Jaehyun
Varias horas antes...
Despierto por el sonido insistente de mi celular.
Cuelgo la llamada sin atender; veo a Doyun dormir plácidamente.
Reviso mi teléfono: he recibido varias llamadas de mi madre y de Ava, lo que me pone en alerta.
Intento enviarle un mensaje a mi madre, pero encuentro uno suyo pidiéndome que vaya a verla urgente.
Miro el reloj en la pared, que marca menos de las seis; salgo de la cama en silencio, me meto a bañar y al terminar vuelvo a la habitación.
Ya vestido, me acerco a la cama y dejo un beso en la mejilla del ministro.
Le escribo una nota para que sea lo primero que vea al despertar, la dejo sobre la mesita de noche y salgo del apartamento.
Los guardias de seguridad me saludan y sonríen al despedirme.
Subo a mi auto y empiezo a conducir hacia la casa de mi madre; antes de llegar recibo una llamada.
—¿Hola? Ava, voy a ver a nuestra madre ahora y después iré...
—¡Jaehyun, ayúdame, por favor! ¡Ah, ven, hermano...!
Su voz se escucha desesperada y la llamada se corta de repente. Miro su chat y encuentro una ubicación en tiempo real. Conduzco hacia allá y llego a un bar en el centro de la ciudad; no hay nadie en los alrededores, recién está saliendo el sol.
Salgo del auto y entro en el lugar. Entrecierro los ojos buscando a mi hermana con la mirada; todo lo que veo es a un hombre sentado frente a mí, a oscuras, por lo que no distingo su rostro.
—¡Ava, estoy aquí! ¿Dónde estás...?
Guardo silencio al sentir el cañón frío de un arma en mi nuca. Las luces se encienden y me permiten ver a Caleb: juega con el filo de una navaja en el reposabrazos del sillón donde está sentado.
—Bienvenido —se burla el hombre.
—¿Dónde está mi hermana? ¿Qué le hiciste, pedazo de mierda...? —bramo.
—¿Qué hermana? —pregunta; se levanta del asiento y avanza hacia mí mientras juega con la navaja entre sus dedos—. ¿La misma a la que le quitaste el marido?
El hombre niega y se detiene frente a mí; quien está detrás me golpea en las corvas haciendo que caiga de rodillas al suelo.
—No eres estúpido: ¿quién crees que te trajo frente a mí? Bueno, te la presentaré. Ven aquí, querida —llama el italiano.
Levanto la cabeza y la giro hacia la penumbra de donde provienen los pasos. Aprieto los dientes cuando llega a la luz: sus ojos me miran con rencor, recelo y más odio del que me miraba antes. Avanza hacia el italiano, quien la recibe besándole el dorso de la mano.
—Ella es Ava Jan —me presenta a la chica como si no supiera quién es—. Mi recién nombrada compañera de tortura; sí, de torturarte a ti —agrega, extendiéndole la navaja a la mujer.
Ella mira el filo de la navaja y avanza hacia mí. Pasea la hoja por mi rostro y el hombre detrás de mí tira de mi cabello, exponiendo mi cuello para ella.
—¡No debiste volver a Nueva York! Todos nosotros estábamos bien sin ti: no era tan difícil quedarte lejos, pero tenías que venir y arruinarlo todo. No me importa que la zorra de tu madre esté embarazada de otro hombre, ¿pero Doyun? ¡Él es mío, no mereces estar con él! —reprocha a gritos.
Cierro los ojos esperando sentir el filo atravesándome la piel.
Dejo salir el aire que tenía contenido cuando el corte atraviesa la carne de mi costado izquierdo; jadeo por el dolor, pero aprieto los labios negándome a parecer débil.
Me van a matar, sí, pero jamás conseguirán que suplique.
No importa lo que hagan, no conseguirán lo que quieren: soy un soldado, soy un militar; un mafioso con una puta al lado no me doblegará.
Me preocupé por ella, le di miles de oportunidades aunque siempre terminara fallándome, pero no pensé que llegaría a estos extremos. Todo por celos, todo porque no puede aceptar que las cosas no sean como ella quiere.
—Vámonos ahora. En Kiev podremos jugar con él como nos plazca; larguémonos de aquí de una vez —ordena Caleb.
Ava se cuelga de su brazo y ambos salen. Varios hombres entran en el lugar y forcejeo para evitar que me pongan las esposas; terminan golpeándome hasta que dejo de batallar y me las colocan. Me ponen cinta adhesiva sobre los labios y me meten al jet a base de patadas.
Espero que me maten, espero que cumplan su objetivo antes de que vengan por mí, porque si salgo de esta, ninguno de ellos lo hará, incluida esa a la que una vez llamé hermana.
Retengo la respiración. Vuelven a hundir mi cabeza en una tina llena de agua; me dejan ahí dentro hasta que mi cuerpo deja de luchar, entonces me sacan y me permiten respirar dos veces para después volver a sumergirme.
No tengo idea de qué cantidad de agua he tragado, incluso por la nariz.
La herida en mi torso izquierdo arde cada vez más; los hombres de Caleb hacen todo lo que ordena Ava como si fuesen sus títeres, y Caleb Roux solo observa mientras ella se besuquea con él.
El hombre me saca de la tina de agua y me aleja de ella; me tira al suelo y se va dejándome allí. Unos tacones suenan acercándose cada vez más a mí y levanto la cabeza: me encuentro con la risa burlona de Aleja. La mujer me sujeta del cabello y me obliga a que la mire.
—Sabía que algo extraño pasaba entre tú y el ministro, infeliz, puto de mierda —reclama.
