22
Mi madre no se ha vuelto a comunicar conmigo: no quiere hablarme, no responde a mis mensajes ni llamadas.
Maximus ya sabe que está embarazada y al parecer ella le ha mentido diciéndole que ese hijo es de él, pero no pienso intervenir en eso; cada quien debe solucionar sus problemas, sobre todo ella.
Mi única preocupación sigue siendo Ava: nos llevamos bien ahora, en ocasiones hemos salido juntos —no solos, por mi situación—, pero eso es un progreso.
Sé que las cosas volverán al inicio o será peor cuando se entere de lo que pasa entre Doyun y yo.
Ella no lo menciona cuando estamos juntos, pero estoy seguro de que aún no lo ha superado.
Está intentando reintegrarse a su trabajo y por ahora lo lleva bien; espero que continúe así y no decaiga nuevamente.
Salgo de la habitación del ministro siendo arrastrado por la coronel.
Ella continúa enojada con el presidente y él, como digno poseedor de su apellido, se niega a buscarla primero porque según él no le hizo nada malo: solo fue a ver a la madre de sus hijos para preguntarle qué sabía sobre Caleb y decirle sobre su verdadera identidad; según él,
por eso es por lo que Hoenen lo evita, pero al parecer no tanto.
—¿Adónde vamos? —pregunto.
La coronel me guía al estacionamiento subterráneo de la base militar. Una sonrisa malévola aparece en sus labios y se acerca a una esquina de donde saca un bate de béisbol. Frunzo el ceño mientras la veo acercarse al auto de último modelo del presidente.
—Observa y aprende para cuando lo necesites —se burla.
Se coloca frente al coche del presidente y levanta el bate.
No tengo idea de cuánto cuesta ni qué modelo de auto es, pero se ve costoso; si el hijo tiene autos de más de tres millones, no quiero imaginarme cuánto cuesta el del presidente.
No voy a detenerla, pero tampoco voy a ayudarla a hacer algo así.
¿No tendrá más amigos a los que meter en líos?
Me estremezco cuando arremete contra el cristal delantero del auto hasta volverlo añicos. Los vidrios destrozados caen al suelo y ella sonríe mirando a la cámara que nos enfoca; levanta la mano y saca el dedo medio antes de volverse hacia mí y sonreír.
—Siempre rompe ambos cristales: hay uno que el seguro no cubrirá —dice.
Se acerca al cristal trasero del coche y lo rompe sin chistar. Doyun aparece junto al presidente; la cara llena de cólera de Andréi me pone nervioso, pero el ministro viene sonriendo con ambas manos dentro de los bolsillos delanteros de su pantalón.
—¡Joder, Jessia! ¡Maldición, maldita loca de mierda! —grita el presidente.
Observa con detenimiento los daños de su auto y sacude la cabeza.
—¡Me pusiste los cuernos, animal, perro de la calle! —contraataca la mujer.
Se acerca al presidente con el bate en la mano. El ministro se coloca a mi lado y me sujeta de la cintura para después pegarme más a él.
—Quiero ver el día que alguien me haga algo así —se queja Doyun—. Es un Bugatti La Voiture Noire, cuesta más de quince millones —sacude la cabeza.
—Quince millones de dólares es mucho dinero —respondo.
Veo al presidente discutir con Jessia, pero la forma en que se están acercando deja claro en qué terminará eso.
—De euros, roi; el presidente compra sus coches en Europa —aclara el ministro.
Mis ojos se abren de par en par y dirijo toda mi atención a las dos personas que continúan discutiendo como dos niños.
—¡Maldita loca!
—¡Bestia!
—¡Bruja!
—¡Salvaje!
—¡Sexópata!
—Esta es nuestra señal para irnos —avisa el ministro.
Sujeta mi mano y me saca de allí.
—Le va a cobrar el dinero del coche, pero se lo va a sacar del cuerpo, porque efectivo no tiene —agrega.
Dentro de su oficina me acorrala contra la puerta y me besa; mordisquea mi labio inferior cada vez que le da la gana.
Pega su cuerpo al mío y comienza a frotar su erección contra la mía; jadeo en medio del beso y él devora mis labios con más necesidad.
Desabrocha mi pantalón y baja el cierre; tira de la prenda hacia abajo al igual que hace con mi bóxer.
Empuña todo el grosor de mi miembro con su mano derecha y hace círculos encima de mi glande, esparciendo el líquido preseminal por los alrededores del orificio.
—Doyun... —jadeo contra sus labios.
—Pídelo, roi, dime lo que necesitas —demanda contra mi boca.
Me muerdo el labio inferior; aprieta con más fuerza mi miembro y me hace temblar. Abro la boca en busca de oxígeno y la atrapa besándome con deseo mientras sacude mi polla con una lentitud torturadora.
—Chúpamela —suplico en un susurro.
Coloco una mano en su cabeza y empujo hacia abajo; hago que se agache hasta quedar a la par con mi miembro, el cual continúa sujetando.
—Tómalo, es todo tuyo —exclamo.
