre observa el collar en su cuello y se lo arranca, lo tira al piso y la escanea con la mirada antes de asentir, convenciéndose de que está bien.
Sin decir nada, la sujeta por la cintura y la levanta del suelo; la acomoda sobre su hombro mientras ella patalea y lo maldice en el idioma natal del mafioso.
—Me llevo a la mocosa como seguro —informa al presidente—. Tienes a mi hijo, yo tengo a la tuya. Lo justo.
Se dirige a la salida: a ella la lleva sobre el hombro sujetada con una sola mano y a Caleb lo lleva a rastras con la otra.
El presidente se gira e intenta impedir que se lleven a su hija; todos los mercenarios le apuntan con sus armas.
El ruso vuelve levemente el rostro y regresa la mirada al frente ignorando a mi padre; Andréi levanta las manos resignado.
—¿Dónde coño quedó Ava? —pregunta el presidente al no ver a la mujer.
Observo con detenimiento al capitán en mis brazos; parpadea con pesadez hasta cerrar los ojos por completo.
Unas horas más tarde llego al hospital militar donde se encuentra Jaehyun.
Salí después de que lo curaron, lo vendaron y me aseguré de que estuviera estable; al regresar me encuentro con el presidente en el pasillo.
Mi padre todavía no termina de entender adónde se metió Ava; intento convencerlo de que a lo mejor también se la llevó Alexandre.
Después de todo, quien le avisó de la situación fue Maddison; a lo mejor le pidió dejar a su hija con vida: es lo que piensa el presidente.
Cuando cae la noche Andréi se despide; dice que debe regresar a la base militar, que tiene cuentas que rendir al consejo por la intervención del Sindicato en la misión, y que por eso es por lo que Alexandre se llevó a Emily:
para asegurarse de que los militares no traicionen a su hijo y lo entreguen o lo culpen de traición cuando no es así.
Mientras camino por el pasillo que lleva a la habitación de Jaehyun, el celular en el bolsillo timbra; tomo la llamada y reconozco el número del capitán Spencer.
—¿La tienes? —pregunto.
—La tengo. ¿Qué hago con ella?
Una sonrisa se plasma en mi rostro. Tomo asiento en el pequeño taburete junto a la camilla de mi chico.
—Sabes dónde llevarla. Déjala ahí, iré más tarde —aseguro.
—De acuerdo —responde el capitán.
Cuelgo la llamada y guardo el celular en el bolsillo. Acaricio la venda delgada que cubre la mejilla izquierda de Jaehyun; aprieto los dientes y los sentimientos de impotencia recorren mi cuerpo.
La mañana llega y con ella el mal humor. Jaehyun no ha despertado y no entiendo el porqué; enojado, escaneo el cuerpo de mi capitán y grabo en mi memoria cada cicatriz.
—Ministro Geon, ¿me mandó a llamar? —interrumpe el médico de turno al entrar en la habitación.
—Llegamos ayer de madrugada, han pasado más de veinte horas. ¿Por qué continúa durmiendo? ¿Por qué aún no se despierta? —indago.
—Señor ministro, el capitán perdió mucha sangre, luchó para mantenerse en pie. Todas esas heridas —las de la espalda, el torso, la mejilla—, sumadas a dos costillas rotas... Tiene que descansar. No se desespere: vaya a dormir y déjelo descansar a él también.
—¿Quién te pidió un consejo? Ni para médico sirves. Me voy cuando me lo lleve a él conmigo; ahora ve a sacar sangre o algo y déjame en paz —bramo.
—Las bioanalistas son las que sacan sangre, señor —se burla el doctor, y se aclara la garganta—. Mejor me voy.
Asiento y me quedo quieto dentro de la habitación.
Echo un vistazo al bolso con las cosas que trajo el presidente y alcanzo un peine; me acerco a Jaehyun y, después de asegurarme de que no tenga heridas abiertas en la cabeza, sujeto su cabello y empiezo a peinarlo: hacia el lado derecho, abriéndolo en medio, y luego le hago una coleta hacia arriba.
—Si pudieras verte ahora... Carajo, te tomaré una foto —siseo.
Saco el celular del bolsillo, levanto la cabeza y me encuentro con unos ojos llenos de lágrimas que me observan detenidamente.
—Amor... —susurro.
—Mi... ministro...
Tengo miedo, estoy aterrado. Por primera vez en mi vida tengo miedo de lo que pueda ver al abrir los ojos; temo que todo haya sido un hermoso sueño en el que los tres hombres que ahora son los que más deseo tener a mi lado me rescataron: el presidente, mi padre biológico y el amor de mi vida.
Los tres hicieron todo para venir a buscarme, y tengo miedo; odio tenerlo, no quiero esto, no quiero sentirme así.
Me siento tan frágil, tan débil, como un maldito cristal al que acaban de pisotear hasta romperlo en mil pedazos.
Mis heridas y el dolor agonizante que me provoca cada una de ellas en estos momentos es lo que me deja claro que no fue una pesadilla.
Me pongo en alerta al sentir cómo peinan mi cabello y lo recogen hasta volverlo una coleta. Aprieto los dientes y mis ojos, todavía cerrados, se empapan de lágrimas; me duele la garganta, me duele el corazón, me duele el alma si es que eso es posible.
Escucho la voz que no podría confundir nunca. Abro los ojos despacio: sé que es a él a quien voy a encontrar frente a mí, y con él estoy a salvo; jamás temeré de él, no de mi Doyun, no del ministro, no de mi beau. Giro la cabeza un poco para lograr verlo; intenta sacar el celular de sus pantalones.
Vuelve a mirarme y se queda paralizado, como si llevara días o semanas esperando por verme con los ojos abiertos.
—Amor...
Sus palabras hacen que se me destroce el corazón.
No quiero mostrarme débil ante él, ¿pero qué puedo hacer cuando no puedo mantener mis emociones ocultas estando a su lado?