Libera el agarre de mi cabello de forma brusca.
—¡Levántenlo! —ordena, y Caleb asiente a sus hombres para que obedezcan lo que ella pide.
Los hombres me ponen de pie y levantan mis dos brazos; me atan con una soga y la cuelgan de una viga del lugar para que mantenga los brazos en alto.
El otro me rompe la camiseta con la navaja sin importarle los cortes que hace en mi piel.
Aleja se acerca a mí, coloca el táser frente a mi cara y, con una sonrisa malévola, lo pega directamente a mis costillas.
Mi cuerpo se sacude; la electricidad me golpea una y otra vez.
Aprieto los dientes y evito gritar. Mis ojos no entienden las órdenes que les da mi cerebro y las lágrimas se acumulan.
Desde que llegué me han estado haciendo un sinnúmero de cosas que cualquier otra persona no hubiese soportado: mis labios están rotos, el dolor intenso en mis costillas me asegura que tengo más de una fracturada, y tengo cortes y heridas en casi todo el cuerpo.
Gimo con el primer azote en mi espalda. Escucho la vocecita burlona de Ava detrás de mí.
Ella, Caleb y Aleja... cada uno de ellos pagará por esto a menos que me maten.
Si mi madre sabe lo que pasó, aunque me odie no es tonta: si esto llega a saberlo él, ella también va a morir a manos de quien me engendró.
Si ya se lo dijo, no tengo dudas de que vendrá por mí; él y Doyun son las únicas personas que vendrán por mí.
—Mírame, basura —ordena Ava; me agarra de la barbilla y hace que la mire—. Suplica. Pídeme que te deje y lo haré. Pídelo, por favor, suplica por tu vida como la mierda que eres —demanda.
Todo lo que hago es sonreír. Mi cuerpo ya no tiene fuerzas: solo sigo de pie porque tengo las manos atadas. Todo el cuerpo me arde; las heridas y los cortes se contraen a la vez y me causan un dolor intenso. Cada una expulsa sangre sin control y no sé cómo no me he desmayado aún.
—Por favor, Ava... —suplico.
Una sonrisa resplandeciente se forma en sus labios, al igual que en los de Caleb.
—¡Por favor, vete al infierno, perra loca! —completo.
Esta vez el golpe del látigo va directo a mi cara.
El aire abandona mis pulmones, el ardor es inmediato.
Ella empieza a reír; Aleja se acerca a la chica y le susurra algo al oído que no soy capaz de entender.
Le dicen su idea a Caleb, quien asiente y saca su arma; me mira con una sonrisa que me hace entender lo que piensa hacer.
—Tenemos una cita pendiente, ¿recuerdas? Nunca dejo mis asuntos a medias —asegura.
Mueve la cabeza y uno de sus hombres se acerca a mí; me agarra de los pantalones y forcejea conmigo en un intento por quitármelos.
Empiezo a reír a carcajadas a pesar de que lo que quiero hacer en verdad es llorar; lo único que puedo hacer ahora es usar mi vínculo con Alexandre, aunque ni siquiera lo conozco.
Enfurecido, Caleb me sujeta del cabello y me mira como si estuviera loco.
—Comparte tu chiste conmigo; después de todo, es el último día en que te vas a reír así —se burla.
Se acomoda en la silla y enfoca toda la atención en mí sin borrar esa sonrisa burlona de su rostro.
—Cuéntanos el chiste —insiste.
—Te aliaste con la hija de mi madre... ¿No tuviste tiempo para investigar acerca de mi padre? —continúo riendo.
El hombre frunce el ceño y vuelve a reír.
—Un militar retirado... Puedo aplastarlo tan fácil como lo haría con una hormiga, como lo estoy haciendo contigo justo ahora —se mofa.
Río con más fuerza ante lo que dice para despertar su curiosidad. El hombre alterna la mirada entre Ava y Aleja; la primera se encoge de hombros y bufa.
—Yo tampoco sé quién es. Solo sé que es un delincuente de Rusia, de apellido Petrova —confiesa.
—¿Petrova? —El mafioso repite el apellido en sus labios.
Se queda pensando, busca en su memoria algún conocido con ese apellido.
—Ay, ya, ¿a quién le importa? Nadie volverá a dejarme por ti —sisea Ava.
La chica se acerca a mí con un frasco de cristal en las manos, con el respectivo símbolo de muerte en él.
—Nadie querrá ni verte después de esto —asegura, y acerca el ácido a mi rostro.
Mis manos tiemblan al igual que mi cuerpo; no puedo creer que incluso sea capaz de esto por un hombre. La chica retrocede alarmada: se escuchan disparos afuera. Sonrío y miro a Caleb enfurecer; uno de los vigilantes entra en el lugar y viene corriendo nervioso, lleno de miedo.
—¿Qué mierda está pasando ahí afuera? —pregunta su jefe.
—Nos rodearon, señor. En segundos han derribado a más de la mitad de nuestros hombres. ¿Cómo procedemos? —Su voz tiembla.
—¡Mátalos, imbécil! Son simples militares, ¿qué tanto miedo te dan? —grita furioso—. ¿Quieres que haga tu trabajo por ti? Mierda —brama.
—El problema no son los militares, señor; no son solo ellos —informa el hombre.
—¿De qué estás hablando? ¿Quiénes son los demás? —averigua Caleb.
Sonrío escuchando su conversación. Los tiroteos cada vez se escuchan más cerca de nosotros y ponen en alerta a todos los que están dentro de la habitación. Nunca he visto a mi padre, pero en estas circunstancias me alegro de conocerlo.