Sin hacerse esperar, lame la punta del falo mientras sostiene el tronco con posesividad; se lleva la extensión a la boca y succiona, haciendo maravillas con la lengua alrededor de la base como si su vida dependiera de ello.
Inclino la cabeza hacia atrás y sujeto un mechón de su cabello; lo aprieto con fuerza y empiezo a mover las caderas de adelante hacia atrás, follándole la boca a mi antojo.
—Ummm, Dios, Doyun... —gimo.
Intento apartarlo mientras mis piernas tiemblan; continúa succionando mi miembro. Aprieto los ojos y jadeo con fuerza: me corro dentro de su boca.
Mi respiración está acelerada, el pecho me sube y baja con desesperación.
El pelinegro se pone de pie y me muestra sus labios manchados con mi semen; me sujeta con brusquedad y hace que me gire hacia la puerta.
Me agarra de la cintura y tira de mí hacia atrás; me levanta el trasero y lo deja a su entera disposición.
Entra en mí y desliza el tronco poco a poco; gracias a la humedad del lubricante logra introducirlo por completo.
Empuja dentro de mí una y otra vez, con cada estocada más brusca que la anterior.
Su mano derecha me sujeta por la nuca y me mantiene quieto; me muerdo los labios: quiero retener el orgasmo, sentirlo un poco más, pero no puedo.
—Joder, amo que se sienta tan bien a mi alrededor... Dios, roi... —gime en mi oreja.
Me sujeta de la mandíbula, hace que gire el rostro en su dirección y me besa.
—Tú continúa abriéndote así para mí, te juro que te pertenezco.
«Hace tiempo que soy tuyo, mucho antes de que pudiera darme cuenta».
Aún no amanece, las luces de la habitación están apagadas.
Las últimas semanas todo ha ido bien. Doyun es...
no lo sé, pero estoy enamorado y no tengo duda alguna; aunque no vaya a decir aquellas palabras ahora, tengo claros mis sentimientos y él me trata bien...
No importa dónde estemos, a él no le importa lo que piensen los demás y eso me hace sentir seguro de que también siente cosas por mí.
Tengo entendido que su cumpleaños es mañana; lleva la última semana hablando de ello y asegurando que un Geon no puede celebrar su cumpleaños un solo día al año y que cumple años el primero de mes porque él es el número uno en todo; sí, el ego de mi hombre está por los cielos.
Anoche nos reunimos algunos militares en la base y nos pusimos de acuerdo para salir a beber hoy, y así lo haremos por la noche. Por ahora, el reloj de la pared recién marca las cinco y veinticinco de la madrugada, pero aun así gateo sobre el colchón hasta colocarme en el regazo del ministro.
Hace unas dos horas nos pudimos dormir y ya estoy despierto otra vez. Me siento como quien prueba el sexo por primera vez y quiere repetirlo una y otra vez, como si no tuviese límite, como si no pudiese saciarme a pesar de pasar la noche cogiendo.
Vuelvo a bajar hasta su entrepierna. Amo la forma en que duerme: solo así su rostro se ve relajado, con un brazo debajo de la cabeza y la cara hacia el techo, aunque siempre se acomoda en cucharita detrás de mí hasta que me quedo dormido, entonces toma su propia posición para dormir.
Masajeo su miembro por encima del bóxer hasta que se endurece bajo mis toques; palpita moviéndose como si tuviera vida propia, bajo la ropa interior liberándolo para mí.
—Eres un pervertido —sisea.
Su voz recién despierto es más varonil, más profunda, más excitante; me hace temblar por la seguridad que siempre tiene.
Levanta la sábana blanca que cubre mi cabeza y miro sus ojos negros observar el tronco que mantengo empuñado con la mano derecha; la suya acaricia mi cabello apartándolo de mi cara.
La lujuria y el deseo nublan su mirada mientras su polla dura palpita en mi mano, ansiosa, exigiendo atención.
Encima de la cabeza rojiza de su polla doy el primer lengüetazo en la pequeña abertura de la que ya sale líquido preseminal; su cuerpo se estremece ante el acto, pero no aparta la mirada de mis ojos.
—Feliz precumpleaños, beau —pronuncio.
Me llevo la polla a la boca y empiezo a succionar. Observo cómo cierra los ojos mientras aprieta mi cabello con fuerza; bajo y subo lamiendo la extensión de su polla, sintiéndola dura y palpitante, venosa en toda su longitud, lamiendo y succionando por todo el grosor.
Escuchar los quejidos varoniles que salen de su garganta me estimula sobremanera: verlo morderse el labio inferior mientras inclina la cabeza hacia atrás y se retuerce de placer, arquea la espalda e intenta meter toda su polla dentro de mi boca...
Es excitante. Continúo bombeando el tronco mientras bajo a sus bolas y las chupo una a la vez; deslizo la lengua hasta llegar al perineo, paso la lengua por la zona, su cuerpo se sacude y vuelvo a subir dándole atención al glande.
El agarre en mi cabello se intensifica, sacándome un gemido. Hago ademán de querer decir algo.
—Qué mal chico. Ya te lo he dicho: no hables con la boca llena, bebé —gruñe.
Empuja su polla hasta lo más profundo de mi garganta; abro la boca permitiendo que entre todo lo que se pueda. Arremete con fuerza entrando y saliendo de mi boca; me duele la mandíbula, me arden los bordes de los labios como si se estuvieran rompiendo.
—Síiii, joder... —gime.
El gemido gutural que sale de su garganta me hace temblar. Hace mucho que estoy más empapado que una fuente; trago lo que hay en mi boca y libero su miembro. Me siento a horcajadas un poco más adelante de su polla; la sonrisa retorcida que hay en sus labios me hace sonreírle de vuelta.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Eres lindo. Creo que no hay palabra que conozca que pueda describir tu belleza ante mis ojos; para mí, todas las que conozco se quedan cortas —suelta.
Aparto la mirada, se me calienta el rostro; vuelvo a mirarlo y coloco las manos sobre su pecho: si no puede decirlo, al menos que sea su corazón el que hable por él.
—¿Tan bonito como para que te enamores? —Intento concentrarme en los latidos de su corazón.
—No tengo idea de cómo se siente el amor porque nunca lo he experimentado, pero estoy enculado: quiero que estés cerca, no quiero estar con nadie más.
Si te veo con otro soy capaz de matarlo y a ti te perseguiré hasta terminar follándote contra el suelo, importándome poco si puedes respirar o no. ¿Eso es amor? —inquiere.
—Eso significa que necesitas un psicólogo urgente —me burlo.
Esbozo una sonrisa que desaparece tan pronto como se pone serio y levanta una ceja.
¿No debí decir eso? Chillo como un niño: me hace cosquillas, me retuerzo riendo como hacía años que no lo hacía.
Escucho su risa y me quedo perplejo observando sus dientes, la forma en que sus labios se estiran cuando ríe abiertamente, la manera en que sus ojos se arrugan en los extremos...
Es lo más hermoso que he visto en mi vida; después de ver esto, su sonrisa es mi cosa favorita en el mundo.
—Tengo algo para ti —dice.
Gira el torso, abre la gaveta de una de sus mesitas de noche y saca una caja negra; la abre frente a mí y se rasca la nuca como si no supiera cómo dármela.
Me quedo quieto observando el collar: es fino, delgado, delicado, de color plateado y con un dije que no reconozco; parece una U con un infinito encima, el cual a su vez tiene algunas piedras de color rojo incrustadas.
—¿Es para mí? —cuestiono.
—Recuerdo que fue eso lo que dije. Pensé en algo que pudiera representar las cosas raras que siento y, como mi madre vende piedras preciosas, le compré este collar a su competencia; pero lo importante es que lo compré pensando en lo enfermo que me pone estar contigo —se sincera.
—¿Enfermo? ¿De qué estás hablando? Eso no es romántico —reclamo.
Retiro la prenda de su caja y la toma de mis manos para mirarla fijamente.
—Enfermo porque desde que te conocí me ha dado taquicardia tantas veces que no puedo contarlas, y yo soy un hombre saludable.
También me duele el estómago a veces: cuando te veía con mi hermana no me pasaba la comida, como si tuviera un ladrillo atragantado en mitad de la garganta.
Cada una de esas cosas me pone enfermo. ¿A ti no te pasa lo mismo, Jan Jaehyun? —averigua.
Mi corazón late desenfrenado al escuchar sus palabras.
¿Que si siento lo mismo? Me tienes a tus pies y ni siquiera sabes cómo se siente estar enamorado; no sabes lo que significan esas cosas que estás sintiendo.
En lugar de responder con palabras, me inclino en su dirección y dejo un beso en sus labios, por lo que aprovecha la cercanía para colocar el collar en mi cuello.
—El único diamante que supera al rojo eres tú, Jaehyun —susurra contra mis labios mientras me acomodo en su entrepierna—. Diamante rojo: no importa lo costoso que sea, brillarás más que él, muñeco —elogia.
Sus labios rozan los míos buscando besarme, pero me gusta verlo ansioso por tomarme.
—Doyun...
—Yo me enculé de ti y eso es más intenso que un simple enamoramiento —susurra encima de mis labios.
Mientras me besa, coloca las manos en mis nalgas y me aprieta el culo a su antojo; hunde los dedos en mi piel hasta que duele, separa las mejillas de mi trasero y frota la cabeza hinchada de su miembro justo en el pliegue.
Hundo las uñas en la piel de su hombro mientras se abre paso en mi interior, exigiendo el acceso que mi cuerpo se niega a darle.
Mi cuerpo tiembla cuando logra meterlo entero. Intento acomodarme, pero igual se siente demasiado: no importa cuántas veces lo tenga dentro, se siente enorme y me gusta que sea así. Con la mano derecha me envuelve el cuello y me aparta para enderezarme.
—Hazlo, bonito —anima; me aprieta el pezón izquierdo con la mano libre—. Móntame —ordena.